Ingrid, 101 años, vive sola en casa: "Solía caminar dos horas al día. Primero sola, luego con un andador"
"Hay que aceptar lo que se tiene y lo que se puede hacer", cuenta.

En la Unión Europea, la esperanza de vida media ronda hoy los 81 años, una cifra que refleja décadas de avances sanitarios y sociales. Sin embargo, superar el umbral de los cien sigue siendo una excepción estadística. Por eso historias como la de Ingrid Segel, que acaba de cumplir 101 años y continúa viviendo en su casa de siempre, no solo llaman la atención por la cifra, sino por la vitalidad que aún la acompaña.
En una tranquila calle de Duisburg, en el barrio alemán de Friemersheim, la mujer celebró su 101.º cumpleaños en el mismo hogar que la vio crecer. Allí, entre muebles de madera oscura, fotografías en blanco y negro y recuerdos que sobreviven a la guerra y al paso del tiempo, esta vecina centenaria mantiene intacto el vínculo con su historia y con un barrio que también ha cambiado con ella.
Ingrid habla con sorprendente sencillez sobre lo que ha sido llegar a una edad tan avanzada. Admite que su audición ya no es la de antes, pero que mantiene la mente despierta y tiene claro qué ha ayudado a conservarla en forma. "Solía caminar dos horas al día. Primero sola, luego con un andador", explica en declaraciones a WAZ. Incluso ahora sigue moviéndose todo lo que puede dentro y fuera de casa, convencida de que esa constancia diaria es el secreto de una vitalidad que todavía sorprende a quienes la rodean.
Una vitalidad envidiable
Su vivienda está decorada con muebles cálidos, una estantería repleta de libros, una alfombra tradicional y fotografías en blanco y negro que cuelgan de la pared. “Siento una conexión con todo lo que veo aquí”, asegura con orgullo. Entre sus pertenencias más queridas figura un muñeco llamado Siegfried, que acompaña a Ingrid desde finales de los años veinte y que le recuerda a la infancia.
No obstante, no todo en la casa remite a recuerdos felices. Ingrid también habla de cómo el 4 de noviembre de 1944 su vivienda resultó dañada durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. “El apartamento quedó medio destruido”, lamenta. Durante los dos años siguientes, ella y su esposo vivieron en al menos siete apartamentos diferentes antes de regresar a la casa de su infancia.
Las secuelas de aquellos años, y de una caída posterior que le lesionó la cadera izquierda, marcaron decisiones de salud en las que se desaconsejó la cirugía por riesgo anestésico. Por ello, la familia y la comunidad han sido pilares en los últimos años: Ingrid tiene un hijo y, tras perder a su marido hace más de dos décadas, agradece el apoyo de una cuidadora que la acompaña desde hace siete años.
En su cumpleaños recibió además la felicitación de la alcaldesa Sylvia Linn, quien transmitió en nombre de la ciudad y el ministro presidente sus buenos deseos a la cumpleañera. Preguntada por un lema de vida, responde con naturalidad: “Hay que aceptar lo que se tiene y lo que se puede hacer”, una frase que condensa la serenidad con la que ha afrontado pérdidas, cambios y desafíos, y con la que ha ido tejiendo una historia que ya supera el siglo.
