Cinco días dan para mucha angustia: todas las incógnitas del acuerdo EEUU-Irán que el mundo ansía
Hasta en 38 ocasiones ha dado la Casa Blanca por cerrada la paz con Teherán. Sólo ahora parece que está realmente cerca. Sin embargo, partimos de un memorando, apenas un marco, que hay que desarrollar, aplicar y verificar. Mucha tela que cortar.

Cinco días quedan aún para que Estados Unidos e Irán firmen el memorando de entendimiento con el que se han comprometido a poner fin a la guerra que mantienen desde el pasado 28 de febrero. Eso son 120 horas, 7.200 minutos, 432.000 segundos, o sea, eones, una eternidad, teniendo en cuenta que todo depende de dos señores nada diplomáticos ni flexibles como el presidente norteamericano, Donald Trump, y el líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei.
Es natural que el mundo respire aliviado con la confirmación de que hay acuerdo, tanto de las partes como de los mediadores pakistaníes y qataríes, que las bolsas suban y el petróleo baje, bloqueados como estamos en una de las peores crisis económicas recientes, pero queda por delante muchísimo tiempo para la angustia, la incertidumbre y, también, el fracaso. Aún todo puede salir bien, pero todo puede salir mal, como las 38 ocasiones anteriores en que Washington anunció que esto estaba hecho, y no. El viernes, en Suiza, se debería firmar el principio del fin.
Los archienemigos tienen un marco, lo que ya es un logro tras 107 días de guerra, pero quedan por resolver algunas de las disputas más acaloradas, que estaban en la base de esta contienda abierta. Y queda el relato, la propaganda de quién pierde y quién gana, quién impone y quién cede. Hay que armar bien ese discurso para calmar a los críticos. Trump ya ha empezado con las hipérboles, haciéndose un regalo de cumpleaños que nadie sabe bien qué es.
La primera gran duda que arroja este acuerdo es de forma, pero afecta al fondo. Hay que estar atentos a las diferencias entre las aspiraciones del memorando de entendimiento y el acuerdo final, con compromisos insoslayables. Por ahora, es que incluso desconocemos todos los detalles de esas primeras reglas de juego. Hasta la fecha, ha habido más fanfarrias que contenido y hay versiones contradictorias sobre lo que se dice, negro sobre blanco, sus objetivos y los pasos a dar.
Según se ha ido publicando en las últimas horas, el memorando de entendimiento es un plan de 14 puntos que formaliza los frágiles altos el fuego en Irán y Líbano y define áreas para futuras negociaciones. Israel no ha participado en los contactos y ya está poniendo reparos a la aplicación de lo cerrado en lo que a Líbano se refiere. Probablemente, el pacto reducirá temporalmente la violencia (que se había recrudecido en las dos últimas semanas precisamente por los nuevos ataques de Israel sobre su vecino del norte), aumentará el tráfico marítimo (aunque no a los niveles previos a la contienda) y brindará a las partes más tiempo para concretar los detalles (una salida airosa que vender en todos los mercados).
Las cuestiones fundamentales aún no parecen estar resueltas, como las relacionadas con el funcionamiento del estrecho de Ormuz, las concesiones nucleares iraníes, los incentivos financieros y el levantamiento de sanciones contra el régimen teocrático. Se supone que estos asuntos se abordarán en una segunda fase de debate. Los planes para abordaros ya están recibiendo críticas internas en los tres países implicados, pese a que no hay confirmación total del contenido. Halcones contra palomas, si es que hay alguna en estos Gobiernos.
"En Estados Unidos, Irán e Israel existen incentivos estructurales que dificultarán la consecución de una segunda fase", avisa ya el investigador Nate Swanson, director del Proyecto de Estrategia para Irán en la Iniciativa de Seguridad de Oriente Medio Scowcroft. "Hasta la fecha, Washington no ha demostrado la paciencia necesaria para completar un acuerdo nuclear complejo que requiere nuevas medidas de seguimiento y verificación. También se necesitan soluciones creativas para el régimen de sanciones superpuestas, diseñado durante la primera administración Trump para impedir el retorno a un acuerdo nuclear", sostiene.
