Zapatero en la Uno
"La entrevista que le hizo Javier Ruiz en su programa matinal de TVE fue un modelo de profesionalidad".

Conocí a Javier Ruiz en la antigua y extinta CNN, donde compartíamos tertulias e ideas, y desde entonces tengo de él alto concepto. La entrevista que le hizo el jueves a Zapatero en su programa matinal de TVE fue un modelo de profesionalidad, ya que pulsó todas las teclas que exigía el buen periodismo para desentrañar las claves del escándalo, y lo hizo sin apabullar al entrevistado, sin faltar al respeto a lo que significa todavía el expresidente para muchos electores de izquierdas y sin incurrir en el frecuente fariseísmo que se estila en esta malhadada coyuntura de la confrontación política.
Así las cosas, es lógico que quienes desde el primer momento hemos esgrimido rigurosamente el criterio de la presunción de inocencia, nos hayamos interrogado sobre el efecto de la referida conversación en nuestras convicciones. Pero, de momento, no hay todavía razones y argumentos bastantes para salir de la indefinición. Los cargos que se ciernen sobre la cabeza del imputado son de prevaricación y tráfico de influencias. Según la acusación, y en palabras llanas, se acusa al expresidente de haber gestionado ante el gobierno de España, a instancias de la compañía Plus Ultra, una cuantiosa ayuda de Estado de 53 millones de euros, destinados a salvar la empresa afectada por los efectos devastadores de la COVID. Zapatero lo niega en redondo.
Frente a esta negativa, que hay que aceptar por las razones antedichas (la carga de la prueba corresponde a quien ejerce la acusación), están ciertos indicios embarazosos. La buena fe no anula la capacidad de observación, y, con independencia de las estrategias de defensa que hayan podido adoptar los socios de Zapatero para eludir responsabilidades, siguen estando ahí unos flujos inusuales de dinero que habrá que justificar. Y las joyas.
En el escabroso mundo del dinero, nadie regala nada. Los honorarios de un asesor profesional son los que son y en este caso exceden de lo que parecería razonable. Además, es incluso ofensivo para la credulidad de la gente que se califique de “regalo de cortesía” un lote de joyas cuyo valor, a falta de nuevas tasaciones, sobrepasa el millón de euros. Ya se sabe que si en materia judicial cupiera el arrepentimiento, muchos infractores se retractarían de sus deslices. Pero no es así la vida: somos dueños de nuestros actos, no de sus consecuencias.
En definitiva, conviene destacar que el “caso Zapatero” no está zanjado todavía. Lo cual no impide que quienes hemos creído en su benéfica influencia —quien firma estas líneas publicó un libro sobre la primera legislatura de Zapatero— mantengamos nuestro criterio intacto, por la sencilla razón de que todos estamos expuestos al error, que no es capaz de enturbiar del todo los efectos creativos de toda una vida pública.
La Justicia no está en su mejor momento, y esta sería una magnífica ocasión de que recuperase el crédito y la estatura si consigue que Zapatero reciba el trato adecuado en este embarazoso pleito. Nunca se debería olvidar que la recta aplicación de la ley penal no destruye al reo sino que, de acuerdo con la Constitución, procura la rehabilitación del condenado. Si llegáramos a este punto, Zapatero debería seguir mereciendo el respeto al que es acreedor por sus reformas políticas y sociales, por su tarea en defensa de la mujer y de los colectivos lgtbiq+, por la creación de la dependencia, por el estilo compasivo y solidario de su etapa de gobierno.
Por decirlo más claro, de momento se mantiene la inocencia de Zapatero. Y si esta situación variase, muchos seguiríamos apreciándole con calidez porque, a pesar de su error, sigue siendo el autor de unas reformas inteligentes y de una benéfica pedagogía que cambiaron para bien este país.
