Los horticultores coinciden: no hay que adaptar los manzanos al clima futuro, sino hacerlos adaptables a uno imprevisible para que sobrevivan
El cambio climático ya está dañando los huertos del noreste de Estados Unidos.

Los manzanos suelen asociarse a algo estable, casi rutinario, con hileras ordenadas y cosechas que dan fruto y vuelven a empezar como si el tiempo pasara siempre igual. Pero la realidad es que ese paisaje ya no es tan amable ni tan predecible. El clima está cambiando el ritmo de todo, y estos árboles se están encontrando con un futuro que no encaja en ningún calendario. Por ello surge la pregunta de cómo hacer que aguanten un futuro que no se deja prever.
Esa incertidumbre climática ya está teniendo consecuencias visibles en los huertos del noreste de Estados Unidos, donde los investigadores han observado daños graves en manzanos tras episodios de temperaturas extremas que se suceden con apenas días de diferencia. Concretamente, un calentamiento inusual en pleno invierno puede “despertar” a los árboles antes de tiempo, para después ser golpeados por olas de frío repentinas que los dejan debilitados.
El resultado no siempre se ve en las ramas o en el tronco, sino en la parte más vulnerable del sistema: los portainjertos, la base sobre la que se sostiene todo el árbol y que está empezando a mostrar sus límites frente a este clima cada vez más imprevisible. Esa es la línea de trabajo que impulsa el proyecto SPARC, centrado en cómo el calor y el frío extremos están aumentando y poniendo en riesgo la producción de manzanas y peras.
Por un futuro lleno de manzanos
Los daños a los portainjertos representan un perjuicio para la industria de la manzana en Estados Unidos, que genera aproximadamente 23.000 millones de dólares en actividad económica anual y produce más de 11.000 millones de libras de la fruta más consumida en el país. Esto se debe a que casi todos los manzanos comerciales son una combinación de dos plantas distintas que dan como resultado fruta de alta calidad.
El programa de portainjertos de Cornell en Ginebra, nacido en 1968, calcula que ya hay cerca de 70 millones de árboles plantados sobre sus materiales en todo el mundo. “Debemos tener en cuenta que los portainjertos que seleccionamos son adaptables. No se trata de que estén adaptados a un clima futuro, sino de que son adaptables”, asegura Lee Kalcsits, director del proyecto, en declaraciones recogidas por The Guardian, acerca de la supervivencia de la especie a largo plazo.
SPARC plantea precisamente estudiar la fisiología de los árboles frente a extremos térmicos, modelar riesgos históricos y futuros y usar esa información para orientar inversiones, selección regional de cultivares y, sobre todo, nuevas decisiones de mejora genética. En otras palabras, el objetivo ya no es simplemente “acertar” con la variedad adecuada para cada zona, sino entender qué rasgos permiten a los árboles sobrevivir cuando el clima rompe sus propios patrones.