Asimismo, es posible que el líder supremo iraní, Jamenei hijo, no desee ir más allá de "un acuerdo transaccional menor" con EEUU, dado que Trump le ha atacado dos veces en plenas negociaciones diplomáticas, que ya se retiró del acuerdo pactado con todo Occidente en 2015 -mucho más garantista que el actual- y que, junto a Israel, ha asesinado a su padre, su madre, su esposa y su hijo. "Es posible que Irán acepte condiciones sumamente favorables, pero es probable que resulten tan inaceptables para EEUU e Israel que un acuerdo sea extremadamente improbable. Mientras tanto, Israel parece oponerse a cualquier acuerdo y utilizará su influencia para bloquearlo o socavarlo, especialmente si las condiciones son desfavorables", ahonda el experto.
Un memorando, sin un acuerdo posterior, será "inestable e imposible de mantener por sí solo". Es necesario un mayor entendimiento sobre Ormuz para garantizar la reanudación del comercio marítimo o, de lo contrario, EEUU podría fácilmente volver a entrar en guerra con Irán. No es una predicción agorera: es que hace justo un año que atacó por primera vez en la llamada Guerra de los 12 Días y aquí estamos, aún peor.
A medida que se vayan conociendo los detalles sobre los parámetros de la negociación futura, conviene ser cautelosos. Es probable que exista una diferencia significativa entre las aspiraciones plasmadas en el memorando de entendimiento y lo que se concrete en un acuerdo final. A Trump le va a tocar responder muchas preguntas al respecto en la cumbre del G7, en Evian (Francia).
Lo que se sabe de Ormuz
"¡Que fluya el petróleo!", es la frase con la que el presidente de EEUU anunció el domingo por la noche que había un primer acuerdo con Irán. Su primer pensamiento no fue para los civiles afectados por los bombardeos, de Irán a Israel, pasando por todos los países del golfo Pérsico. Ni una palabra de muertos o heridos, de destrozos o daño económico incluso a aliados, de la ayuda humanitaria que se ha quedado bloqueada o que escasea porque no se pueden pagar los precios disparados. El negocio, siempre el negocio.
Para EEUU, la clave está ahora en resolver un problema que no tenía en febrero, cuando Israel le alentó a atacar Irán: se llama el estrecho de Ormuz. Entonces, ese punto estratégico veía pasar el 20% del crudo del planeta a diario, sin incidentes. Desde entonces, el tráfico se ha limitado a un reguero, un hilillo, casi nada, encareciendo gasolinas o fertilizantes, superando la crisis del petróleo de los años 70 del pasado siglo.
Trump ha querido ser inequívoco sobre el estatus de Ormuz, declarando: "Por la presente, autorizo plenamente la apertura sin peaje del estrecho de Ormuz y, simultáneamente, autorizo el levantamiento inmediato del bloqueo naval de Estados Unidos. ¡Buques del mundo, arranquen sus motores! ¡Que fluya el petróleo!". Ese fue su mensaje completo en su red Social Truth. Una hora más tarde, el presidente estadounidense afirmó que la apertura de la vía fluvial clave por la que fluye aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial dependía de la firma de un acuerdo, previsto para el viernes, y que sería "con fines de retirada de minas".
El primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, mediador principal del acuerdo de paz, no mencionó el estrecho en su anuncio inicial de pacto. La agencia estatal iraní Mehr informó más tarde que el memorando de entendimiento acordado contempla la reapertura del estrecho en un plazo de 30 días bajo los acuerdos propuestos por Irán.
EEUU ha insistido durante mucho tiempo en que cualquier pago de peaje para el transporte marítimo, como los que supuestamente se discutieron con Omán , sería inaceptable. Trump declaró el mes pasado: "El estrecho estará abierto a todos. Nadie lo controlará". Los líderes europeos, más Reino Unido, también se han apresurado a recalcar que la reapertura del estrecho debe ser incondicional y con total libertad de navegación.
A pesar de la incertidumbre, los precios mundiales del petróleo se desplomaron en las horas posteriores a la noticia, alcanzando esta mañana sus niveles más bajos desde principios de marzo, poco después del inicio de la guerra con Irán: 83 dólares por barril que no se verían desde marzo. Mientras, las bolsas, de Tokio a Madrid, con ganancias superiores al 5%.
