Errores y aciertos de la socialdemocracia (sobre un artículo de Victoria Camps)
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Errores y aciertos de la socialdemocracia (sobre un artículo de Victoria Camps)

"La nueva socialdemocracia, para serlo, tiene que ser más ambiciosa y pugnaz que la pasada".

Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.Pablo Blazquez Dominguez

El pasado 3 de julio, Victoria Camps publicó en El País un inquietante artículo —El ocaso del socialismo— cuyo título era más sobrecogedor que el contenido en sí, ya que, aunque resulta innegable que la socialdemocracia está atravesando una mala racha en Occidente, todo indica que ha sido por la comisión de errores graves y no por agotamiento del modelo, por un supuestamente irreversible e irreparable ocaso. Entre otras razones, porque el binomio que engendra la dialéctica parlamentaria en el último medio siglo sigue siendo el de siempre: a un lado, los conservadores, partidarios de enfatizar la libertad sobre la igualdad; al otro, los progresistas, más inclinados a que prevalezca la igualdad sobre la libertad. Otra cosa es la salud coyuntural de cada término de la dualidad en cada país.

Conviene, antes de desarrollar el argumento de por qué se niega la decadencia —el ocaso— socialdemócrata, tomar nota de dónde estamos, y para ello nada mejor que recurrir a un artículo publicado aquí mismo por José María Maravall en esta década: la socialdemocracia ha tenido unos objetivos persistentes en el tiempo; sin embargo, sus políticas para alcanzar tales objetivos han variado de forma sustancial. Así, tras una primera oleada de nacionalizaciones en la posguerra, los partidos socialdemócratas tendieron a optar por las políticas de bienestar en una economía mixta. El giro consistió en una mezcla de políticas keynesianas, provisión de bienes públicos por el Estado, promoción de la igualdad de oportunidades a través de la educación, protección de la necesidad mediante un ingreso mínimo vital y una combinación de pensiones contributivas y no-contributivas, así como un sistema fiscal progresivo. Este giro fue expresado en dos experiencias muy influyentes. Una fue el congreso del SPD alemán en Bad Godesberg celebrado en 1959. La otra, fue el Gobierno laborista de Harold Wilson en el Reino Unido a partir de 1964.

El paradigma socialdemócrata que emergió tras la segunda guerra mundial provenía del «modelo escandinavo» o «modelo sueco», que inició su andadura en los años treinta del pasado siglo. Se basaba en un Estado de Bienestar universal dirigido específicamente a mejorar la autonomía individual y a promover la movilidad social, un sistema sociolaboral corporativista basado en un pacto social en el que los representantes de los trabajadores y de los empresarios negociaban los salarios y la política laboral con la mediación del Gobierno, y que incluía el reconocimiento de la propiedad privada en una economía mixta. El modelo se caracterizaba, además, por una presión fiscal exorbitante, de efectos claramente desincentivadores, ya que se perseguía una redistribución real de rentas.

En los años ochenta, a medida que España renacía internacionalmente tras las elecciones que ganó González en 1982, el «modelo sueco» entró en decadencia, entre otras razones porque cambiaron en el mundo las formas del trabajo y perdió fuerza el pacto social que regulaba las relaciones laborales. La tendencia en la Unión Europea, en la que España ingresó en 1986, fue claramente liberalizadora y competitiva, y nuestro país, como el resto de los estados asociados, privatizó el sector público empresarial. Al mismo tiempo, comenzó un deslizamiento muy significativo que devolvió prestancia al centroizquierda: el concepto de "redistribución", que conservaba rasgos utópicos todavía, fue en parte sustituido por el fortalecimiento de grandes servicios públicos universales, gratuitos y de calidad en educación, sanidad, asistencia social y dependencia. Ya no se buscaba tanto la redistribución de rentas cuanto la igualdad de acceso al sistema público de integración social. La financiación de este sistema quedaba encomendada a un aparato fiscal progresivo, que cargaba considerablemente a las rentas más altas pero no era confiscatorio como lo llegó a ser en determinado momento en los países del norte de Europa.

