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La visita del papa, una oportunidad para la esperanza y la dignidad de todos

La visita del papa, una oportunidad para la esperanza y la dignidad de todos

"Como diría Leon XIV, es hora de desarmar la política del desprecio, sobre todo hacia el más débil, sea pobre, migrante, mujer o perteneciente a una minoría sexual".

León XIV
León XIVMassimo Valicchia

La primera visita del papa León XIV a España es una invitación a la esperanza para nuestra sociedad y también para la política, en unos momentos de especial enconamiento y creciente deshumanización tanto del adversario como del más frágil. Por desgracia, estamos acostumbrados a oír palabras muy gruesas en el Congreso, que abren una profunda herida institucional y social entre distintos. Aunque la política es sana confrontación, en los últimos años se han traspasado límites que nunca debieron transgredirse. Por eso, una voz sosegada y pacífica como la del Papa supone un toque de alerta contra el lenguaje hiriente y agresivo que ha impuesto el populismo autoritario en España y el mundo.

Como diría Leon XIV, es hora de desarmar la política del desprecio, sobre todo hacia el más débil, sea pobre, migrante, mujer o perteneciente a una minoría sexual. En este sentido, cabe interpretar su visita a Madrid, Barcelona y las Islas Canarias bajo la guía de su primera encíclica, Magnifica humanitas, que se propone reconstruir la comunidad “transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.

De hecho, el sumo pontífice retoma y cumple con la voluntad del papa Francisco de conocer de primera mano la realidad de los migrantes en las Islas Canarias, a la que suma sus encuentros en varios centros sociales y penitenciarios de Madrid y Barcelona. León XIV nos recuerda que la justicia social “se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que nadie se quede atrás”.

En suma, mejorar las condiciones de vida de la gran mayoría de la sociedad española, incluida su población migrante a través de procesos como el de la regularización extraordinaria impulsada por el Gobierno, da cumplimiento al derecho a la esperanza que el Papa reclama a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Es un derecho que también posee el que se ve obligado a salir de su país. Del mismo modo, el derecho a permanecer en su tierra obliga a afrontar las causas de un orden mundial injusto. Por eso, son necesarios tanto la cooperación internacional como los acuerdos que España mantiene con distintos países para la regulación y ordenación de flujos migratorios.

La dignidad fundamental de cada persona no se negocia. En palabras del obispo de Roma, “no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada”. En este punto, la aportación de una institución como la Iglesia a nuestra sociedad me parece relevante, no porque concuerde más o menos con mi ideario político y por supuesto con mi fe, sino porque le da una consistencia más allá de sus dinámicas internas. Y esta consistencia tiene que ver con una raíz que es a la vez su horizonte de sentido, porque la democracia por sí sola, sólo con sus normas y procedimientos, puede resultar fría e indiferente al sufrimiento humano. La democracia debe asentarse sobre la verdad del bien común, la solidaridad y la dignidad inalienable de sus miembros.

España es un Estado aconfesional, pero su sociedad es plural, inquieta, multiconfesional y con espiritualidades diversas; y por eso, la Iglesia debe respetar su autonomía política, sirviendo a la comunidad desde la comunión, reconstruyendo puentes con una política abierta a un reconocimiento mutuo y “sosteniendo con humilde firmeza aquellas decisiones que promueven la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades y el bien de todos”.

El mismo Papa admite que la Iglesia “debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”. Es decir, la Iglesia tiene que reconocer el papel esencial del Estado en la organización de la sociedad, mientras está llamada a reforzar los lazos comunitarios desde los principios que rigen su doctrina social, a saber: la dignidad de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.

Ser católico no supone optar por una ideología determinada, aunque esta condición se la quiera reducir a tendencias de corte conservador. De hecho, una misma fe lleva a compromisos políticos distintos. Y eso es bueno, porque, como defiende León XIV, los cristianos católicos no han de temer “ensuciarse las manos en la obra de nuestro tiempo”, porque están obligados a construir “un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán”. Evocando a San Juan de la Cruz, nuestra misión como católicos y como políticos debería consistir en poner amor allí donde no lo hay.

A su vez, la visita de un Papa a un país diverso como España, rico en creencias o falta de ellas, supone el reconocimiento a una de las voces más universales y libres del mundo actual. Un mundo en continua ebullición, que se enfrenta a desafíos como la crisis climática y la IA, la concentración de riqueza y la desigualdad o la guerra y el dominio de las grandes potencias. Ante ellos, León XIV ha hablado claro a favor de una ecología integral, una comunicación de la verdad contra tanta desinformación y el retorno del multilateralismo. Porque no podemos seguir considerando al ser humano como un mero objeto de explotación, sino como un sujeto libre y abierto a la verdad, la paz y la esperanza. 

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Amador Marqués es portavoz de Deportes y diputado por Lleida

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Es diputado por Lleida y portavoz de Deporte del Grupo Parlamentario Socialista.

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