El desplome de los precios se produjo a pesar de las advertencias de que la recuperación de la producción energética del Golfo podría tardar meses o incluso años. La reapertura de las instalaciones de petróleo y gas es un proceso complejo y parte de la infraestructura de la región ha sufrido daños por ataques con drones. Además, surge la duda de si las navieras y las aseguradoras considerarán que este cuello de botella es lo suficientemente seguro para la navegación. Aún persisten muchas incertidumbres, a las que se suman las cruciales: el futuro del programa nuclear iraní y la durabilidad del propio acuerdo.
"Si el estrecho se reabre realmente -y, fundamentalmente, si el tráfico marítimo puede fluir sin la amenaza de misiles, drones o minas-, sería imprudente subestimar el ingenio y la determinación del sector energético. Las instalaciones de almacenamiento de petróleo en todo el Golfo permanecen bien abastecidas, listas para brindar alivio inmediato a los mercados, mientras que miles de ingenieros y técnicos ya trabajan para restablecer la infraestructura de producción y exportación a los niveles previos a la guerra", expone Landon Derentz, que fue director de Energía en la Casa Blanca durante la primera Administración Trump.
Esa es la parte buena. El problema radica en que los mercados energéticos se rigen por la certeza. "Un alto el fuego intermitente que interrumpa repetidamente las rutas marítimas, retrase las operaciones de desminado o permita ataques periódicos contra infraestructuras críticas ralentizará la recuperación del suministro y mantendrá elevadas las primas de riesgo", constata.
"Los productores del Golfo siguen comprometidos con su papel de proveedores fiables, pero la estabilidad no se puede lograr de la noche a la mañana y, a nivel mundial, los inventarios se encuentran en mínimos de varios años", avisa, coincidiendo con el informe del Oxford Institute Energy que calcula que la normalidad total no se recuperará hasta 2030, viendo los daños que han sufrido algunas plantas bombardeadas.
Desperfectos aparte, es probable que persista una prima geopolítica dada la profunda desconfianza entre todas las partes y la importante reducción de las reservas comerciales y estratégicas utilizadas para compensar las recientes pérdidas de suministro. "Volver a los precios de antes de la guerra requerirá no sólo la restauración del suministro interrumpido, sino también nuevas expectativas de sobreoferta, algo que la OPEP, el grupo de países productores de petróleo, podría intentar propiciar, aunque probablemente no antes de finales de este año", remarca Derentz.
Y más allá de Ormuz, la agencia Bloomberg avisa de que los mercados, en general, ya "han descontado" hace tiempo la probabilidad de que, tarde o temprano, se concretase un acuerdo. Eso quiere decir que no habrá un rebote fabuloso y la economía mundial irá como la seda. "Este desenlace ya se había anticipado" y eso explica que ya no se pague el barril de petróleo a 120 dólares. Pero hasta que no haya pruebas más contundentes sobre la reapertura total, el desminado y la mejora de infraestructuras afectadas, "los mercados sólo considerarán la firma del acuerdo de paz como un dato más", augura.

Qué pasa con los dineros
El mundo entero confía en la reapertura del estrecho y en el retorno a cierta normalidad del mercado mundial del petróleo, el gas y los fertilizantes, pero los estados del Golfo dependen especialmente de poder llevar sus exportaciones al mercado. El papel de esos estados ricos en estas conversaciones sigue siendo poco claro, más allá del hecho de que estados como Qatar han estado facilitando las negociaciones.
Pero parece probable que resulten cruciales para hacer frente a las exigencias de Irán de una indemnización masiva -300.000 millones de dólares según algunos informes como los de la CNN- y para el descongelamiento de sus activos congelados, muchos de los cuales se encuentran en bancos de los estados del Golfo.
La cuestión sigue siendo si esos estados han decidido pagar un precio, literalmente, y cambiar su relación con Irán con el tiempo, en aras de la supervivencia económica. Irán afirma que al menos la mitad de los 24.000 millones de dólares congelados deben liberarse de inmediato. Durante el fin de semana, circularon informaciones muy contradictorias sobre si esto ya se ha hecho o si se hará.
