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18/06/2013 07:18 CEST | Actualizado 17/08/2013 11:12 CEST

Sintaxis de la escuela nueva

Quiero hacer una escuela nueva y sé que me dirán que primero debo anunciarla para que la discutamos. Y quiero decir que no; que primero quiero hacerla y luego, hecha y sobre los hechos, quiero que la discutamos. Pero no para ver si sí, sino para ver qué más y por dónde.

Quiero proponer una escuela nueva. Voy a proponer una escuela nueva.

Sé que me dirán que es imposible y por eso les respondo ahora, por delante, que sí lo es, pero dentro del marco de lo posible que la escuela vieja nos ha legado como una cruz.

Quiero hacer una escuela nueva y sé que me dirán que primero debo anunciarla para que la discutamos. Y quiero decir que no; que primero quiero hacerla y luego, hecha y sobre los hechos, quiero que la discutamos. Pero no para ver si sí, sino para ver qué más y por dónde.

No quiero discutir si es posible una escuela nueva, prefiero discutir cómo es posible que no tengamos una escuela nueva. Ya.

Quiero discutir la escuela nueva, no la condición de posibilidad de la escuela nueva.

Quiero una escuela no escolar que se siga llamando escuela. Pero aceptaría hasta el riesgo y el duelo de perder su nombre y no el riesgo de no desescolarizarla. Si el verbo se carga al sustantivo, pues prefiero buscarme otro. Pero ese verbo ya no. Ese verbo escolarizar ya no nos deja y ya hace mucho que no nos da.

Quiero miles de escuelas nuevas, todas juntas. ¿Por qué? Porque necesitamos la fuerza política de la transformación. Quiero miles de escuela nuevas buscándose y buscando el modelo y no miles de millones de escuelas viejas defendiendo y justificando un modelo que ya no sirve. No quiero escuelas experimentales aisladas y encapsuladas. No porque unas pocas serían solo funcionales al modelo que discuten. Exculpan en lugar de transformar.

Quiero millones de escuelas experimentales. Pero millones. Y rápido. Escuelas aprendiendo de sí mismas, con la proa al otro lado.

Quisiera abolir el potencial tóxico de qué efectos pedagógicos tendría tal o cual cosa en educación, que es casi siempre esa misma cosa que necesitamos ahora mismo. Quisiera que dejemos de preguntarnos qué sucedería si llegara a la escuela lo que ya ha llegado. Quisiera que supiéramos que la escuela tiene determinantes históricos como toda organización social y que no es quién para filtrarlos, aunque sí lo es para gestionarlos. Estoy pensando en lo digital, por ejemplo. No en las drogas, aunque también podría...

Quiero que pasen cosas que nos hagan inteligentes y no ser tan inteligentes como somos para evitar que las cosas pasen.

Quiero que me dejen imponer imposibles entre tantas ramplonas posibilidades muertas. Quiero que nos dejen. Que se dejen. Que acepten que no pueden.

Quiero imponer un chasis nuevo, no proponer una carrocería mejorada. Quiero un crack. Necesitamos cracks. Necesitamos otra cosa, como se dice. No una cosa mejor; otra cosa. Un crack... o un crick, pero no un cross. Hora de metáforas y no de lentas metonimias. Tampoco es cuestión de un clic, ni de miles de millones. Es crash. Disrupción.

Necesitamos querer una escuela nueva para tener una escuela de una vez nueva. Necesitamos creer en una escuela nueva. Necesitamos convencernos de que mejor es distinta. Que otra es otra. Que otro chasis redefine el sentido aún de la misma carrocería. Necesitamos creer en que lo imposible de siempre es lo imprescindible de hoy y que lo imposible de hoy es no dar el necesario paso a lo nuevo.

Que el camino es transformar la educación de una vez.

Necesitamos saber que no nos dejan. Pero que no nos dejan ridiculizando, no censurando. Que son sutiles. Que no nos dejan porque no se dejan. Que no saben cómo ni cómo dejarse ayudar. Necesitamos conservar nuestras convicciones y nuestras ilusiones. Necesitamos evitar los desgastes... acelerando. A ritmo normal, la transformación deviene impotente conservación. Necesitamos potenciarnos y protegernos. ¡Asaltar! Tomar los espacios. Crecer.

Nos necesitamos.

Quiero una escuela del siglo XXI en la línea de aquella espléndida de hace dos mil años para sustituir a esta ya vetusta escuela de hace doscientos. Quiero el remix de la mística de los griegos barriendo con el opio eficiente de la era industrial.

Quiero que no creamos que lo estamos haciendo bien, porque no. Que queremos hacerlo, pero no lo estamos haciendo. Querríamos estar haciéndolo, pero no. Y no, porque es profundo y tiene consecuencias. Por eso no lo hacemos. No hacemos el cambio.

Pero más allá de lo que yo quiera o de lo que millones querramos, el problema es hacerlo. Hacer otra escuela. Aceptarnos como la generación bisagra y saber y gozar con que seremos nosotros los protagonistas de la transformación, conejos de la disrupción histórica, la generación X de la inflexión, los de la experiencia de la construcción de un modelo educativo nuevo. Y gozárnoslo. Sentir en el cuerpo que estamos siendo los artífices de la historia nueva. Inscribirnos en la reescritura de la educación latinoamericana.

Activarnos en la experimentación; dejarnos guiar por lo incierto; confiar en las intuiciones de los visionarios. Let it be. Ir. Arriesgar por ser y no por no dejar de no ser.

... No sé cómo decirlo, por eso esta partitura de palabras que más y mejor se justifican -creo- por su cadencia sintáctica que por su efecto semántico. Hay veces, en los límites, en los que una cintura caliente y rítmica, al son de una sabrosa salsa, dice más que mil palabras frías y mueve más que trescientos foros de educación. Es cuando llega la hora.