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17/06/2013 08:16 CEST | Actualizado 16/08/2013 11:12 CEST

El trigo y la paja del mercado de trabajo

Ni los datos de arranque de año anticipaban un desastre laboral en 2013 (aunque dados los niveles actuales de ocupación, cualquier pérdida adicional de empleo es grave) ni los que hemos conocido desde marzo sugieren que España vaya a generar empleo de forma sostenida a corto plazo.

Las ganas que tenemos de que termine la crisis hacen que en muchas ocasiones ligeras mejorías en los datos de empleo o actividad sean interpretados como el "principio del fin". El optimismo que han generado los registros laborales de abril y mayo es un buen ejemplo de ello. A inicios de año, cuando la Encuesta de Población Activa (EPA) reveló que la destrucción de empleo entre enero y marzo fue una de las más elevadas de los que llevábamos de crisis, la lectura generalizada que se hizo fue que todavía quedaba mucho para ver un suelo en el mercado de trabajo español. En cambio, cuando hace apenas dos semanas la Seguridad Social anunció que había sido el mejor mes de mayo para la afiliación desde 2007, la percepción general mejoró sustancialmente.

Ni los datos de arranque de año anticipaban un desastre laboral en 2013 (aunque dados los niveles actuales de ocupación, cualquier pérdida adicional de empleo es grave) ni los que hemos conocido desde marzo sugieren que España vaya a generar empleo de forma sostenida a corto plazo. Acostumbrémonos a los altibajos dentro de una tendencia que, aunque sea marginalmente, debería empezar a ser positiva.

Es cierto que el aumento del número de afiliados observado en mayo ha sido el más elevado de los últimos cinco años y eso, por sí mismo, es una buena noticia, con independencia de la naturaleza del empleo generado. Ahora bien, si echamos la vista atrás, comprobamos que entre marzo (inicio de la Semana Santa) y mayo de 2013 la afiliación se incrementó en 216.000 personas, un 50% más que el año anterior (recordemos que empezaba la segunda recesión) pero casi 30.000 personas menos que en el mismo período de 2011.

Por tanto, conviene separar, más que nunca, el trigo de la paja. España podría perder 400.000 ocupados en el conjunto de 2013 pese a los amagos de aumento de empleo en la parte central del ejercicio. Solo a partir de la segunda mitad de 2014, coincidiendo con avances algo más sostenidos de la actividad, las empresas podrían redimensionar sus plantillas, y sería entonces cuando empezaríamos a ver la luz al final del túnel laboral. Por el camino, esperamos que se implemente la nueva reforma de pensiones, que el Gobierno dé cuerpo a una reforma fiscal que, integral o no, juegue un papel clave en las decisiones de gasto de los hogares y las empresas, y no es descartable que haya algún retoque más en materia de legislación laboral.

Mientras esto ocurre, deberíamos prestar atención a algunas realidades del mercado de trabajo que, no nos engañemos, son las que condicionarán, a medio plazo, la capacidad de crecimiento del país. Una de ellas es la caída continuada de la probabilidad de encontrar trabajo estando en paro: a mediados de 2007, esta probabilidad rondaba el 30%; en el primer trimestre de este año, se situaba en el 10%. Otra igualmente relevante es la estructura del paro y, muy ligada a ella, la cobertura y la calidad del sistema de prestaciones por desempleo.

De los 6,2 millones de parados, el 50% lleva en esta situación más de un año y casi dos millones tienen entre 35 y 60 años. La otra cara de la moneda es el deterioro en el grado de cobertura generado por el sistema de prestaciones. A abril de este año, el número de parados que recibía una prestación ascendía a 2,9 millones de personas, solo un 58% del total de parados registrados en el INEM.

La calidad de la cobertura también está empeorando: apenas un 45% de los beneficiarios recibe, a día de hoy, una prestación contributiva. Si tenemos en cuenta que, en el último año, la cifra de parados registrados se ha incrementado en 245.000 personas y que el número de perceptores de prestaciones se ha reducido en 22.000, del orden de 270.000 personas podrían haber perdido el derecho a prestación desde abril de 2012.

La desprotección del sistema de prestaciones es uno de los motivos por el que los hogares con percentiles de renta media-baja, con su cabeza de familia en paro, han agotado prácticamente su margen de ahorro. En estos casos, la sensibilidad del consumo a variaciones en la renta es muy elevada. Por ello, y porque el ajuste salarial está en marcha, la renta de las familias volverá a caer con fuerza en 2013 y, salvo que el optimismo contagie al consumidor español medio, el gasto de los hogares permanecerá aletargado un año más. Cuanto antes conozcamos los cambios impositivos que se avecinan, mejor. Los perjuicios de la información asimétrica en la generación de expectativas de renta son por todos conocidos, y más en un momento como el actual: está en juego el crecimiento de 2014.