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03/07/2014 07:03 CEST | Actualizado 01/09/2014 11:12 CEST

Berlín desde el principio (... o desde el final)

Después de 24 semanas de trabajo de campo, en las que he compaginado las prácticas en una empresa con el envío de mi currículum y actualización constante del perfil en Linkedin, he llegado a la conclusión de que ni Alemania es una fuente de empleo inagotable ni es una trampa para españoles.

Berlín. Foto: A.M.I.

Hace seis meses llegué a Shönefeld, el aeropuerto de Berlín. Llevaba un puñado de nervios por equipaje y la dirección de mi nueva habitación escrita en un trozo de papel, arrugado y grisáceo de tanto manosearlo. Había oído todo tipo de historias sobre el que sería mi país durante los siguientes seis meses, la duración prevista de mis prácticas. Los días previos a mi llegada, los periódicos españoles contaban cómo a un grupo enfermeros los habían estafado en Alemania, los profesores de la politécnica comentaban indignados la fuga de cerebros y acababa de enfrentarme a las campañas de navidad de Campofrío y de El Almendro.

Lo que parecía una aventura infinita llega ahora a su fin, en pocas horas vuelvo a España y aquí estoy, sentada encima de la maleta, intentando cerrar la cremallera mientras se desbordan todas las experiencias que he vivido, todos los amigos que llevo conmigo y todo lo que he aprendido sobre trabajar en una empresa.

No voy a mentir, empezar no fue fácil. Estaba sola en una ciudad gris, el plano de transportes se me antojaba imposible de interpretar y no entendía por qué los conductores de autobús eran tan groseros conmigo. El proceso de adaptación fue exigente, llegué a sospechar que el idioma era sólo un código inescrutable para mantener a los extranjeros fuera del club de la sociedad alemana. Se me venía el mundo encima cada vez que tenía que ir a la administración pública a rellenar formularios interminables, la tarjeta de transporte, una cuenta bancaria o el contrato de alquiler. El mejor momento del mes era cuando mi madre me mandaba por correo sobres de Cola-Cao y jamón serrano al vacío.

Sin embargo, antes o después, todos los muros caen, eso se aprende en Berlín mejor que en ningún otro sitio. Poco a poco, manteniendo la mente abierta y con mucho esfuerzo, entendí que, si Herr Müller, el conductor del 344, no me saludaba, era porque tenía un horario que cumplir, no porque me estuviese haciendo el vacío. Me acostumbré a que durante las prácticas no se charla, aunque sorprendentemente, ¡a final de mes sí se cobra! Poco a poco entendí que, para que una sociedad tan multicultural como la de Berlín funcione, hay que ser muy respetuosos, no se puede dar voces en el tren, ni vestir con el traje de actitud chulapa que tanto nos gusta a los que nos sentimos gatos.

Hay que perder el miedo a cruzar la frontera, al fin y al cabo, somos europeos y es nuestro derecho, eso sí, hay que embarcarse en esta aventura con la humildad y las ganas de aprender de quien empieza un proyecto desde cero. No somos colonizadores de un nuevo mundo, no vienes a enseñar las bondades de tu ciudad de origen, actitud muy propia de los de mi ciudad. Somos invitados en un país con identidad propia.

¿Y el trabajo? ¿Qué pasa con el trabajo? ¿Hay vacantes o no?

Después de 24 semanas de trabajo de campo, en las que he compaginado las prácticas en una empresa con el envío de mi currículum y actualización constante del perfil en Linkedin, he llegado a la siguiente conclusión:

Ni Alemania es una fuente de empleo inagotable como sugieren unos, ni es una trampa para españoles como piensan otros.

No miente quien dice que hablar alemán es importante. Precisamente, en Berlín, la mezcla de idiomas es tal que, con un buen nivel de inglés, es posible moverse por la ciudad y encontrar algún puesto que cubrir. Aun así, quien busque una estancia a largo plazo y un empleo de calidad, necesitará invertir dinero, tiempo y mucho esfuerzo en hacerse con el alemán. Sigo sin entender cómo lo consiguió Pep Guardiola, mi experiencia es que no se puede aprender un idioma de la noche a la mañana.

Además, los alemanes dan mucho valor a los títulos y a la experiencia profesional. Hay que especializarse en algo y es común firmar varios contratos de prácticas en empresas antes de conseguir un puesto de verdad. Hay que actualizar el perfil en redes sociales generalistas y especializadas, enviar un millón de emails a los departamentos de recursos humanos y perseguir las entrevistas. Conseguir un puesto de trabajo es difícil, como en todos sitios. Exige determinación hacia el futuro profesional que persigues y flexibilidad suficiente para entender que el camino no será recto. Alemania no es diferente en esto a cualquier otro país.

Para acabar diría que, después de haber vivido en varios países como estudiante, el salto al mundo profesional en Berlín ha sido la aventura más intensa. Medio año en esta ciudad ha sido todo un reto y sé que sólo es del aperitivo antes de un gran festín.

Por fin he conseguido cerrar la cremallera de la maleta y de mis pensamientos. En pocas horas me subo a un avión de vuelta a casa ¿a concluir mi aventura? No. Solo a preparar el segundo asalto como profesional de comunicación en Alemania.

SOMOS LO QUE HACEMOS