Por qué el clavo de olor se llama así: no es casualidad que comparta nombre con el clavo de carpintería
La respuesta a este curioso misterio lingüístico radica, pura y exclusivamente, en la sorprendente estructura física de los capullos del clavero.

El clavo de olor es, sin lugar a dudas, uno de los condimentos más versátiles y recurrentes de nuestra gastronomía. En la cocina salada, se ha consagrado como un ingrediente clave para potenciar y equilibrar el sabor de platos tan tradicionales como los guisos, las carnes adobadas, los arroces, las legumbres y todo tipo de sopas.
Pero su reinado no termina en los fogones salados. Esta especia es también una habitual indiscutible en el mundo de la repostería, aportando su inconfundible toque aromático a bizcochos, compotas de frutas, el clásico arroz con leche, panes dulces o infusiones tan reconfortantes como el té chai.
Más allá de su evidente valor culinario, el clavo esconde un potente perfil medicinal. Tal y como detalla un reciente artículo de la edición británica del HuffPost, sus propiedades antioxidantes, antiinflamatorias, antipiréticas (que reducen la fiebre), analgésicas, antiparasitarias y antimicrobianas lo convierten en un aliado excepcional para nuestro bienestar general.
El terror de los mosquitos
Por si su currículum fuera poco, este condimento tiene un talento oculto que resulta sumamente útil, especialmente durante los meses de calor: es un repelente natural implacable contra los insectos.
Su aroma fuerte y penetrante ahuyenta de forma radical a moscas y mosquitos. Esto se debe a que el clavo contiene un altísimo porcentaje de eugenol, un compuesto aromático que altera por completo el sistema nervioso de este tipo de insectos, manteniéndolos alejados de nuestras casas.
El misterio de su nombre: capullos con forma de herramienta
A pesar de tenerlo constantemente en la despensa, muy poca gente se ha parado a pensar en el origen botánico de esta especia y el porqué de su curioso nombre.
El clavo de olor no es la semilla de ninguna fruta o verdura. En realidad, se trata de los capullos florales secos (y en ocasiones los tallos) del clavero, un árbol de hoja perenne perteneciente a la familia de las mirtáceas.
Aunque son orundios de Indonesia, a día de hoy también se cultivan en otras regiones tropicales como Zanzíbar, Sri Lanka o Tanzania.
Entonces, ¿por qué lo llamamos así? El misterio se resuelve con un simple vistazo. Esta especia fue bautizada con este nombre porque su apariencia física es prácticamente idéntica a la de un clavo de carpintería.
Cuando el capullo de la flor de este árbol se seca y se recolecta antes de llegar a abrirse, adquiere una inconfundible cabeza redondeada sostenida por un cuerpo recto y alargado, imitando a la perfección la silueta geométrica de los pequeños clavos metálicos que utilizamos en la construcción.
Un ingenioso y lógico guiño visual que ha perdurado a lo largo de los siglos.
