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La caza y la ultraderecha

La caza y la ultraderecha

"La fauna salvaje debe considerarse incluida en la gestión del monte, como un recurso natural que ha de preservarse".

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, atiende a los medios durante la reunión del Grupo de los Cinco Europeos (E5) más la OTAN, el 24 de junio de 2026 en Berlín (Alemania).
La primera ministra italiana, Giorgia MeloniSean Gallup / Getty Images

Vaya por delante de estas líneas una confesión: yo soy un cazador arrepentido, como otros muchos de mi generación y las colindantes. Durante la segunda mitad del siglo pasado, la caza en España era un deporte popular, que no generaba apenas controversia política, salvo en una de sus vertientes ocasionales; El franquismo, como las aristocracias anteriores, practicaron la caza como expansión selecta, punto de encuentro de las clases privilegiadas y centros reconocibles del tráfico de influencias. La película “La escopeta nacional” (Luis García Berlanga, 1978) fue la genial caricatura de aquella actividad, y probablemente el punto de inflexión de la consideración social que mereció la cruenta afición en España, y en general en los países del sur de Europa que tenían hábitos cinegéticos parecidos a los nuestros.

En mi caso, el arrepentimiento no provino de argumentos biológicos ni de radicalismos ecologistas: sencillamente, me hice animalista porque amo a los animales, deseo que vivan y se reproduzcan libremente y me parece un pequeño crimen exterminarlos “deportivamente” por simple afición o para dar desahogo al impulso depredador que los seres humanos, omnívoros desde hace millones de años, hemos acumulado. Ese cambio se ha producido rápidamente en cuanto se ha extendido la posesión de animales de compañía, perros particularmente, que acaban convertidos en seres muy queridos, en familiares de sus dueños.

Sé, en todo caso, que voy contra corriente, y así lo explica Ortega en su prólogo a un libro del conde de Yebes que se publicó en un tomo de “El Arquero” titulado “La caza y los toros”. Vargas Llosa, buen lector de Ortega, escribió en un memorable artículo que dicha pieza literaria del filósofo «se va convirtiendo en una profunda meditación sobre el hombre ancestral, cavernario, agazapado en el seno del contemporáneo, y transpareciendo en él, a veces, en ciertos quehaceres y comportamientos, con sus instintos desbocados y su irracional urgencia predatoria. Ortega examina la relación del ser humano con la Naturaleza, la oscura y remotísima atracción que la muerte (propia o ajena, recibida o inferida) ejerce sobre él, y los diferentes términos con que el humano y el animal experimentan la violencia. Así como Huizinga vio en el juego la representación emblemática de la evolución histórica, Ortega, en este complejo y misterioso texto, divisa, en las distintas manifestaciones que a lo largo del desenvolvimiento humano, desde la caverna prehistórica hasta la edad de los rascacielos y el avión, ha tenido la cacería, una cifra de la condición humana, esa vocación destructora, sanguinaria, mortífera, de la que ninguna civilización, religión o filosofía ha conseguido librarlo. El hombre necesita matar, es un ser predatorio. Comenzó haciéndolo, hace millones de años, porque era la única manera de sobrevivir, de comer, de no ser matado. Y ha seguido haciéndolo siempre, en todas las épocas de su historia, de manera refinada o brutal, directamente o a través de testaferros, con puñales, balas, ritos y símbolos, porque si no lo hiciera se asfixiaría, como un pez fuera del agua. Por eso, la imagen del bípedo con botas y cazadora apuntando su carabina cargada contra la indefensa silueta de una corza (que algunos consideran una imagen galana) aparece en este ensayo estremecedor como un retrato espectral de la condición humana».

La atención al medio ambiente es una asignatura moderna, que ha irrumpido también hace poco en los países desarrollados. Casi todos sabemos y creemos que la biodiversidad es deseable y que para mantenerla y cultivarla hay que recurrir a planteamientos científicos. Y la caza ha retrocedido en Occidente de forma muy sensible en los últimos años. Existen regulaciones que garantizan la supervivencia de las especies, los cazadores se han cultivado personalmente y aseguran ser los más interesados en preservar la buena salud del monte.

Pero ahora, en Italia, la ultraderechista Meloni —bastante moderada últimamente por la experiencia de poder— está recurriendo a la caza para afianzar el control del sector más ultraderechista de Italia de cara a las elecciones del próximo año, y la reforma de las leyes de caza propuesta por su gobierno se ha convertido en el último campo de batalla en las guerras culturales de aquel país. En ese sector, en que Meloni mantiene todavía su hegemonía, ha irrumpido también con fuerza el general retirado Roberto Vannacci. Este exmilitar ya ha participado en reuniones públicas con asociaciones de caza para argumentar que la caza no es simplemente un pasatiempo, sino que surge del deber de gestionar y disciplinar la naturaleza. Ex paracaidista y general del ejército, ha sido una figura clave para defender los intereses de los cazadores y propietarios de armas, y sus propuestas se concretan en abrir la mano a los cazadores.

La legislación que que tramita ahora el gobierno Meloni, que supondría la mayor reforma de las leyes de caza en Italia en más de tres décadas, ampliaría los derechos de los cazadores extendiendo las zonas y temporadas de caza e incrementando el número de especies que se pueden cazar. Lo más controvertido es que redefiniría a los cazadores como "biorreguladores" que contribuyen a la protección de la biodiversidad. El proyecto de ley ya ha sido aprobado por el Senado y actualmente está siendo examinado por la Comisión de Agricultura del Parlamento italiano.

De aprobarse, el proyecto de ley también reavivaría las tensiones entre Roma y Bruselas. En diciembre, la Comisión Europea envió a Roma una carta oficial sobre la propuesta, expresando su preocupación por la posible violación de la Directiva de la UE sobre aves; el ejecutivo comunitario ha declarado que está siguiendo de cerca la tramitación de la legislación.

Es sumamente peligroso (sobre todo para los animales salvajes, obviamente) que la caza se convierta en sujeto de debate político que deba someterse a dialécticas interesadas que no tienen en cuenta toda la complejidad de dicha actividad. La fauna salvaje debe considerarse incluida en la gestión del monte, como un recurso natural que ha de preservarse y cuyos equilibrios han de ser mantenidos por los expertos. La sobrepoblación de algunas especies puede ser tan peligrosa para los equilibrios de las masas forestales como la sobreexplotación. Antes de la era industrial, las sociedades rurales eran capaces de mantener tales equilibrios espontáneamente. Hoy, conviene arbitrar normas para garantizarlos. En cualquier caso, sería deseable que las derechas y las izquierdas (o, en general, los partidos que compitan por el poder) consiguieran consensos estables que eviten insoportables vaivenes en esta delicada materia. Y en todo caso, habrá que recordar que quienes aquí siguen la huella de Meloni —la primera ministra italiana ha estado en casi todos los mítines de VOX en campañas electorales— están jugando ahora en Italia con la propuesta abrir exageradamente la mano con la caza para no perder el voto ultraconservador. El ejemplo italiano debería ser tenido en cuenta en la política española.

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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