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08/03/2019 07:33 CET | Actualizado 08/03/2019 07:34 CET

El trabajo perjudica seriamente la salud (de las madres)

Getty Editorial
Una mujer embarazada, teletrabajando.

Sin duda, la progresiva incorporación de las mujeres al mercado laboral durante las últimas décadas –junto con un marco legal que ha equiparado los derechos de mujeres y hombres- es uno de los factores que más ha contribuido a su autonomía personal y a la mejora de su estatus socioeconómico. Sin embargo, los cambios sociales son lentos y los estereotipos de género siguen en gran medida ahí. Aunque nueve de cada diez personas en la Unión Europea consideran que promover la igualdad es importante para la sociedad, la economía y para ellas personalmente, la mayoría (el 73%) cree que las mujeres siguen dedicando más tiempo a los trabajos domésticos y de cuidados y un 43% piensa que el rol más importante de una mujer es el cuidado del hogar y la familia. (según el Eurobarómetro 2017)

La situación actual es que las mujeres se han incorporado al mercado laboral mientras continúan asumiendo en gran medida la misma cantidad de responsabilidades domésticas. Sin embargo, existen escasos estudios y evidencia alrededor de esta cuestión: desde el impacto en la salud de las mujeres de la salida de la esfera doméstica hasta los efectos que tiene la doble jornada o la eficacia de los mecanismos de conciliación de la vida profesional y personal que se promueven en el ámbito laboral.

Un estudio reciente de Reino Unido con más de 6.000 participantes –el mayor análisis longitudinal realizado hasta la fecha- examina algunas de estas cuestiones. Entre las conclusiones, destaca el nivel de estrés crónico de las trabajadoras madres. Este estrés fue medido a través de biomarcadores, incluyendo hormonas relacionadas con el estrés, la presión sanguínea, y el índice de carga alostática (una medida que determina el coste que tiene para el organismo el ajustarse a eventos previstos e imprevistos, es decir, al estrés; una sobrecarga alostática crónicamente alta, contribuye a desencadenar patologías). Así, aquellas trabajadoras a tiempo completo que son madres de dos hijos (menores de 15 años) tienen niveles de estrés un 40% más elevados que los de las trabajadoras sin descendencia -o un 17% superior en el caso de las trabajadoras madres de un único hijo-.

Por otra parte, la implantación de medidas como el teletrabajo o la flexibilidad horaria, por si solas, no reducen los niveles de estrés, únicamente tienen ese efecto cuando se aplican junto a una reducción horaria.

¿Qué grupos de trabajador muestran niveles inferiores de estrés? Aquellos que trabajan un menor número de horas, ya sean hombres o mujeres, tengan o no menores a su cargo. Es decir, los que no trabajan a jornada completa. Así las mujeres que optaron por jornada reducida (con dos o más menores a su cargo) mostraron niveles inferiores de estrés (37% inferiores; menor carga alostática) frente a aquellas en la misma situación personal que trabajaban a tiempo completo.

Las mujeres se han incorporado al mercado laboral mientras continúan asumiendo en gran medida la misma cantidad de responsabilidades domésticas.

Las mujeres intuitivamente ya lo sabían: el trabajo a tiempo parcial es una opción totalmente feminizada en la Unión Europea donde cerca de un tercio de las trabajadoras (31,7%) trabaja a tiempo parcial frente al 8% que trabaja a tiempo completo (Eurostat 2017). En Holanda, hasta tres cuartas partes de las mujeres optan por esta opción; en torno al 60% en Escandinavia. Hasta qué punto la reducción horaria viene impuesta por la imposibilidad de asumir las cargas de cuidados o es una opción voluntaria donde se prima la esfera personal puede ser discutible. Un 26,2 de las mujeres reporta trabajar a tiempo parcial "involuntariamente".

Por otra parte, la solución del trabajo parcial (para las mujeres) no supone únicamente una disminución proporcional de los ingresos respecto a trabajar a jornada completa, sino que lleva aparejados una serie de efectos negativos como mayores niveles de precariedad -trabajos de peor calidad, peor remunerados-, menores oportunidades de carrera profesional, formación o reducción de beneficios sociales (prestaciones de desempleo, pensiones) o incluso un peor estado de salud, cuyo coste de oportunidad asumen principalmente las mujeres. Lo cual, a su vez, contribuye a mantener las brechas de género en el mercado laboral y reforzar estereotipos.

Lo personal es político. Pero en la práctica el cuidado de menores o personas dependientes y la división del trabajo doméstico parecen temas personales sin tanta importancia política. ¿Ocupan acaso estas cuestiones que afectan a la mitad de la población directamente, e indirectamente a toda, un lugar relevante en el debate público? Y, aunque una parte de la solución pasa necesariamente por negociar en la esfera privada formas de relación más equitativas -especialmente con la llegada de las y los hijos-, avanzar implica sobre todo una apertura de los asuntos "privados" o sociales a la discusión y al análisis político. Solo de esta manera, será posible modificar una estructura social que no ha evolucionado a la par que el rol de las mujeres en ella, y, a la que por tanto, son las mujeres las que deben sistemáticamente adaptarse en detrimento de sus opciones vitales y parece que también de su salud.

Entretanto, las mujeres dan respuesta como pueden –el nivel socioeconómico es el factor más determinante- a las disyuntivas que se les presentan más o menos sutilmente, o bien deciden compatibilizarlo todo a riesgo de una peor salud y calidad de vida. No lo llamen ideología de género. Es simplemente desigualdad sin ningún género de dudas.

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