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España vuelve a salir a la calle 16 años después: una noche de julio, la camiseta blanca y un país unido, de nuevo, por la selección

España vuelve a salir a la calle 16 años después: una noche de julio, la camiseta blanca y un país unido, de nuevo, por la selección

La victoria ante Francia devuelve a la selección a una final del Mundial y desata una celebración multitudinaria por todo el país, con una nueva generación entregada al equipo y Lamine Yamal convertido en su gran símbolo.

La afición española inunda las calles de toda España de felicidad.
La afición española inunda las calles de toda España de felicidad.Diego Radames Getty Images

España no duerme. Es martes, pleno mes de julio, al día siguiente toca trabajar y todavía queda una final por disputar, pero eso ahora mismo importa muy poco. Desde Madrid hasta Barcelona, desde Sevilla hasta Bilbao, desde las grandes capitales hasta el último pueblo, las calles se han llenado de banderas, bocinas, cánticos y camisetas de la selección.

Sobre todo camisetas blancas. La equipación que España ha convertido en una de las imágenes de este Mundial y que, tras el pitido final ante Francia, ha pasado a ser el uniforme de una noche que ya forma parte de la historia del fútbol español.

La selección ha vuelto a conseguirlo; dieciséis años después de aquella inolvidable noche de Johannesburgo, España jugará otra final de la Copa del Mundo, en Nueva York nada menos. El triunfo por 2-0 ante Francia, la gran favorita del torneo, ha provocado una explosión de alegría que ha recorrido el país en cuestión de minutos.

Las terrazas se vaciaron para llenar las plazas, las familias enteras salieron a la calle y niños que ni siquiera habían nacido cuando Andrés Iniesta marcó el gol más importante de la historia del fútbol español celebraron ahora los tantos de una selección a la que sienten completamente suya. Porque es suya. Y es de todos.

Porque esta es la selección de una nueva generación que ha crecido escuchando hablar de aquel Mundial como una historia casi mitológica -aunque reciente- y que ahora tiene la oportunidad de vivir el suyo. 

Un martes cualquiera que dejó de serlo

La escena se repitió en prácticamente todos los rincones del país: pantallas gigantes en las plazas, bares abarrotados desde horas antes del comienzo del encuentro y grupos de amigos buscando cualquier lugar desde el que seguir una semifinal que fue paralizando España a medida que se acercaba el pitido inicial. Veías gente, veías sonrisas y veías unión, pasión. En definitiva, fútbol.

Cuando España sentenció el partido ante Francia, las calles comenzaron a llenarse incluso antes de que terminara el encuentro. Algunos aficionados ya esperaban en las plazas habituales de celebración, otros salieron directamente de sus casas con la camiseta puesta y los más jóvenes, teléfono en mano, grababan cada salto y cada cántico.

La Plaza de Colón de Madrid disfrutó de la victoria de España
  La Plaza de Colón de Madrid disfrutó de la victoria de EspañaDiego Radames Getty Images

Durante unas horas desaparecieron las diferencias entre generaciones, territorios e incluso aficiones futbolísticas. Seguidores del Real Madrid, del Barcelona, del Atlético, del Athletic, del Betis, del Sevilla o de cualquier otro club compartieron la misma camiseta y celebraron los mismos goles.

La selección volvió a hacer algo que solo consigue el fútbol: poner a todo un país de acuerdo.

Dieciséis años después de Sudáfrica

Las comparaciones con 2010 son inevitables. Entonces España vivió el verano más extraordinario de su historia futbolística porque la selección de Vicente del Bosque fue avanzando por el Mundial de Sudáfrica mientras un país entero descubría que aquello que durante décadas había parecido imposible podía terminar ocurriendo.

El gol de Carles Puyol ante Alemania llevó a España a su primera final y cuatro días después, Andrés Iniesta marcó ante Países Bajos y convirtió una (otra) noche de julio en un recuerdo colectivo que todavía hoy todo el mundo sabe situar. Johannesburgo y el Soccer City siempre estarán en nuestros corazones.

Cada español recuerda dónde estaba cuando Iniesta golpeó aquel balón. En qué casa vio el partido, con quién lo celebró, a qué plaza salió después o qué sintió al ver a Iker Casillas levantar la Copa y besar a Sara Carbonero.

Han pasado 16 años. Ahora los protagonistas son otros, el fútbol ha cambiado y buena parte de los aficionados que ahora llenan las calles apenas guardan recuerdos de aquel Mundial. Algunos eran niños pequeños y muchos ni siquiera habían nacido, sin embargo, el ambiente comienza a parecerse.

Toledo, una ciudad volcada con la selección.
  Toledo, una ciudad volcada con la selección.Ángeles Visdómine EFE

No porque esta selección juegue exactamente como aquella ni porque sea necesario comparar jugador por jugador. Es algo diferente, pero único a la vez. Se parece por la sensación que ha despertado y en la manera en la que ha ido conquistando a la gente. Por esa mezcla de ilusión y convencimiento que solo aparece cuando un equipo logra que todo un país crea que puede llegar hasta el final. Que puede ser campeón.

Sudáfrica fue la culminación de una generación irrepetible, pero este Mundial puede ser el nacimiento definitivo de otra.

La camiseta blanca toma el país

Uno de los grandes símbolos de esta Copa del Mundo está siendo la camiseta blanca. Así, sin más.

