Me gustan más los niños traviesos; los desconcentrados. Los que no merecen exclamaciones de admiración, ni se les pone de ejemplo. Me resulta más verosímil que un niño quiera oír una historia a que quiera leerla; que quiera oír incluso trozos de una historia. Eso del libro y de leer no me cuadra con los niños.
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A veces desconfío de los niños lectores.

Sé que les es consustancial lo fantástico, pero se me hace impostada -por ejemplo- esa pasividad corporal propia de la lectura. No puedo representarme su valoración de un objeto tan poco carismático para un niño como un libro.

Encuentro muchas inconsistencias entre la infancia y la lectura.

Digo la lectura, no la narración.

En la infancia, asocio mejor al libro con la condescendencia que con el deseo; es decir, con la sobreadaptación infantil al deseo adulto. Un niño sabe que con un libro en las manos llamará poderosa y positivamente la atención de los adultos. Un niño con un libro se sabe infalible; satisface. Y hay niños a los que les gusta satisfacer. Son los convergentes. Un niño con un libro en las manos es un tiro al suelo.

Me gustan más los niños traviesos; los desconcentrados. Los personajes de los libros. Los que no merecen exclamaciones de admiración, ni se les pone de ejemplo. Me resulta más verosímil que un niño quiera oír una historia a que quiera leerla; que quiera oír incluso trozos de una historia. Eso del libro y de leer no me cuadra con los niños.

Siguiendo la lógica oriental de aproximaciones progresivas y elípticas, yo creo que debemos ir llevando a los niños a la lectura poco a poco y por amplios rodeos; como si estuviéramos yendo para otra parte. El libro y la lectura, propiamente, podrán ser el objetivo, pero deberán esperar si a ellos se quiere llegar. Aquello del vísteme despacio que tengo prisa.

Empezar -por ejemplo- por los chismes, los juegos de palabras, los fraseos sinsentido. Poco a poco, estimular la atención. Mientras, todo el tiempo, lo fantástico. Lo fantástico en lo nimio. El absurdo. La intriga. Constantemente, rodeos al libro y a las bibliotecas. Mejor si las volvemos intocables, santuarios prohibidos. Libidiniza. En el lugar del culto al libro, el mito del libro. Meticuloso labrado del enigma de lo que contendrán.

Luego, cuando pareciera que nos acercamos, otra vez regreso al principio. A contar, a escuchar cuentos y a recontar... A observar a los pájaros. A descomponer palabras. A trazar metáforas.

Orillar los libros, cortejarlos, y así ir invistiéndolos de lo que todo objeto deseado debe ser investido: prohibición, deseo de los otros, distancia y dificultad. Sobre la contracara exacta del niño leyendo, ir construyendo al adulto lector. Es decir, al que desea los libros.

Poco a poco y sin desvíos, erigir el mito y el símbolo. La biblioteca paterna, metáfora del universo insondable...

Si en cambio insistimos en hacer del libro el objeto obligatorio y convergente, entonces, aunque avance ese paisajismo varias veces kitsch de los niños lectores, cada vez habrá menos deseos de lectura.

Porque también en el campo de la promoción de la lectura -que es práctica tan humana y neurótica como otras-, el deseo se construye por alusión, por prohibición, por seducción e inasibilidad.

No obliguemos a leer -que parece obvio-, pero tampoco favorezcamos ni festejemos un encuentro que si no es deseado, no será encuentro. Ya lo enseña el mismo Romeo y Julieta: es conveniente que medie alguna prohibición para que se construya el verdadero amor.