Yara, oficial de placa con 25 años: "Me he llegado a pedir vacaciones para enseñar a los chavales; los veteranos no quieren perder tiempo ni dinero"
"Ellos sí que quieren. Los que no quieren son los demás".

Yara tiene 25 años, lleva cinco trabajando como montadora de placa de yeso laminado y lanza una advertencia sobre el futuro del sector: el problema no es que los jóvenes no quieran entrar, sino que muchas empresas y muchos veteranos ya no quieren enseñar. Lo cuenta desde dentro, después de haber pasado por prácticas, obra real y años de trabajo en un oficio donde sigue habiendo pocas mujeres. La frase de "Me he llegado a pedir día de vacaciones para enseñarles", lo dice todo.
Su diagnóstico durante una entrevista en el canal de YouTube Sector Oficios Podcast, va contra uno de los discursos más repetidos en la construcción. Según explica, los chavales sí muestran interés cuando alguien les da una oportunidad real de tocar material, equivocarse y aprender. Lo que falla, dice, es otra cosa: la falta de paciencia para formar.
Yara asegura que ha tenido ya unos 15 alumnos en prácticas y que su experiencia desmonta el tópico de que los jóvenes llegan sin ganas. "Ellos sí que quieren. Los que no quieren son los demás", sostiene.
El problema no es la juventud, sino quién está dispuesto a enseñar
Yara entró en el sector tras estudiar un grado medio de obra civil. Primero hizo prácticas y después se quedó en la misma empresa. De los tres alumnos que entraron entonces, dos chicos y ella, solo acabó quedándose ella. Hoy es oficial de primera y defiende que el oficio necesita algo más que discursos sobre falta de mano de obra: necesita tiempo, formación y gente con voluntad de enseñar.
Su relato apunta a un problema estructural. Los jóvenes en prácticas no siempre entran en un entorno donde se les forme de verdad. A veces se les pide rendimiento inmediato en vez de aprendizaje. Y ahí, según Yara, se pierde talento. Ella lo tiene claro: si se les da una mano, esos chavales pueden acabar siendo "los mejores oficiales".
Una mujer en obra y una referencia para otras chicas
Además del relevo generacional, Yara pone el foco en otro punto que sigue pendiente en la construcción: la presencia femenina. Cuenta que, cuando empezó, pensó que trabajar en un entorno mayoritariamente masculino iba a ser mucho más difícil. Con el tiempo, su visión ha cambiado.
Reconoce que hay comentarios, prejuicios y gente que sigue dudando de que sea ella quien monta, carga y ejecuta el trabajo. Pero también subraya que ha encontrado más apoyo del que esperaba.
Su objetivo ahora va más allá de hacer bien su trabajo. Quiere que otras chicas vean que ese camino también existe para ellas. "Este oficio también es nuestro", reivindica. Y lo hace desde una idea sencilla: si te gusta y eres creativa, no hay razón para ponerte límites por ser mujer.
En redes sociales, donde muestra parte de su trabajo, ha recibido críticas y mensajes que le han dolido. Algunos ponen en duda que haga ella misma el trabajo que enseña. Aun así, sigue porque el retorno le compensa: hay chicas y chicos jóvenes que la reconocen, que le dicen que se metieron en el grado tras verla y que quieren hacer prácticas con ella. Ese es, dice, el verdadero valor de exponerse.
Oficios, orgullo y una formación más pegada a la realidad
Otro de los puntos que plantea Yara es la distancia entre la formación reglada y la realidad de la obra. Asegura que en el grado se tocan muchos oficios, pero que se pisa poca obra real. Para ella, ahí hay margen de mejora. Cree que haría falta una enseñanza más práctica y, sobre todo, más conectada con profesionales en activo.
También defiende que el oficio debería recuperar prestigio social. No lo plantea desde el romanticismo, sino desde la utilidad y la dignidad del trabajo bien hecho. Dice que muchos chavales solo buscan algo bastante básico: tener un oficio de verdad, sentirse útiles y poder decir con orgullo a qué se dedican.
En su caso, no cree que el principal freno sea el sueldo. Piensa que influyen más el esfuerzo físico, la dureza del día a día, los desplazamientos y la falta de apoyo al principio.
Aun así, insiste en que merece la pena. Habla de creatividad, de retos técnicos, de palacios rehabilitados, de curvas imposibles y de soluciones que exigen pensar en tres dimensiones. No lo vende como un camino fácil, pero sí como uno real. Y necesario.