España ha aparcado durante buena parte del torneo su rojo tradicional y ha encontrado en su segunda equipación una imagen que ya parece asociada a las grandes noches del campeonato. La camiseta se ha multiplicado en las gradas de Estados Unidos y también en las calles españolas. Trate de encontrar una, si es tan valiente.

Durante la semifinal era difícil entrar en un bar sin encontrar varias y después del partido se convirtió en una especie de uniforme nacional.

Camisetas nuevas, compradas para este Mundial, conviven con las de otras épocas. La de Iniesta, la de Villa, la de Torres, la de Xavi o la de Sergio Ramos aparecen junto a las de los nuevos referentes. Hay dorsales de Pedri, Nico Williams, Cubarsí y, por encima de todos, de Lamine Yamal.

La blanca ha terminado por crear su propia identidad dentro del torneo; es la camiseta con la que España ha derribado a sus rivales y con la que miles de aficionados sueñan ahora con conquistar la segunda estrella.

Quizá dentro de unos años baste con verla para recordar este verano, del mismo modo que las camisetas rojas con la estrella en el pecho remiten inmediatamente a Sudáfrica.

La generación de Lamine Yamal

Si algo distingue esta celebración de la de hace 16 años es la enorme implicación de los más jóvenes.

La selección vuelve a estar de moda entre adolescentes y niños. Las redes sociales se llenan de vídeos de las celebraciones, los partidos acumulan audiencias masivas y los jugadores han conectado con un público que vive el fútbol de una manera distinta a generaciones anteriores.

En el centro de ese fenómeno está Lamine Yamal.

El joven futbolista se ha convertido en el gran símbolo de esta España. No únicamente por lo que hace sobre el césped, que también, sino por la identificación que provoca fuera de él. Su talento, su descaro y su capacidad para afrontar los partidos más importantes sin que parezca pesarle la responsabilidad han enganchado a millones de aficionados. Tiene ese algo que no se compra ni se alquila: pónganle ustedes el apellido que quieran, aunque valdría decir carisma.

Aficionados celebran la victoria de la selección española ante el pabellón Roig Arena  (Valencia)
  Aficionados celebran la victoria de la selección española ante el pabellón Roig Arena (Valencia)Ana Escobar EFE

Los niños quieren su camiseta, los adolescentes reproducen sus celebraciones y sus jugadas circulan durante horas en TikTok, Instagram o cualquier otra red social. Cada aparición suya genera una conversación que va mucho más allá de los 90 minutos. Es un icono.

Lamine representa una selección joven, abierta y reconocible para una generación que no vivió de forma consciente el triunfo de 2010. Para muchos de ellos, este será siempre su primer Mundial, el torneo que recordarán dentro de 20 o 30 años cuando alguien les pregunte dónde estaban la noche en la que España volvió a clasificarse para una final.

Pero el fenómeno no se sostiene únicamente sobre un jugador. Esta selección es mucho más que eso, es un equipo que ha conseguido crear una identidad colectiva. Hay jóvenes figuras, futbolistas ya consolidados y veteranos que aportan equilibrio. En definitiva, existe una sensación de grupo que el público ha percibido desde el comienzo del campeonato.

España no solo gana. España transmite la impresión de estar disfrutando. Y va a más. 

De Francia a Nueva York

La victoria ante Francia ha terminado por confirmar que el sueño es real.

La selección francesa llegaba a la semifinal como el gran rival a batir, respaldada por una delantera temible y por su presencia en las dos últimas finales mundialistas. España, sin embargo, supo competir, resistir y golpear hasta construir un 2-0 que desató la fiesta. Fue un baño, un recital. Fue, probablemente, el mejor partido de España en un Mundial de fútbol. 

Así que ahora toca esperar. Argentina e Inglaterra disputarán la otra semifinal este miércoles y de ahí saldrá el último obstáculo en el camino hacia la segunda estrella. Dos rivales cargados de historia, general y particular entre ambos, y dos finales completamente distintas.

Argentina ofrecería el reencuentro con Lionel Messi, a sus 39 años y ante la posibilidad de disputar el último gran partido mundialista de su carrera. Inglaterra, por su parte, buscaría poner fin a décadas de frustración y conquistar un título que persigue desde 1966.

La cita será en Nueva York, una ciudad preparada para acoger el partido más importante del fútbol mundial y en la que la selección estará acompañada, como durante todo el torneo, por miles de aficionados españoles.

Pero la final también se jugará a miles de kilómetros de allí. En las plazas, los hogares y los bares de todo el país. En las mismas calles que este martes se han llenado para celebrar una clasificación que ha devuelto a España a una emoción que parecía reservada para los recuerdos de 2010.

Un país vuelve a creer

Todavía queda un partido. Queda el más difícil, el que separa una gran actuación de la leyenda. "Lo que hacemos en vida tiene su eco en la eternidad" que decía Máximo Décimo Meridio en aquella inolvidable Gladiator de principios de siglo.

Pero España ya ha recuperado algo que trasciende al resultado de la final. La selección ha vuelto a reunir al país alrededor de una camiseta, ha conseguido que padres e hijos compartan la misma ilusión y que una generación que creció con Iniesta, Xavi y Casillas celebre junto a otra que se reconoce en Lamine Yamal, Nico Williams o Pedri.

Durante unas horas, este martes de julio, las preocupaciones quedaron suspendidas. España salió a la calle y volvió a sentirse como en 2010.

Entonces fue Sudáfrica y ahora es Estados Unidos. Entonces todo terminó con una carrera de Iniesta hacia el córner de Johannesburgo y esta vez el desenlace espera en Nueva York. Sea así pues.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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