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21/06/2012 17:24 CEST | Actualizado 21/08/2012 11:12 CEST

El perfecto anfitrión

2012-06-21-eurocop.jpg Los pringados de esta Eurocopa, se veía venir, han sido los afanosos organizadores. Polonia y Ucrania se han despedido a la primera.

En el siglo de los geeks era inevitable que también ellos irrumpieran en el fútbol. Y los pringados de esta Eurocopa, se veía venir, han sido los afanosos organizadores de la competición. Polonia y Ucrania se han despedido a la primera. Sabe Dios que no es ninguna sorpresa, aunque a buen seguro que las empresas patrias se habían encargado de convencer a unos y otros de que eran el pueblo elegido para llevarse el título y celebrarlo todos los días de un memorable verano lleno de justas y bailes.

Cierto es que el combinado polaco era poco más que un dead man walking que sólo esperaba la disputa de los 270 minutos de rigor para certificar su eliminación. Pero Ucrania sí tenía fútbol. Se lo jugó todo en el último partido contra Inglaterra y fue nítidamente superior al equipo al que anima sin descanso Boris Johnson, alcalde de la capital del Reino. Pero mientras Rooney anotaba con su resucitado flequillo, los delanteros ucranianos se dejaron llevar por la estética y no culminaron sus ocasiones.

Nadie como Yarmolenko para ilustrar el caso. Fue seguramente el jugador más desequilibrante del partido y tuvo buenas ocasiones. Una de ellas, al final del primer tiempo, le encontró en la frontal del área con Scott Parker frente a él. El hábil atacante amagó un chut y recortó. El centrocampista inglés picó en el anzuelo pero se rehízo y volvió sobre sus pasos justo a tiempo para comerse un nuevo regate del endemoniado delantero ucraniano. Parker, burlado por partida doble pero no vencido, optó entonces por arrojarse por los suelos y así, reptando, en deshonrosa y cuadrúpeda posición, trató de evitar el disparo de Yarmolenko. Pero tuvo suerte: víctima del envenenado tango que él mismo había ejecutado, el delantero quedó sumido en un estado de onanismo balompédico y ya no pudo separarse del balón. En su obsesión dribladora, Yarmolenko siguió fintando sombras hasta que la pelota se le fue por la línea de fondo; en ningún momento el balón sufrió punterazo alguno.

El fútbol supo castigar tanta pretensión artística y concedió la victoria al horrendo fútbol inglés, y a su ruda y fea afición. El gol fantasma que el árbitro no concedió en el segundo tiempo a los ucranianos no fue sino una simple consecuencia de la falta de instinto asesino de los atacantes ucranianos. Y al final, gran desolación, el equipo de Blokhin fue eliminado en su propia casa.

La fiesta, no obstante, seguirá hasta las tantas y a medida que la borrachera aumente, el comedor se irá vaciando. No cuesta imaginar a Yarmolenko recogiendo cubatas, barriendo colillas y concatenando temas musicales en su refulgente iPod mientras en el piso de arriba los muelles de las camas de sus padres y hermanas chirrían víctimas del empuje de los invitados. Estos, ebrios y sudorosos, difícilmente perderán un solo segundo en tratar de recordar el nombre del idiota del anfitrión.