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14/11/2015 14:16 CET | Actualizado 14/11/2016 11:12 CET

Mañana de guerra

Tal vez, como cuando acabó la guerra, nacerá de todos los franceses desconcertados una Francia dignamente unida. ¿Quién puede ahora mostrar 'comprensión' por los actos de una barbarie infinita? ¿Quién puede no solidarizarse con la indignación nacional? ¿Quién va a decir una vez más, como algunos han hecho, "esto tenía que pasar"?

Los pensamientos se amontonan, se mezclan, se confunden: los personales y los colectivos.

- Asegurarse que ningún niño, ningún amigo estaba en la zona, y tranquilizar a los amigos que llaman de todas partes, porque el planeta ya es uno: la información no tienes fronteras ni límites.

- Despertar en un París en guerra. Mi generación vivió, de niños, la guerra de Argelia, cuando Michel Debré, el primer ministro, llamó a los parisinos a enfrentarse "a pie, a caballo, en coche" a los paracaidistas de la OEA en 1961, durante el llamado llamado "golpe de los generales". Hollande,esta noche, estaba más tranquilo pero más grave y conmocionado, como nunca le habíamos visto.

- Mirar sin parar las imágenes que nada dicen salvo la angustia, el caos, el horror de esas personas abatidas como liebres en un día de caza, y escuchar los testimonios de quienes estaban en la cafetería o en Bataclan, y que se salvaron de morir en la masacre.

- Preguntarse por este terrorismo que alcanza una nueva dimensión: no hay profeta al que vengar, ni policías, periodistas, militares, o judíos que eliminar; simplemente disparar a ciegas a los jóvenes y no tan jóvenes que buscaban la inconsciencia, la música y la alegría en una noche suave de noviembre. Así que nada que entender, salvo aterrorizar a los franceses, impedir que Francia destruya a los destructores, afectar su unidad ya sacudida tras el pausa después de los atentados de Charlie Hebdo.

- Esperar a los resultados de la investigación, por supuesto, pero renunciar a la idea de que los niños perdidos se convierten en asesinos, y darse cuenta de que se trata de un comando militar, muy organizado. Se ha desplegado con método, asesinando a la gente a pie de calle con la mayor crueldad, con buen conocimiento de los escenarios: el Bataclan y los hábitos de la multitud que se congrega en los barrios de la République y Oberkampfs las noches de viernes.

- Apretar las filas, señalar con el dedo a los que ya utilizan el miedo sin ningún pudor, como el Frente Nacional. Por ejemplo, Laurent Wauquiez no duda en pedir, aludiendo al estado de excepción, que se creen centro de internamiento para las personas sospechosas de terrorismo, fichadas como "S" (especial seguimiento), aunque la ley que nació durante la guerra de Argelia especifica ¡justo lo contrario!

- No ceder ni un palmo de terreno en materia de seguridad, pero ajustarse estrictamente a ley, a no ser que queramos salir del marco de la democracia: ¡qué felicidad sería para los terroristas!

- Imaginar, con un poco de optimismo, que tal vez las reticencias que anestesian ciertos barrios y a esos alumnos que ni siquiera dedicaron un minuto de silencio por los muertos Charlie y Hyper Cacher, se desvanecerán. Que tal vez, como cuando acabó la guerra, nacerá de todos los franceses desconcertados una Francia dignamente unida. ¿Quién puede ahora mostrar 'comprensión' por los actos de una barbarie infinita? ¿Quién puede no solidarizarse con la indignación nacional? ¿Quién va a decir una vez más, como algunos han hecho, "esto tenía que pasar"?

Una pequeña gota de esperanza en un charco de sangre.

Este artículo se publicó originalmente en Huffpost.fr, y ha sido traducido del francés.

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