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21/02/2018 07:44 CET | Actualizado 21/02/2018 07:44 CET

Una carta contra el abuso infantil

Getty Images

Me llegó hace unos días una carta desgarradora de una mujer de 56 años, que sufrió abusos siendo una niña, desde los 4 a los 12, por parte de un primo diez años mayor.

La carta, que destila amargura y resentimiento casi en cada palabra, está dirigida a su primo, pretende ser un paso más en la sanación de una herida profunda que no termina de parar de supurarle, a pesar de haber engarzado una terapia con otra en todo su recorrido vital. Primero fue a consulta sin saber bien el objeto, pues al trauma lo atrapó el inconsciente hasta casi los 40 años, entonces lo rescató de las tinieblas y pudo, por fin, empezar a mirarlo a los ojos. Dejaba atrás una realidad perversa de adolescencia traumática que nadie entendía, ni ella. Sus padres murieron con la incógnita.

Esta carta es el grito de dolor de una niña maltrecha que pide justicia, subida a una piedra, porque la echaron a los leones cuando era incapaz de defenderse

Es la segunda misiva que le escribe al abusador; la primera solo se la envió a él, sin respuesta. Envalentonada tras el mediático juicio y la sentencia de la jueza Rosemarie Aquilina en el caso contra Larry Nassar, quiere ahora hacer libres sus palabras, a mi me parece, por una necesidad de reclamar algo que le robaron cuando aún no tenía ni conciencia de que aquello era suyo, su cuerpo.

Esta carta me resuena como el grito de dolor de una niña maltrecha, y hasta ahora muda, que pide justicia, subida a una piedra, porque la echaron a los leones cuando era incapaz de defenderse, porque le truncaron la vida cuando no tenía herramientas para descifrar el código y ahora, con 56 años, cuando por fin le sale el grito, la que chilla es la niña maltratada que necesita de nuestra protección, la de todos.

El escrito empieza así: 'Merecerás el apellido de tu madre, hermana de mi madre, cuando saldes tus deudas'. Y continúa enumerando esas deudas que el abusador ha contraído con ella misma, con los padres de ella, con su tía y con la pareja actual de la víctima. Explica que no quiere desenmascararlo ante la familia para no multiplicar un daño que se le hace insoportable. Y siguen estos párrafos:

Por el bien de todos, incluido tú, te recomiendo el reconocimiento de los hechos y la petición de perdón. Piensa que puedes hacer para compensar tu devastadora invasión. No hay en este país ley que te condene, pero eso no te quita un ápice de responsabilidad sobre las consecuencias que has provocado. (...)

Durante mucho tiempo, demasiado, os habéis protegido tras la incapacidad de vuestras víctimas para realizar el titánico esfuerzo de reconstrucción personal para, primero desterrar nuestro sentido de culpa, segundo recuperar nuestro verdadero ser, no ese amasijo de secuelas y deformaciones que provocasteis y tercero mostrarnos al mundo sin miedo, a ese mundo que os creía y perdonaba a vosotros mientras dudaba y nos culpabilizaba a nosotras y nosotros, vuestras víctimas. Ese esfuerzo titánico nunca termina, yo llevo más de 45 años en él pero ahora, al menos, soy una sobreviviente. (...)

Como víctimas necesitamos gritar y que se nos escuche. Como supervivientes que conocemos un largo periodo de dolor, esfuerzo y sufrimiento podemos estar abiertos a la compasión, pero seguís siendo responsables, no solo de nuestro dolor y sufrimiento sino el de muchas personas a nuestro alrededor, nos habéis robado una vida. Espero que puedas sentir lo que esto supone. Es a lo único que aspiro.

Nunca, tenlo claro, nunca podrás pagar o restituir lo perdido ni borrar uno solo de los momentos que tu actitud provocó. Solo aspiro a que llegues a comprender el alcance de tus actos y deseo que puedas vivir con ello. Tú sabrás los pasos que tienes que dar en ese sentido. Si no los das llegará el momento en que los pueda dar yo. Y los daré.

Te lo digo en serio, los daré.

La carta de Emec Lomur, un pseudónimo, me parece una oportunidad para entender, sin anestesia, el desgarro profundo, en toda una biografía, que supone el abuso en la infancia. Me parece un acto de generosidad por su parte que, como sociedad, habría que corresponder dejando de mirar para otro lado, arropando, denunciando, poniendo un altavoz al testimonio de las víctimas y cogiéndolas de la mano para que puedan recorrer el camino del perdón, primero a sí mismas, desde el que volver a construir el amor.

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