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23/02/2018 07:24 CET | Actualizado 23/02/2018 07:24 CET

Homenajes

Recibimiento a los etarras  Ignacio Otaño e Iñaki Igerategi, en la localidad de Andoain, tras cumplir condena por su colaboración en el asesinato de Joseba Pagazaurtundua.
EFE/Juan Herrero.
Recibimiento a los etarras Ignacio Otaño e Iñaki Igerategi, en la localidad de Andoain, tras cumplir condena por su colaboración en el asesinato de Joseba Pagazaurtundua.

Estamos demasiado acostumbrados a que el País Vasco sea el mundo al revés. Durante muchos años unos supuestos rebeldes ejercían de facto el poder en las calles imponían el silencio a la par que se autoproclamaban oprimidos, y algo queda todavía de todo eso.

La estética antisistema se expandía tanto en la ropa como en las pancartas, las pintadas y los pasquines. El mundo ultranacionalista incluso generó un aparato gráfico muy potente y eficaz, digno de estudio. Como digno de estudio son las connivencias entre la música underground en el país vasco, y el movimiento ultranacionalista del entorno etarra que bien ha descrito David Mota Zurdo en varios artículos y en su libro Los 40 Radikales. En resumen, todo un submundo con sus propios códigos y ritos, una cultura eficaz y si me apuran hasta atractiva, sobre todo a cierta edad. Y capaz de despistar al mas avezado. Nada es lo que parece, y menos en Euskadi.

Durante muchos años las victimas fueron silenciadas y los verdugos vitoreados y recibidos con grandes honores de hijos pródigos

También, en ese sentido de inversión de los términos, se dio la paradoja de que los pocos que osaban enfrentarse al orden establecido de la dictadura de ETA en las calles no solían ser precisamente los jóvenes del lugar ansiosos de libertad como suele ocurrir habitualmente, y como hubiera cabido esperar, sino que las más de las veces, fueron aquellos que ya se habían enfrentado anteriormente a la también dictadura de Franco y peinaban ya unas cuantas canas. La insolencia de la madurez, que no de la juventud. Otra vez el mundo al revés.

Durante muchos años las victimas fueron silenciadas y los verdugos vitoreados y recibidos con grandes honores de hijos pródigos. Todavía hoy. Nada que no se haya descrito y analizado ya hasta la saciedad. Y todo ello dentro del alucinante paisaje en el que todo el mundo hacia como que no veía las pancartas gigantes, evitaban las conversaciones incomodas y en general se presumía afanosamente de ser apolítico. Como si no existiera ni ETA, ni nada parecido. Un país de zombies.

Hoy es el día en que todavía vivimos en la Euskadi de Pavlov. Con los reflejos bien adquiridos tras 40 años conviviendo con nuestros maltratadores nacionales

Durante largo tiempo pensé que quizás afanarse en una apariencia de normalidad era también y a pesar de todo una forma de resistencia, una resistencia de lo cotidiano, porque no hay que olvidar que lo primero que busca un terrorista es modificar los comportamientos de los demás mediante el miedo. Pero con el tiempo uno comprende que afanarse en una aparente normalidad mientras amenazan a tu vecino, releva más bien de la cobardía. Humanamente comprensible, pero cobardía al fin y al cabo.

Cuando llegó el final, tampoco nadie o casi nadie, se echó a la calle a celebrar el fin del terrorismo. Nada de celebraciones. Otra anomalía. A lo sumo alivio, alegría contenida. Y hoy es el día en que todavía vivimos en la Euskadi de Pavlov. Con los reflejos bien adquiridos tras 40 años conviviendo con nuestros maltratadores nacionales.

Así, mientras que en cualquier país civilizado la convivencia mas o menos harmónica de la sociedad se basa entre otras cosas en que los criminales (ya saben, chantajistas, secuestradores, asesinos, sus colaboradores y demás gente como esa...) considerados culpables por la justicia, permanezcan el mayor tiempo posible en la cárcel y cuanto mas lejos mejor, aquí a diario nos intentan convencer de que lo realmente bueno es tenerlos cerca y cuanto antes salgan y estén entre nosotros mucho mejor. Insisto, el mundo al revés.

Con todo, sin caer en autocomplacencias pero tampoco en autoflagelaciones, seria justo admitir que en este país de trampantojos quizás ha habido mas resistencia de lo que pudiera parecer. Menos de la que hubiésemos querido algunos, pero más que la que admiten otros. Porque un buen día, uno se sorprende con aquel conocido que nunca decía nada y resulta que se negó siempre a pagar un impuesto revolucionario que le exigían con metódica insistencia durante años o que fulanito que tiene una pinta de ultra brutal, pues resulta que no solo no lo es, sino que además tuvo el valor de mandar a paseo y con cajas destempladas a otros que pensaron lo mismo y quisieron enrolarle. Por no mencionar al activo del barrio, que se metió a concejal por que es el perejil de todas las salsas y sin darse cuenta acabó escoltado, rodeado y hasta aislado, y que sin embargo y a pesar de todo, consciente del embite, se quedó en su sitio. Y es que como explicaba Umberto Eco "El verdadero héroe es héroe por error. Sueña con ser un cobarde honesto como todo el mundo".

Por todo ello, cuando se ha vivido en un ambiente en que vencer el miedo, pasa a ser un acto de autentica resistencia cívica. Los homenajes, además de a las victimas, se los debemos a aquellas y aquellos que con su rectitud, su dignidad personal, su actitud individual y su coraje cívico supieron estar a la altura del desafío planteado por el naufragio colectivo, ético y moral, en el País Vasco. Las luces de Euskadi, los justos. Nuestros justos. Unos pocos que salvaron la cara a toda la sociedad. Auténticos héroes a quien probablemente nunca nadie homenajeará, resistentes de la primera hora, anónimos ciudadanos y ciudadanas que simplemente asumieron su responsabilidad y dijeron NO. No en mi nombre. Y lo dijeron.

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