¿Quién es español? La prioridad nacional después del mundial
"En 2030 volveremos a vestir la misma camiseta. La pregunta es si, para entonces, seguiremos creyendo que esa camiseta representa a todos los españoles o solo a algunos".

Nico Williams, delantero de la Selección española masculina de fútbol y del Athletic de Bilbao, se dirige decidido a la grada. Viste la camiseta roja del equipo nacional y de su cuello cuelga una medalla que le acredita como campeón del mundo. Con la mirada algo perdida, sin duda fruto de la intensidad del momento, busca a su familia, de origen de Ghana, que le espera al pie del graderío, todos luciendo alguna versión de la camiseta o simbología de España. El objetivo de Nico es su madre, a la que le entrega la medalla en un gesto simbólico de gratitud y de amor. Pero este gesto es mucho más. También simboliza el éxito de un hombre de 23 años, nacido en Pamplona, y que ha contribuido activamente a que los españoles y españolas celebren el segundo mundial de fútbol de su historia. Es parte de la España real actual. Es un español más, aunque todavía haya quienes sigan asociando la identidad española exclusivamente al origen familiar.
La euforia de la victoria en el mundial de fútbol ha unido (superficialmente) por unos instantes a la sociedad española (en su sentido amplio) y ha sumado en los festejos a las personas de diferentes edades, clases sociales, ideologías políticas y orígenes geográficos. No es raro contemplar en las miles de imágenes de las celebraciones en todas las ciudades del país a personas de distintas etnias coreando los mismos cánticos y vestidos con las mismas camisetas. Su objeto de adoración es una selección de jugadores de fútbol, todos con orígenes familiares diversos y una imagen étnicamente plural. Sin embargo, esa fotografía de una España celebrando unida convive con un debate político que plantea una pregunta muy distinta: quién merece formar parte de ese 'nosotros'.
La identidad en tiempos de incertidumbre
¿Quién es español o española? En tiempos de incertidumbre y de inseguridades como los que vivimos, la cuestión de la identidad es uno de los ejes fundamentales en torno al cual gira el discurso político. La extrema derecha ha introducido en la agenda pública el concepto de la “prioridad nacional” para dar forma política a su discurso que basa la nacionalidad en el origen de la persona, un concepto que el PP ha aceptado ya en varios acuerdos de gobierno autonómicos con Vox en Andalucía, Castilla y León, Aragón y Extremadura.
Aunque choca con la realidad jurídica-que no permite aplicar el reduccionismo del discurso populista porque legalmente no se pueden limitar derechos a las personas en función de su etnia o nacionalidad-, la “prioridad nacional” lanza el mensaje simple pero claro de que es el origen étnico lo que determina el lugar de cada individuo en la sociedad. El mensaje implícito es que existen personas de primera y de segunda, aunque todas vistan la misma camiseta de la selección y se emocionen con las jugadas de Nico Williams o Lamine Yamal.
A la hora de decidir por dónde debe trazarse la línea divisoria entre las personas, los ultras lo tienen claro. El pasado mes de abril, el portavoz de Vox en el Parlament de Catalunya, Joan Garriga, afirmó que es español quien es hijo de padre y madre españoles, ambos progenitores. Defiende claramente un criterio mayoritariamente étnico.
¿Y qué opina la gente? Según el ‘Estudio sobre identidades culturales, nacionales y europeas’ del CIS publicado en mayo de 2023 (uno de los últimos estudios sociológicos relevantes sobre este asunto), un 31,7% de los encuestados opinaba que tenía poca importancia (y un 26,4% ninguna) “ser descendiente de varias generaciones de personas nacidas” en el territorio para ser considerada oriunda, frente a un 18,8% que le daba bastante importancia y un 22,1% que le daba mucha importancia. Es decir, en 2023 (en tres años pueden haber cambiado los datos), el origen étnico no era entendido mayoritariamente como un requisito importante para ser considerado español (un 57%) frente a un 40% que sí lo veía así. La sociedad española parece, por tanto, menos inclinada a definir la identidad nacional en términos de ascendencia que algunos discursos políticos.
Ese 40% sí es un dato relevante que podría explicar por qué la extrema derecha se lanza hoy por el camino de la “prioridad nacional” y el PP lo asume, no solamente en sus pactos de gobierno con Vox, sino en artículos como el de Mariano Rajoy sobre la selección francesa de fútbol “sin franceses”.
La identidad española se encuentra en una encrucijada. Vivimos en un país diverso que, según el INE, supera los 10 millones de habitantes nacidos en el extranjero, lo que representa aproximadamente uno de cada cinco residentes (20,2%) de una población total de unos 49,5 millones. De ellos, cerca de 6,9 millones conservan la nacionalidad extranjera, mientras que el resto ha adquirido la nacionalidad española. ¿Nos adentramos hacia un futuro en el que una de cada cinco personas serán degradadas a ser de segunda clase? El año 2027 y los diferentes procesos electorales que se celebrarán serán cruciales para definir el camino.
Dentro de cuatro años volveremos a celebrar un Mundial en España. Ese verano volveremos a vestir la misma camiseta. La cuestión no será quién la lleva puesta. La verdadera pregunta será si seguimos creyendo que esa camiseta representa a todos los españoles o solo a algunos. Porque el verdadero debate nunca fue el fútbol. Siempre fue quién forma parte del nosotros.
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Michael Neudecker es periodista y politólogo
