Augustin Ndour y una vida por la regularización de migrantes: "Se ha luchado para que la gente pueda vivir con dignidad"
Augustin Ndour puso su firma en la IPL de la regularización masiva de migrantes e incluso fue el primer candidato negro de la historia de España a la presidencia del Gobierno. "Alegría, felicidad, satisfacción...", los adjetivos se le quedan cortos para definir el hito alcanzado este lunes.
Augustin Ndour atiende la llamada con la voz acelerada y entrecortada, desbordado por un momento que lleva toda la vida esperando. "Ya sabes, con mil cosas a la vez, pero contento, feliz", repite varias veces, como si necesitara decirlo en voz alta para terminar de creérselo y de reafirmar aquello que es cierto: que la regularización de centenares de miles de migrantes es una realidad. Una espera interminable para cientos de miles de personas que parece que ya vislumbra la luz al final del túnel.
El hecho ha costado más tiempo del que se puede llegar a pensar y más empeño del que él mismo es capaz de mostrar. No es una noticia más, es el resultado de años de lucha colectiva, de esfuerzo silencioso y de una reivindicación que, por fin, empieza a materializarse. Se trata además de la séptima regularización en la historia de España y, sin duda, la que más ha costado.
"Ha sido un currazo de tanta gente buena...", suspira poniendo en valor que "muchísima gente ha trabajado para que lleguemos hasta aquí". Ndour huye desde el primer momento de cualquier personalismo del logro, tanto de forma individual, como a nivel de partidos políticos o de asociaciones, consciente de que la lucha ha sido de muchísima gente. "Cada uno ha puesto su granito de arena, pero los que de verdad se van a beneficiar son esos hermanos que llevan años malviviendo aquí. Y no solo ellos: también el conjunto del Estado".
Para Ndour, el argumento es incontestable: "Cuando una persona se regulariza, pasa a cotizar a la Seguridad Social. Eso es bueno para la sociedad en su conjunto". Por eso se muestra sorprendido ante quienes presentan la regularización como una amenaza. "Es exactamente lo contrario: es una solución".
De Senegal a la lucha por los derechos
La historia personal de Augustin Ndour sustenta su compromiso, principios y dedicación a lo que hoy puede celebrar, aunque es consciente de que el trabajo no ha terminado. Llegó a Europa desde Senegal, pasando por Lisboa y después a España, donde ha terminado viviendo en Granada. Como tantos otros, conoció de primera mano lo que es la vida sin papeles: la calle, la venta ambulante, los trabajos precarios y el miedo constante. "Yo viví lo mismo que están viviendo ahora muchos jóvenes", recuerda. "Estar en la calle, repartir volantes, buscarte la vida como puedas... Es algo que no se lo recomiendo a nadie".
Cuando logró cierta estabilidad, con un trabajo y una vida más asentada, miró hacia atrás y tuvo claro que no se podía quedar al margen de lo que muchos, como él, seguían viviendo. "No me veía dejando atrás a todos los hermanos que seguían en esa situación", explica. Para él, hay una idea clave que pone la primera piedra necesaria para cualquier dignidad humana: "La primera integración es la integración jurídica. Si no tienes papeles, no podemos hablar ni de integración económica ni de integración social, porque no tienes acceso a ellas ni derecho a nada".
Desde entonces, empezó en el activismo y en el trabajo de dar la esperanza que tantos como él estaban anhelando. Durante su travesía, pasó por ser el primer candidato negro de la historia a la presidencia del Gobierno en 2019, algo que ahora recuerda con humor: "Mira que me dieron palos entonces y dijeron de todo, pero fue una buena experiencia. Tratamos de trabajar para que todos tengamos igualdad de oportunidades, aunque no tuviéramos muchísimos votos", recuerda entre risas. Sin embargo, la firma más importante fue en otro documento.