En líneas generales, puede afirmarse que la larga estancia de González en el poder (1982-1996) permitió construir un Estado de Bienestar en España perfectamente comparable a los más avanzados de la UE. A partir de 1996, la derecha y la izquierda se han alternado en el gobierno, y aunque el modelo socialdemócrata se ha mantenido en lo sustancial, se han producido deterioros y desfases en todo el ámbito occidental —no solo en España— que han restado atractivo a la opción ideológica, que sin embargo no tiene hoy por hoy alternativa real alguna en el marco del progresismo. La opción está viva, aunque por razones coyunturales no luzca como antaño.

Los fallos más fácilmente detectables de la socialdemocracia son un gran descontrol de la colaboración público privada en la sanidad y la educación universales; la falta de instrumentos de integración que permitan a los jóvenes e inmigrantes y a los mayores ingresar en el núcleo del sistema o permanecer en él; y la creciente premiosidad de los poderes a la hora de llevar a cabo reformas audaces que actualicen el papel del Estado, atiendan las nuevas y perentorias demandas del cuerpo social ante las exigencias de las debidas actualizaciones, aseguren el control estricto de los recursos públicos y busquen con ahínco los consensos pertinentes para formalizar una especie de modernización continua del país.

Entre estos fallos, es particularmente polémica y lesiva la falta de instrumentos eficaces de integración (en el sistema educativo, en los servicios de empleo, etc.) que garanticen el rápido acceso de los recién llegados al mercado laboral, jóvenes e inmigrantes. Asimismo, es extremadamente urgente la necesidad de dar respuesta formal al derecho a una «vivienda digna y adecuada» (art. 47 C.E.), que, pese a su imperativo enunciado en la Carta Magna, hasta ahora no se había reclamado con la intensidad actual.

En este punto, es conveniente regresar al artículo de Camps, para evidenciar que para que los postulados reformistas adquieran materialidad, es preciso ponerse a ellos con afán y dedicación: «si el socialismo quiere seguir liderando el progreso social y la lucha contra las desigualdades ha de poner el foco en demandas que son cualitativamente distintas de las que atendió en su origen. Ya no se trata de activar una protección o seguridad social universal, que también, sino de evitar o corregir la exclusión de los que, a pesar de las protecciones, siguen siendo demasiado desiguales por lo que no pueden aprovechar las oportunidades que teóricamente se les ofrecen. Pierre Rosanvallon ha propuesto pasar de un “estado providencia pasivo” a un “estado providencia activo”, que contemple algo así como el “derecho a la inserción”. Si en tiempos hubo que atender por encima de todo a la subsistencia, hoy ese objetivo ya es insuficiente». En definitiva, la nueva socialdemocracia, para serlo, tiene que ser más ambiciosa y pugnaz que la pasada.

Hay algunos ejemplos desoladores, que podrían servir de prueba acusatoria o de argumento para alegar los déficit de la socialdemocracia. Una de las primeras reformas que planteó el actual gobierno de coalición tras la moción de censura de hace ocho años fue la derogación de la llamada «ley mordaza» (la Ley Orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de protección de la seguridad ciudadana, que sustituyó a la anterior ley de 1992 y entró en vigor el 1 de julio de 2015). Pues bien: dicha norma, con algunas leves modificaciones (y no de los aspectos más importantes) continúa actualmente en vigor. Hechos como este, retrasos inaceptables, claudicaciones inconcebibles, renuncias pusilánimes son los causantes del desapego de las clientelas políticas. Porque es el hacer y no el querer hacer el que persuade a las muchedumbres, cada vez más escépticas porque ya parece que el mundo viaja más deprisa que nuestras elites gobernantes. Pero flaco favor se haría a las multitudes que, como diría Claudel, con la boca llena de vaguedad esperan la forma de la palabra, diciéndoles que la izquierda que las defiende ha periclitado y se ha extinguido. Porque hay que seguir teniendo confianza en que, si ese hacer de los socialdemócratas se reconstruye y revive, probablemente el ocaso anunciado se convertirá en el orto definitivo de una nueva y esplendorosa era. 

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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