Carol, 49 años, de tramitadora de siniestros a montar una panadería artesanal de 15 metros cuadrados en su piso de Barcelona
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Carol, 49 años, de tramitadora de siniestros a montar una panadería artesanal de 15 metros cuadrados en su piso de Barcelona

Tras quedarse sin trabajo después de años dedicada a la gestión de siniestros, decidió convertir una habitación de su dúplex en una nanopanadería legal desde la que ya prepara pan, bollería y encargos para vender en mercados.

Varias hogazas de pan rústico en estantes de madera de una panaderíaGetty Images

A simple vista parece una casa normal. Un dúplex, un tercero, un piso más en una localidad de la provincia de Barcelona. Pero detrás de una puerta interior, al final de un pasillo doméstico, empieza otra historia: la de Carol, 49 años, ex tramitadora de siniestros, que decidió darle la vuelta a su vida laboral y transformar una habitación de su vivienda en una panadería artesanal de apenas 15 metros cuadrados.

No es una metáfora. No es un proyecto "desde casa" en sentido figurado. Es, literalmente, una pequeña panadería montada dentro de su piso, con amasadora, hornos, harinas, fregadero adaptado y toda una logística pensada al milímetro para poder trabajar de forma legal en un espacio mínimo. 

Lo que antes era la habitación donde teletrabajaba y hacía sus hobbies es hoy un pequeño obrador doméstico desde el que intenta abrirse camino en un oficio completamente distinto al que había ocupado su vida durante años.

Un salto al vacío

La historia tiene algo de salto al vacío, pero también mucho de cálculo. Carol no llegó a esto por capricho ni por una moda repentina. Según cuenta en el vídeo, la idea llevaba tiempo rondándole por la cabeza, aunque el empujón definitivo llegó cuando se quedó sin empleo tras muchísimos años dedicada a la tramitación de siniestros. 

Ahí decidió que, si tenía que empezar de nuevo, quería hacerlo con algo que de verdad le apasionara. Y lo resume de una forma muy clara: con 49 años, los años que le quedan quiere vivirlos haciendo lo que le gusta y siendo su propia jefa.

Lo más llamativo de su caso no es solo el cambio de vida, sino cómo lo ha hecho. En lugar de alquilar un local desde el primer momento o asumir una inversión mucho mayor, optó por apoyarse en la figura legal de la nanopanadería, contemplada en la normativa reciente, para arrancar en su propia vivienda. 

En su caso, todo fue posible porque el piso tiene una distribución poco habitual pero muy útil: la zona elegida para el obrador queda separada de la parte de vivienda y, además, contaba al lado con un baño, algo clave para poder instalar un fregadero con agua fría y caliente, uno de los requisitos básicos para poder legalizar la actividad.

Un pequeño obrador con maquinaria semiprofesional

Desde fuera, la escena tiene algo casi surrealista: subes en ascensor a un tercer piso y allí, donde cualquiera esperaría un dormitorio, aparece un pequeño obrador con maquinaria semiprofesional, estanterías, neveras y una organización que sorprende incluso a quienes visitan el espacio. 

Pero detrás de esa imagen hay un año entero de vueltas, consultas, certificados y decisiones. Carol explica que lo primero que hizo fue llamar al ayuntamiento, donde inicialmente le dijeron que aquello no se podía hacer. Ella insistió, envió el real decreto concreto, logró que revisaran la normativa y, a partir de ahí, comenzó el proceso para darse de alta. 

No necesitó un gran proyecto de ingeniería porque el espacio no supera los 120 metros cuadrados; le bastó con un certificado técnico y con adaptar la estancia a las exigencias mínimas.

Una pequeña inversión

La inversión tampoco ha sido pequeña. Según cuenta, ha destinado alrededor de 12.000 euros al proyecto, en buena parte por la maquinaria. Pero su planteamiento ha sido más prudente de lo que podría parecer. 

No capitalizó el paro para lanzarse de golpe, se ha ido formando mientras montaba el espacio, incluido un certificado profesional en pan y bollería y formación en pastelería, y ahora quiere empezar poco a poco, sobre todo a través de mercados semanales, donde venderá pan y bollería artesanal para testar la respuesta del público y construir una clientela.

Ahí está, probablemente, la parte más realista de toda la historia. Carol no vende humo ni habla de éxito instantáneo. Sabe que tiene competencia, sabe que el modelo nano tiene límites y sabe que va a necesitar mucho boca a boca. Pero también ha tenido señales que le han dado empuje, como los encargos de panettones y roscones o los mensajes de clientes que le escribieron para decirle que habían probado “el mejor roscón” de su vida.

Su historia engancha precisamente porque mezcla audacia y sentido común. No es la fantasía de "dejarlo todo y triunfar", sino el retrato de alguien que, después de perder un trabajo de toda la vida, ha decidido no retroceder, formarse, empezar con lo que tiene y construir algo propio desde una habitación de su casa. 

En tiempos de discursos grandilocuentes sobre reinventarse, lo de Carol suena mucho más concreto: un piso, 15 metros cuadrados, una amasadora, dos hornos y la determinación de no volver atrás.

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

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