Los funcionarios estadounidenses lo niegan a medios como AP. Pero, una vez más, si Estados Unidos no controla realmente esos fondos, no está en posición de afirmar si sucede o no, y probablemente le convendría la posibilidad de negar su participación a través de los estados del Golfo para poder decir que no ha pagado nada a Irán.

Todos los caminos pasan por Líbano
Un punto clave de desacuerdo durante las primeras conversaciones de alto el fuego fue si Líbano sería incluido en cualquier acuerdo. Irán decía que sin eso, nada. EEUU, que no estaba claro. Israel, que nunca. El viceministro de Asuntos Exteriores iraní, Kazem Gharibabadi, fue inequívoco sobre el alcance del acuerdo, ayer noche, y declaró: "Se ha declarado el fin permanente e inmediato de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano".
El jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní, Majid Moosavi, publicó también en las redes sociales tras el anuncio del acuerdo que "Irán nunca dejará solo al Líbano". "Jamás abandonaremos a Hezbolá, y el fin de la guerra incluirá a Líbano y a todos los frentes", escribió. "Israel debe retirarse del Líbano; poner fin a la guerra mediante el entendimiento implica también la retirada de Israel de las zonas ocupadas del sur del Líbano, y así se lo hemos dejado claro a la otra parte con absoluta claridad", remarca.
El mediador Sharif también lo aclaró en sus redes sociales: "Ambas partes han declarado la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano". Pero Trump no mencionó al país árabe en sus anuncios iniciales en Truth Social, centrándose casi exclusivamente en el estrecho de Ormuz, en el petróleo. Nada de los más de 3.700 muertos y 1,1 millones de desplazados que ha dejado Israel.
El Gobierno de Tel Aviv no ha participado en las negociaciones de paz con Irán por dos razones. La primera es que no quiere parar máquinas, porque aún no ha completado sus objetivos, que son derrocar al régimen iraní, acabar por completo con sus investigaciones atómicas, borrar su arsenal de misiles, impedirle que apoye al Eje de Resistencia en la región y bloquear su poderío en Oriente Medio. La segunda es que Washington no lo ha invitado, afirmando que lo que conviene a EEUU está por encima de lo que pueda convenir a Tel Aviv y que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, deberá conformarse con lo que decida Trump. "Yo soy quien manda. Yo mando todo. Él no manda", dijo el republicano, por si hay dudas, que las hay, y crecientes, hasta en el seno de su partido, sobre si se ha visto arrastrado a este lío monumental por las presiones de Israel.
Netanyahu, tiene sus propios motivos políticos internos para continuar el conflicto, tanto con Irán como con sus aliados, como el partido-milicia libanés de Hezbolá. Una nueva acción militar podría, en teoría, frustrar cualquier acuerdo entre EEUU e Irán. Por eso la Casa Blanca hasta le grita al teléfono que pare de una vez. Los planes iniciales para anunciar un acuerdo con Irán el domingo se vieron frustrados por un ataque israelí en Beirut, que destruyó un edificio en los suburbios del sur de la capital libanesa, dejando tres muertos y seis heridos. Trump declaró al sitio web de noticias Axios que el ataque había "retrasado la firma unas horas" e insistió en que, bueno, quizá el sur de Líbano -donde Israel está ocupando buena parte- es atacable, pero no la capital.
Trump y Netanyahu se han enfrentado repetidamente por las operaciones militares de Israel en el Líbano, que siguen pese al acuerdo de alto el fuego, frecuentemente ignorado. Hace dos semanas, el norteamericano supuestamente llamó al israelí "jodidamente loco" después de lanzar un ataque en Beirut, y agregó: "Estarías en la cárcel si no fuera por mí". Después del último ataque el fin de semana, dijo que Netanyahu "no tenía ni pizca de criterio".