Ese convencimiento fue el motor de su implicación en la lucha por la regularización. Desde el principio, estuvo acompañado por organizaciones como el Partido por un Mundo Más Justo y la Fundación para la Ciudadanía Global. Junto a Regularización Ya, Fundación Por Pausa, REDES y otras entidades, formó parte de la Comisión Promotora que impulsó la Iniciativa Legislativa Popular (ILP): el mecanismo con el que, tras conseguir más de 500.000 firmas puedes impulsar una norma en la Cámara Baja. "Éramos seis entidades grandes, pero detrás había muchísima más gente", subraya sin cesar en algo que no quiere que pase por alto: esta es la lucha de cientos, miles, de personas. "Hay que agradecer a todos los que han estado en este camino porque han hecho un trabajo extraordinario", dice.
Un trabajo colectivo de años
La ILP no fue un gesto puntual, sino el resultado de un trabajo sostenido en el tiempo. "Estamos hablando de casi mil organizaciones implicadas y de unas 17.000 personas recogiendo firmas", recuerda Ndour. "Gente que ha pateado calles, playas, barrios enteros, buscando apoyos en los rincones más inhóspitos". Aquel documento llevaba su firma, pero bajo esa pequeña cantidad de tinta se encontraba la ilusión y esperanza de aquellos que aspiraban a conseguir una vida normal. La que muchos damos por sentada y que se escurre con fragilidad entre los dedos de las manos.
Por eso insiste en que el protagonismo no puede atribuirse a una persona o a un partido. "No es de Augustin, ni de Fulanito, ni de una organización sola. Es de la sociedad civil". Con el paso de los años, la recogida de firmas superó las 700.000 y el clamor social era el empuje que necesitaban para seguir.
La aprobación a trámite de la ILP en el Congreso contó con una mayoría aplastante de todo el arco parlamentario, salvo Vox. Sin embargo, el proceso se fue dilatando en el tiempo. "Una vez que se admite a trámite, la Comisión Promotora ya no tiene influencia sobre el texto definitivo y hay que esperar a que el Congreso y los diputados prosigan con el proceso", explica.
Según Ndour, el bloqueo de todos estos meses no se debió a la regularización per se, sino a la "letra pequeña" y a los habituales juegos políticos en los que se rifan el poder para argumentar su narrativa. "Si no me votas esto, no te voto lo otro. Esos piques han retrasado la aprobación", apuesta. Finalmente, el Gobierno optó por aprobar la medida mediante un real decreto pactado entre el Partido Socialista y Podemos. "Era algo que se podría haber hecho desde el principio, pero bueno, al final se ha hecho que es lo importante y lo celebramos".
"La regularización no es de izquierdas ni de derechas"
Uno de los mensajes que Ndour repite con más fuerza es que la regularización no debería ser un campo de batalla ideológico, sino una lógica aplastante que se debería haber adaptado hace tiempo. "No es ni de derecha ni de izquierda. Es una necesidad social", afirma con rotundidad. Para demostrarlo, recurre a su propia experiencia: él fue regularizado en 2001, durante el Gobierno de José María Aznar, algo que ahora el Partido Popular parece olvidar por sus críticas a la medida.
"Lo entendió Aznar, lo entendió Zapatero, lo ha entendido Pedro Sánchez, incluso Felipe González en su día", enumera citando a los anteriores presidentes que llevaron a cabo una regularización. "Eso te dice que no va de ideología. Va de sentido común". En su opinión, lo irresponsable es ignorar una realidad evidente: cientos de miles de personas ya viven, trabajan y conviven en España, pero sin derechos. "Lo justo, lo humano y lo digno es que todas las personas que trabajan y contribuyen tengan los mismos derechos".
"Necesitan un mínimo de derechos para poder cumplir también con sus deberes", enfatiza. "Pagar la Seguridad Social es un deber. Pero si no estás regularizado, ni siquiera puedes cumplirlo, por no hablar de los derechos como vacaciones o bajas, que se pierden por este motivo". Por eso critica los discursos que demonizan la regularización y la migración, como la extrema derecha que se encuentra en auge. "Es previsible que Vox no lo aplauda, pero no podemos dejar que la polarización nos impida ver lo bueno de la medida".
