Frank (60) lleva ocho años alquilando la planta baja de su casa en Airbnb: "A veces incluso la dejan más limpia de lo que estaba"
Apuesta por el trato cercano y esto es lo que recibe.
Alquilar una vivienda turística suele asociarse a historias de fiestas, desperfectos o problemas con los huéspedes. Sin embargo, la experiencia de Frank van Brandwijk, un vecino de Ámsterdam de 60 años, rompe por completo con ese estereotipo.
Desde hace ocho años el holandés alquila la planta baja de su casa a través de Airbnb y asegura que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, los viajeros dejan el alojamiento en perfectas condiciones.
Su apartamento, de 32 metros cuadrados y ubicado en el barrio de Sporenburg, en la zona portuaria oriental de la capital neerlandesa, se alquila por unos 170 euros la noche.
Y tras recibir a cientos de visitantes de distintos países, Frank afirma que las malas experiencias han sido mínimas y que, incluso, algunos clientes han llegado a sorprenderle por su nivel de limpieza.
Una experiencia más que positiva
Según cuenta a Het Parool, la última pareja que se alojó en el apartamento, de nacionalidad alemana, apenas dejó rastro de su estancia. Frank explica que únicamente encontró el ventilador trasladado del salón al dormitorio y una manta sobre el sofá, un detalle que le llamó la atención por las altas temperaturas registradas durante esos días.
Además, el propietario relata que la mayoría de los viajeros suele marcharse temprano, por lo que no siempre tiene tiempo de ordenar la vivienda antes de salir. Aun así, asegura que casi todos lavan los platos y dejan la cocina recogida, algo que valora especialmente tras tantos años como anfitrión.
Solo recuerda una ocasión en la que encontró el apartamento completamente desordenado, con bolsas de patatas fritas en el suelo, toallas tiradas, restos de comida y utensilios de cocina sin recoger. No obstante, asegura que fue una excepción y que en apenas media hora pudo dejar todo listo de nuevo.
La curiosa historia de unos turistas japoneses
Entre las anécdotas que más recuerda destaca la protagonizada por unos huéspedes llegados desde Japón. Al acceder al apartamento tras su marcha, Frank tuvo la sensación de que la vivienda estaba incluso más limpia que antes de su llegada.
La sorpresa fue aún mayor cuando los viajeros le escribieron para preguntarle dónde guardaba la aspiradora, ya que querían utilizarla antes de abandonar el alojamiento. Frank decidió no facilitársela, convencido de que "quienes pagan 170 euros por noche no tienen ninguna obligación de limpiar".
Para el anfitrión, este episodio refleja que cada visitante tiene costumbres diferentes y que, en ocasiones, la realidad supera los estereotipos que existen sobre determinadas nacionalidades.
El trato personal marca la diferencia
Frank cree que una de las claves del buen comportamiento de sus huéspedes es que él vive en la misma casa. Considera que saber que el propietario se encuentra en la planta superior hace que los visitantes sean más cuidadosos con el alojamiento.
Además, procura recibir personalmente a cada viajero, conversar unos minutos con ellos y ofrecerles recomendaciones prácticas sobre supermercados, transporte público o lugares que visitar en Ámsterdam. A su juicio, ese trato cercano ayuda a crear un ambiente de confianza desde el primer momento.
Aunque reconoce que el alquiler turístico supone un importante ingreso económico, asegura que lo que más disfruta después de ocho años es conocer personas de todo el mundo. "Siempre es una sorpresa quién aparece", explica, convencido de que muchas veces "los prejuicios iniciales desaparecen tras una simple conversación".