En las últimas horas, tanto el Gobierno como la oposición de Israel han avanzado ya que no acatarán un cese al fuego en Líbano, porque no quieren imposiciones de Washington y anteponen lo que llaman "intereses nacionales" a la orden norteamericana. Su ministro de Defensa, Israel Katz, ha sido el más duro al decir esta mañana que el Ejército israelí no tiene intención de retirarse de sus posiciones en el sur del Líbano, que sus tropas "permanecerán en las zonas de seguridad del Líbano, Siria y Gaza de forma indefinida para defender la frontera y los asentamientos israelíes desde allí contra elementos yihadistas". Añadió que esa zona será "desalojada de residentes locales y toda la infraestructura terrorista, tanto superficial como subterránea (...), será destruida".
Una de las maneras en que Trump logró que este acuerdo siguiera adelante, tras la escalada de los ataques israelíes contra la capital libanesa de ayer, fue garantizar a los iraníes que se reconocerían las fronteras del Líbano y que las tropas israelíes se retirarían hasta esa frontera, expone Reuters.
Sin embargo, Netanyahu no está entre quienes han hablado en público así de claro. Y es sabido que tiene un compromiso personal de 30 años con la caída del régimen iraní y que este año, en otoño, afronta elecciones, o sea, que necesita mostrarse duro y cumplir con los objetivos prometidos: por ahora ni ha cambiado el sistema en Irán ni hay salida al programa nuclear ni a los misiles ni los drones ni ha cerrado el grifo a los proxies ni está cerca de firmar más Acuerdos de Abraham ni tiene el poderío regional esperado. Todo, cuando sigue estando investigado por supuesta corrupción y no ha dado las explicaciones oportunas sobre los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023.
La cuestión nuclear
Decía Trump en su intervención del 28 de febrero pasado, al valorar el inicio de la Operación Furia Épica con Israel, que su meta era impedir un Irán nuclear. Se supone que para eso eran las negociaciones con las que, entiende Teherán, los estaba toreando. Se supone que para eso fue también el acuerdo mundial del que él se salió en 2018, que ahora quiere rehacer "mejor" que Barack Obama.
Sin embargo, el memorando conocido por ahora no responde a la pregunta de qué va a pasar con el uranio altamente enriquecido que tiene Irán y que, se supone, puede servir de base para una bomba atómica, pese a que la República Islámica siempre ha dicho que el objetivo de sus investigaciones era puramente civil, no militar. Es un punto de los más espinosos.
Trump reiteró el domingo su promesa de que "Irán nunca tendrá un arma nuclear", reafirmada horas después por su vicepresidente, JD Vance, pero altos funcionarios paquistaníes declararon a la Associated Press que las conversaciones nucleares continuarían durante los próximos 60 días. El propio Trump afirmó la semana pasada al New York Times que, si Teherán no lograba un acuerdo nuclear, podría sufrir un nuevo ataque militar por parte de EEUU. En esa entrevista, el magnate dijo que las negociaciones seguían en curso sobre si Irán suspendería su enriquecimiento de uranio durante 20 años, dando a entender que podría conformarse con una suspensión de 15 años. También insistió en que Irán estaría limitado para siempre a enriquecer uranio a niveles bajos que "nunca podrían ser utilizados por el Ejército".
"Nunca podrán superar cierta cantidad", afirmó al Times. Pero al preguntársele si ese límite era el mismo que el del acuerdo de la era Obama -que limitaba el enriquecimiento al 3,67 %, un nivel utilizable en reactores nucleares pero no en armamento-, se limitó a decir que el nuevo acuerdo garantizaría que "sólo podrán enriquecer uranio con fines no militares. Para siempre".
En una declaración conjunta del grupo E4 (que incluye a Reino Unido, Francia, Alemania e Italia), los líderes europeos se han hecho eco de los comentarios de Trump y han anunciado: "Estamos dispuestos a levantar las sanciones pertinentes en respuesta a medidas claras y verificables por parte de Irán en su programa nuclear".

Irán siempre ha sostenido que su programa nuclear es busca avances médicos o energéticos y no se ha comprometido públicamente a renunciar al uranio enriquecido, que se cree que está enterrado bajo tres instalaciones nucleares que resultaron gravemente dañadas por los ataques estadounidenses el año pasado. Las Naciones Unidas calcula que tiene unos 450 kilos enriquecidos al 60%. Se estima que se necesita un 90% para tener la base de un arma atómica. EEUU e Israel decían que ese salto podía producirse apenas en días y que por eso atacaban a Teherán en defensa propia.