La vida antes y después de los papeles
Cuando Ndour habla de lo que significó para él vivir sin papeles, el tono cambia. El tono festivo y de celebración ante lo conseguido se torna a triste recordando lo que él vivió y lo que muchos siguen sufriendo. "La gente no se pone en la piel de una persona que no tiene documentación", dice. "Es vivir con miedo constante, sabiendo que siempre te miran por encima del hombro".
Describe escenas cotidianas que, para muchos, pasan desapercibidas: el terror de poder encontrarte con la policía en la calle, en una estación de autobuses o de tren; la imposibilidad de viajar para ver a tu familia; la sensación de fracaso si te deportan después de años de esfuerzo. "Que se muera tu padre, que se case tu hermana, y no poder ir", afirma con el dolor de aquellos a los que se les negó tener una vida normal. "Es durísimo".
La regularización, explica, lo cambia todo: "Trabajar dignamente, cotizar, tener vacaciones, cobrar una paga extra… cosas que vemos como normales, para muchísima gente son imposibles". Recuerda con emoción el día en que recibió su propia carta de regularización. "Empecé a llorar y no paré. Supuso un cambio radical en mi vida. Cuando abrí el buzón de verdad que no me lo creía".
Ese cambio también significa libertad de movimiento. "Si estás regularizado y no encuentras trabajo en una ciudad, puedes irte a otra, incluso a otro país. Sin papeles, ni siquiera puedes viajar o, por lo menos, te lo dificulta una barbaridad y muchas veces pones tu vida en riesgo". Por eso insiste en que no todos los regularizados se quedarán en el mismo sitio. "La gente va donde cree que puede encontrar trabajo".
Almería y los invernaderos: una herida abierta
Uno de los momentos más duros de la conversación llega cuando Ndour recuerda su etapa trabajando en los invernaderos de Almería. "Fue tan traumático que lo borré de mi mente", confiesa. "Volver después de tantos años me removió todo".
Habla de explotación, de jornadas interminables, de salarios impagados y de derechos inexistentes. "La capacidad para explotarte cuando no tienes papeles es infinita", afirma. "Habrá excepciones, gente buena, pero en general la explotación es brutal. Al menos el 80% de las personas sin papeles —y me quedaré corto— que trabajan en los invernaderos están explotadas".
Lo que más le marcó, explica, no fue solo el trabajo en sí, sino la forma de buscarlo. "Eso me recordaba a tiempos muy oscuros, casi a la esclavitud". Por eso, al imaginar cómo se habrá recibido la noticia de la regularización en los plásticos de Almería, conociendo unas breves pinceladas de gente con la que ha hablado, las palabras vuelven a quedarse cortas: "Felicidad, alegría contenida y mucha esperanza".
Queda trabajo por hacer
Ndour reconoce que el anuncio del Gobierno le pilló por sorpresa. "Me enteré como todo el mundo: por los medios", admite recordando ese instante de felicidad que nunca podrá borrar de su memoria. "Han escuchado un reclamo popular", asegura. Ahora, su principal preocupación es que el proceso se gestione bien y que, por fin, sus hermanos puedan tener los papeles que anhelan. "Habrá que reforzar la administración para que no colapse", advierte, recordando experiencias anteriores.
Aun con cautela, se muestra optimista. "Esto no entra en vigor de un día para otro, hay meses por delante para planificar". Calcula que, dentro de ente dos y cuatro meses podrán empezar con las regularizaciones. "Todo esto no se ha luchado para una organización ni para un partido. Se ha luchado para que la gente pueda vivir con dignidad", concluye emocionado ante el resultado del trabajo de miles de personas.
"Por eso sólo puedo sentir alegría. Alegría, alegría, alegría. Ahora empieza la mejor parte del trabajo", dice. Esa, no es otra que la de dar los papeles, la de que miles de personas puedan ver a sus familiares, disfrutar de unas vacaciones y dejar de tener ojos que les miran por encima del hombro porque, como recuerda Ndour, la primera integración es la jurídica. "Gracias por dejarme compartir mi alegría", concluye en esta charla con El HuffPost después de toda una vida luchando por la dignidad de los demás.