Una maestra, muy conmovida al escuchar a jóvenes encarcelados: "Antes eras un perdedor si trabajabas, ahora soy yo el perdedor que está estancado"
Jóvenes que cumplen condena por delitos cometidos cuando eran menores.

A veces, escuchar las historias de otras personas puede convertirse en un ejercicio profundamente revelador, especialmente de quienes han recorrido caminos difíciles. Sus palabras no solo muestran realidades que suelen permanecer invisibles, sino que también invitan a cuestionar prejuicios, a repensar decisiones y a descubrir que incluso en los contextos más adversos existen segundas oportunidades.
Con ese espíritu se desarrolló un encuentro especial que ha dejado una huella imborrable en docentes y estudiantes neerlandeses tras hablar con un grupo de jóvenes que cumplen condena por delitos cometidos cuando eran menores. Durante el encuentro, los chicos relataron con franqueza cómo llegaron a la cárcel, qué les falló en el camino y, sobre todo, cómo la atención educativa les está abriendo otra posibilidad de futuro.
La experiencia dejó a varios profesores, y a una maestra en particular, visiblemente impresionados: “Antes eras un perdedor si trabajabas; ahora soy yo el perdedor que está estancado”, dijo uno de los jóvenes en declaraciones recogidas por el medio local AD. La frase, pronunciada sin dramatismo ni victimismo, resonó en la sala como una confesión tardía y una llamada de atención sobre cómo los mensajes que reciben los jóvenes pueden marcar sus decisiones y su futuro.
Una charla sin prejuicios
Los relatos compartidos reafirman que, en muchas ocasiones, la violencia y la delincuencia son fruto de malas decisiones, un entorno donde lo ilegal se normaliza, las diferencias culturales y la falta de orientación. Varios insisten en que no buscan justificarse, sino que reconocen sus errores y aceptan el castigo que se les ha impuesto, aunque subrayan que una intervención educativa a tiempo podría haber cambiado el curso de sus vidas.
Algunos admitieron que, si en su etapa escolar hubieran tenido al menos a un profesor que creyera en ellos o les ofreciera orientaciones concretas, quizá no habrían buscado caminos alternativos para “ganarse la vida”. La maestra que asistió a la sesión admitió haber cambiado su percepción sobre las personas privadas de libertad. Contó que, hasta hace poco, desconfiaba de las motivaciones de algunos internos cuando acudían a entrevistas de admisión para programas educativos.
Hoy reconoce que sus prejuicios le impedían verlos como sujetos con derecho a un futuro. “La franqueza de los chicos me ha hecho darme cuenta de que yo también sufría de prejuicios y no veía a los presos como seres humanos”, explicó tras la charla. Para el resto de los docentes presentes, el testimonio fue un recordatorio de la importancia de la detección temprana y de las expectativas comunicadas en el aula.