Trump se enfrenta a una importante presión política para conseguir un mejor acuerdo sobre este tema que el que frustró durante su primer mandato, cuando acusó a Irán de patrocinar el terrorismo internacional y se salió del pacto que incluía límites severos y supervisión internacional y que se estaba cumpliendo desde hacía dos años. Irán respondió intensificando el enriquecimiento de uranio, entendiendo que el texto ya no le obligaba a nada, si EEUU se había ido.
El destino de ese uranio será clave en las negociaciones. Hay que ver si Irán acepta destruirlo todo, quedarse con parte, ver qué uso le da, dónde se llevan esos kilos si se decide a destrozarlos...
Victoria J. Taylor, directora de la Iniciativa sobre Irak del Atlantic Council y que fue subsecretaria adjunta de Estado para Irak e Irán durante las Administraciones de Biden y Trump, señala que "los logros tácticos de la guerra no se han traducido en un éxito estratégico", del que el programa atómico era raíz. "El acuerdo con Irán es probablemente el mejor resultado posible, pero quizás no sea mejor que lo que se podría haber logrado si EEUU hubiera optado por la diplomacia en lugar de la guerra desde el principio", asume, recordando viejos tiempos.
"El régimen se mantiene en el poder y se ha envalentonado tras su represalia en todo el Golfo. En lugar de convencer a Irán de que abandone su programa nuclear, la guerra podría haber persuadido a los líderes iraníes de que la disuasión nuclear es la mejor manera de salvaguardar su futuro", advierte. Y avisa, también, del absoluto silencio que reina sobre el futuro del programa de misiles balísticos de Irán, que había sido objeto de una exigencia anterior de Trump. Por ahora, ni palabra.
Lo cierto es que estamos ante un Irán dolorido y, a la vez, reforzado. A nivel global, el acuerdo ahora conocido ofrece restablecer una versión menos segura del mundo anterior al 28 de febrero, con el estrecho de Ormuz abierto. Irán llevaba años amagando con ejercer el poder geográfico de bloqueo que tiene pero nunca lo había aplicado, hasta ahora. A nivel regional, la guerra sólo ha intensificado y concentrado el conflicto en curso entre Irán e Israel en el sur del Líbano.
Irán no sólo ha conseguido el reconocimiento de facto de su control sobre el estrecho y la perspectiva de que se levanten las severas sanciones, sino que se ha visto fortalecido por sus vecinos y el resto del mundo. Ese mayor poder debe reflejarse también en su propio territorio. Esto significa que el pueblo iraní -a quien Trump prometió que "la ayuda estaba en camino" ante las manifestaciones del pasado diciembre y enero- probablemente se enfrente a un futuro de mayor represión.
De derechos humanos y democracia tampoco se habla en el acuerdo conocido hasta ahora, como tampoco de una reclamación histórica de los ayatolás: la retirada de las tropas estadounidenses de Oriente Medio.
Por eso crece el temor a una solución ficticia, a una salida en falso, que no cierre el conflicto, sino que lo aplace o rebaje, una solución trumpista que, por ejemplo en Gaza, ya vemos dónde lleva. Trump también tiene elecciones legislativas de mitad de mandato en noviembre y se enfrenta a una opinión pública que rechaza esta guerra en casi un 70%, una población que cree en un 57% que la economía ha empeorado con este presidente, que en un 63% desaprueba su gestión en la materia que más condiciona el voto (son datos de la última encuesta de YouGov).
"No creo que los iraníes confíen en nosotros, ni que Estados Unidos confíe en los iraníes", declara un alto funcionario del Gobierno de Washington a The Atlantic. "Estamos intentando establecer un proceso que nos permita generar esa confianza, poner fin a esta situación y lograr algo significativo tanto para Irán como para Estados Unidos. Así es como hemos planteado esta negociación. No se basa en la confianza ni en promesas vacías, sino en medidas concretas y verificables que beneficien tanto a Estados Unidos como a Irán". Son las que espera el mundo, en las que confía.
