Empuja a mano un carrito de más de 100 kilos construido por su abuelo para vender onigiri por la calle: "Al principio me daba vergüenza y lloraba en el coche"
La joven que dejó un trabajo estable para vender onigiri por las calles de Hiroshima.
A las dos de la madrugada, cuando la mayoría de Hiroshima duerme, Kaho Higashi ya está cocinando. Apenas ha descansado cuatro o cinco horas, pero delante de ella todavía quedan cientos de puñados de arroz por preparar, varios rellenos que cocinar y un carrito de madera que, unas horas después, tendrá que empujar durante dos kilómetros por las calles de la ciudad cargado con más de 150 kilos.
Todo para vender onigiri, las tradicionales bolas de arroz japonesas, desde una carreta que construyó su abuelo con sus propias manos y que hoy se ha convertido en uno de los negocios ambulantes más conocidos de Hiroshima.
Sin embargo, llegar hasta ahí no fue sencillo. "Al principio me daba vergüenza", reconoce en el canal de YouTube SugoUma Japan. "Lloré en mi auto y pensé en renunciar todo el tiempo", añade.
La madrugada empieza cuando la ciudad todavía duerme
El día comienza en una cocina compartida de Hiroshima a las dos de la mañana. Allí trabaja Kaho Higashi, propietaria de la pequeña tienda ambulante de onigiri that's rice. Ese día no es uno cualquiera. Tiene previsto participar en un evento junto al Parque Memorial de la Paz y necesita preparar muchas más piezas de lo habitual. "Hoy coincide con un evento, así que tengo que hacer muchas bolas de arroz. Aquí es donde las preparo", explica mientras empieza la jornada.
Cuando le preguntan cuánto ha dormido, responde con naturalidad. "Unas cuatro o cinco horas". La falta de descanso es casi una constante desde que puso en marcha su proyecto.
A ello se suma otro problema que amenaza incluso la continuidad del negocio: la escasez de arroz que afecta a Japón. "Sí. Cierro temporalmente desde mayo. Lo decidí ayer. La razón principal es que no hay arroz", explica.
Para poder seguir trabajando esos días ha tenido que recurrir incluso a la ayuda de una clienta habitual. "Este arroz lo conseguí de una clienta", comenta agradecida.
De vender teléfonos móviles a perseguir un sueño propio
Antes de dedicarse a la cocina, Kaho trabajó vendiendo teléfonos móviles. No guarda un buen recuerdo de aquella etapa. "Antes vendía smartphones y tenía muchos problemas con la gente", recuerda.
Aquella experiencia terminó empujándola hacia una decisión que llevaba tiempo rondándole la cabeza. "Siempre quise hacer algo sola", explica. ¿Por qué eligió precisamente los onigiri? Su razonamiento fue muy sencillo. "Pensé que algo que se come con una mano sería bueno". Desde entonces, cada jornada repite prácticamente el mismo ritual.
Mientras el arroz termina de cocerse, prepara uno por uno todos los ingredientes que utilizará durante la mañana: tortilla japonesa enrollada, mayonesa con huevas picantes de bacalao, camarones rebozados, verduras típicas de Hiroshima, raíz de loto rellena, sardinas pequeñas, salmón a la parrilla y distintas mezclas creadas por ella misma.
No busca copiar recetas tradicionales. Prefiere desarrollar sabores propios. "Quiero que coman y piensen: está rico. "Valió la pena comprarlo", explica, ya añade que desarrolla "sabores únicos de that's rice. Eso es lo que me importa". Uno de los trabajos más delicados llega con el salmón. No utiliza piezas ya limpias.
Las desmenuza completamente a mano. "Tiene espinas, así que las saco a mano. El salmón es muy popular entre los niños", cuenta mientras revisa cuidadosamente cada trozo.
Una carrera contra el reloj para preparar 150 onigiri
A medida que avanza la mañana, el ritmo aumenta. A las nueve todavía queda una hora para salir y la preparación está lejos de terminar. "Tengo que terminar todo en la próxima hora", dice mientras continúa formando onigiri prácticamente sin detenerse.
Finalmente, consigue completar alrededor de 150 piezas, todas elaboradas manualmente una por una. Ahora llega el trabajo físico. Todos los onigiri deben cargarse en el enorme carrito de madera construido por su abuelo.
La primera pregunta surge casi de forma automática: "¿Cabrán todas?". Cuando termina de cargarlo, el peso impresiona incluso al equipo que la acompaña. "Más de 100 kilos. La carreta sola pasa de 100 kilos", explica mientras comienza a empujarla.
En realidad, con toda la mercancía, el conjunto supera ampliamente los 150 kilos.
Y tendrá que moverlos completamente a mano durante unos dos kilómetros hasta el lugar del evento.
El carrito construido por su abuelo que la ha hecho diferente
¿Por qué eligió vender así en lugar de utilizar una furgoneta o un 'food truck'? Su respuesta vuelve a ser reveladora: "Los camiones de comida están en todos lados, así que quería destacar". La idea no solo era llamar la atención.
