Stef (72) cultiva verduras y huevos en su propio huerto durante 40 años, hasta que una carta le cambia la vida: "¿Ahora tengo que tirar mis huevos por ser residuos peligrosos?"
"Básicamente vivo en un paraíso de PFAS".

Durante cuatro décadas, Stef Boone, de 72 años, ha vivido convencido de que hacía lo correcto: verduras de su propio huerto, huevos de sus gallinas y una vida sencilla en las afueras de Bavikhove (Bélgica). Todo eso se vino abajo el verano pasado, cuando recibió una carta oficial que le heló la sangre. Su terreno estaba gravemente contaminado por PFAS, los llamados químicos eternos.
"Llevo 40 años comiendo de mi huerto orgánico. Y resulta que he ingerido más veneno que nadie", resume Stef, sin dramatizar, pero con una mezcla de rabia y resignación, en declaraciones a Nieuwsblad.
Un vertido ilegal que se arrastra desde los años 80
El origen del problema no es reciente. Hay que retroceder más de cuarenta años, a principios de la década de 1980. Entonces, se realizaron obras de dragado en el río Leie, a su paso por Harelbeke.
Los lodos extraídos —mezclados con metales pesados y residuos industriales— fueron trasladados a un antiguo brazo del río, muy cerca de zonas naturales y residenciales.
"Protestamos mucho en su momento, pero no sirvió de nada", recuerda Stef. Aquellos vertidos no estaban permitidos en una reserva natural, pero se hicieron por comodidad y ahorro de costes. Décadas después, las consecuencias siguen ahí, invisibles, pero activas.
La carta que destapa la contaminación por PFAS
La alarma saltó tras el escándalo de 3M en Amberes, que obligó a las autoridades flamencas a analizar la presencia de PFAS en distintos municipios. El resultado fue demoledor: al menos 50 vecinos de Bavikhove viven en una zona contaminada.
Stef fue uno de ellos. "Al principio no entiendes la gravedad. Empiezas a leer, a informarte, y entonces te das cuenta de lo que significa vivir sobre suelo contaminado durante años", explica.
La noticia fue especialmente dura porque su exposición no fue puntual, sino constante: verduras, agua del entorno y, sobre todo, los huevos de sus propias gallinas.
Análisis de sangre alarmantes
Los resultados médicos confirmaron sus temores. Los análisis mostraron niveles de PFOS más de tres veces por encima del estándar y una concentración total de PFAS hasta diez veces superior a los valores de referencia.
Stef padece una enfermedad autoinmune y sufre colesterol crónicamente elevado. "No se puede demostrar al 100% que sea por los PFAS, pero los investigadores están viendo estos mismos problemas mucho más a menudo en zonas contaminadas que en el resto de Flandes", explica.
Hoy por hoy, la ciencia aún es prudente: no siempre se puede establecer una relación directa, pero los patrones se repiten.
Humor negro para sobrevivir
A pesar de todo, Stef no pierde el sentido del humor. "Básicamente vivo en un paraíso de PFAS", dice con ironía. Incluso bromea con las nueces de su nogal, que prensa para hacer aceite. "Tendré que analizar cuál está libre de PFAS para poder ponerlo en la etiqueta", comenta, medio en serio.
Pero detrás del humor hay cansancio. "Cuanto más investigas, más claro tienes que los PFAS están por todas partes: en el suelo, en el agua, en los alimentos. Y aquí los tengo literalmente en el jardín".
Sin demanda, pero con una decisión dura
Stef ha descartado emprender acciones legales. "No me apetece pasar años buscando culpables. Ahora mismo puedo vivir con ello, pero no sé qué me espera".
Ha tomado, eso sí, decisiones drásticas. Sigue comiendo verduras de su huerto, convencido de que la transferencia de PFAS es limitada. Pero ha dejado de consumir los huevos de sus gallinas. Los análisis muestran concentraciones elevadas y la normativa es clara: deben desecharse como residuos peligrosos.
"¿Te imaginas? Huevos de casa, tratados como si fueran basura tóxica", concluye.