También quería que encontrarla fuera una experiencia. "Me muevo para que la gente se sienta con suerte cuando me encuentra". El verdadero protagonista del proyecto, sin embargo, es el carrito. "Mi abuelo me hizo la carreta", explica orgullosa. Su abuelo es carpintero y ha construido prácticamente todos los elementos. "Hasta esta paleta de arroz es reciente. Mi abuelo me la hizo".
Cada detalle tiene una explicación. Las campanas sirven para que los clientes sepan que está llegando. "Una campana es un regalo de una clienta", comenta.
Mientras avanza hacia el Parque Memorial de la Paz, decenas de personas la saludan por la calle. Algunos la reconocen por Instagram. Otros simplemente escuchan las campanas y saben que los onigiri están cerca.
El trayecto no resulta precisamente sencillo. La cuesta que conduce hacia el parque obliga a hacer un enorme esfuerzo. "La cuesta es lo más pesado. Hoy es intenso", admite mientras continúa empujando el carrito sin detenerse.
Aun así, no pierde el sentido del humor. "Ya casi. Los brazos me matan... Lo tomo como buen entrenamiento de fuerza", bromea antes de llegar finalmente al lugar donde ya empiezan a esperarla los primeros clientes.
Las colas empiezan antes incluso de abrir
Después de recorrer a pie los dos kilómetros que separan la cocina del Parque Memorial de la Paz de Hiroshima, Kaho llega agotada. Lo primero es descargar cuidadosamente las bandejas de onigiri del carrito.
"Por fin lo descargué. La carreta estaba muy pesada", comenta aliviada. Pero el cansancio desaparece en cuanto levanta la vista. Ya hay una fila de personas esperando.
El pequeño puesto ambulante abre a las diez y media de la mañana y muchos clientes han acudido únicamente para verla. Una mujer le comenta que suele escribirle por Instagram y que ella siempre responde. Otro cliente le sorprende todavía más. "Vine hasta aquí solo por esto", le dice. "¿En serio? Gracias", responde Kaho sonriendo.
Entre los primeros compradores hay visitantes llegados desde distintos lugares del mundo. Una pareja alemana explica que descubrió su historia en internet. "Hace ocho meses, por primera vez en YouTube, te vimos. Al venir a Hiroshima, queríamos verte".
Poco después aparece una clienta procedente de Suiza. "Veo sus vídeos de YouTube", le comenta mientras elige sus onigiri favoritos.
También llegan turistas de Taiwán, Australia, Canadá y Corea, muchos de ellos atraídos por las redes sociales y por el boca a boca generado alrededor de aquella joven que recorre la ciudad empujando una enorme carreta de madera.
De llorar en el coche a convertirse en un fenómeno en Hiroshima
Después del evento, Kaho vuelve a recorrer las calles para continuar vendiendo los onigiri que todavía quedan. Durante ese trayecto recuerda cómo fueron sus primeros días. Reconoce que lo más difícil no fue cocinar ni empujar más de cien kilos. Fue exponerse delante de la gente. "Cuando era tímida, no vendía nada. Lloré en mi auto y pensé en renunciar todo el tiempo".
Sin embargo, hubo algo que cambió completamente su manera de verlo. Empezaron a aparecer clientes habituales. Personas que regresaban una y otra vez para comprar sus onigiri.
Y, sobre todo, para decirles lo mucho que les gustaban. "Cuando decían que estaba rico, sentí que estaba bien venderlo. Gané confianza. Se lo debo a mis clientes habituales".
Un carrito lleno de recuerdos
Mientras camina por Hiroshima, Kaho enseña todos los pequeños detalles que esconde la carreta. Nada está colocado por casualidad. En una pequeña caja guarda los regalos que recibe de los clientes. El techo también tiene historia. Fue diseñado por su abuelo para soportar la lluvia.
Hasta la linterna y el sistema de alarma tienen un origen especial. "La linterna la hizo un cliente. La alarma también, para alejar a gente peligrosa".
El apoyo silencioso de un abuelo carpintero
Todo se lo debe al hombre que ha estado detrás de todo el proyecto desde el principio, su abuelo. Carpintero de profesión y antiguo constructor de puestos ambulantes de comida. "Construí esta casa... Vendía ramen y construía puestos de comida hace muchas décadas", explica mientras trabaja en una nueva versión del carrito.
Esta vez el objetivo es fabricar un modelo plegable que permita viajar por todo Japón. Ligero (la mitad de peso que el anterior), desmontable y capaz de entrar en el maletero de un coche. No existen planos. Todo está diseñado a partir de su experiencia.
Pero esto no acaba ahí. "Después de la gira nacional, me preparo para abrir una tienda. Quiero buscar un local y abrir para el invierno, si es posible", asegura Kaho.
Será un nuevo capítulo para un proyecto que nació de madrugada, con una joven cocinando sola, un carrito construido por su abuelo y muchas dudas.