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24/04/2013 04:32 CEST | Actualizado 23/06/2013 07:12 CEST

Salgamos del aislamiento

Ojalá que una de las consecuencias de la actual crisis económica sea terminar con el tradicional aislamiento internacional de España. Como demuestra el empuje de las exportaciones, el exterior ofrece un sinfín de posibilidades que los españoles se habían mostrado reacios a explorar.

Ojalá que una de las consecuencias de la actual crisis económica sea terminar con el tradicional aislamiento internacional de España. Como demuestra el empuje de las exportaciones, el exterior ofrece un sinfín de posibilidades que los españoles se habían mostrado reacios a explorar. También cada día más ciudadanos optan por hacer las maletas y buscar nuevas oportunidades más allá de las fronteras. Lo que en muchos casos se considera un drama personal, forma parte del proceso de incorporación total -de capitales, bienes, empresas y también de personas- a un entorno globalizado.

Desde comienzos del siglo XX la sociedad española se encerró en sí misma y entró en un estado de profunda depresión. La pérdida del imperio colonial en el desastre del 98, sumada a la constante crisis económica y política llevaron al país a un periodo de reflexión sobre el ser de una España que se replegaba al territorio peninsular, las islas y unos pocos enclaves en el Norte de África. Su neutralidad ante las dos Guerras Mundiales y el aislamiento de la dictadura franquista profundizaron la brecha; mientras el mundo se recomponía tras el mayor conflicto bélico de la historia, el país permanecía al margen.

La Transición marcó el comienzo de una nueva etapa. El proceso de democratización iba de la mano de la reinserción total en el bloque occidental. La entrada en la Comunidad Económica Europea, especialmente, formaba parte de una aspiración colectiva; tanto, que el respaldo mayoritario al proyecto europeo sólo se ha visto mermado desde 1986 por el tremendo impacto de la crisis actual.

Sin embargo, el salto hacia el exterior que se dio en lo institucional no caló en la sociedad, no llegó a transformar actitudes ni mentalidades en cuanto a la relación y el papel de España en el mundo. Los ciudadanos sí fueron (fuimos) perdiendo el complejo de ser el primo pobre y atrasado de Europa, pero solo una muy pequeña parte comenzó a pensar realmente como ciudadanos europeos. La introspección siguió formando parte del ser español. Algunos de los componentes del nuevo entramado institucional contribuyeron a mantener ese repliegue. El diseño autonómico potenció lo regional y lo local, a menudo por encima de cualquier otra consideración.

La burbuja de prosperidad en la que vivimos desde finales de los 90 supuso el freno definitivo al proceso de apertura mental hacia el exterior. El "milagro español", mundialmente admirado, recogía éxitos en el cine, la moda y el deporte, además de en el PIB. La elevada calidad de vida, el clima, la gastronomía, o la fortaleza de los vínculos familiares y sociales, nos convencieron de que como en España, en ningún sitio. Así que junto al orgullo recuperado, se cayó en una etapa de autocomplacencia que impidió acometer las reformas estructurales necesarias; se perdió entonces la oportunidad de modernizar e internacionalizar el sistema productivo, el administrativo, o el educativo cuando había recursos para ello. Ensimismados por nuestro éxito, el mundo volvió a interesarnos tan poco como habitualmente.

Uno de los datos que mejor ilustran esta intromisión es la escasísima movilidad de los españoles: uno de cada diez jamás ha salido de la provincia donde nació, y un 15 por ciento no ha traspasado los límites de su comunidad autónoma, según un estudio de 2009. Un 48 por ciento declara no haber viajado nunca al extranjero. Factores como la educación universitaria, que en otro tiempo impulsaban la movilidad de un cierto sector, contribuyen ahora a lo contrario: el hecho de que cada comunidad autónoma cuente con al menos una universidad generalista, en lugar de potenciar centros de excelencia distribuidos geográficamente, ha determinado que los jóvenes no necesiten ya salir de sus regiones para acceder a la educación superior.

Curiosamente, España es el principal emisor y receptor de estudiantes del programa Erasmus -el mayor contribuyente a la construcción de Europa entre la juventud de la Unión- , con 36.183 y 37.432 alumnos, respectivamente, en el último curso. Curiosamente también, la internacionalización de la Universidad española, con menos de un 4 por ciento de estudiantes extranjeros, es muy inferior al de otros países de nuestro entorno (15 por ciento en Reino Unido o 12 por ciento en Alemania).

En cuanto a movilidad laboral, de nuevo la crisis está haciendo variar los hábitos. Frente al anclaje que han supuesto tradicionalmente el clima, la familia o el hecho de tener casa en propiedad, una encuesta reciente señalaba que un 64 por ciento estaría dispuesto a emigrar para conseguir mejores oportunidades laborales, mientras que en 2009 esa cifra apenas llegaba al 12 por ciento.

Tampoco ayuda el pobrísimo conocimiento de idiomas. Según Cambridge University Press, solo un 10 por ciento logra expresarse con fluidez en inglés y hasta un 20 por ciento puede desenvolverse en esa lengua; ciertamente reducido para un país que recibió 57,7 millones de turistas en 2012. Es obvio que no existe una incapacidad genética, pero la falta de incentivos e interés, y un ineficaz sistema educativo justifican este lastre histórico, que es además público y manifiesto en buena parte de nuestros representantes políticos.

Todo ello tiene su reflejo asimismo en la reducida presencia de españoles en puestos internacionales, dada la ausencia de una estrategia nacional de presencia exterior -por mucho que la Marca España se esfuerce ahora en cubrir algunas facetas-, o en las dificultades que encuentran a su vuelta aquellos que sí se han aventurado a salir.

Pero parece que la situación está comenzando a cambiar gracias a la crisis. La precaria economía española se agarra estos días al tirón de las exportaciones, que en 2012 crecieron un 3,8 por ciento, por encima del resto de socios comunitarios, incluido Alemania, después de haber aumentado un 13,5 por ciento en 2010 y otro 7,6 por ciento en 2011. Impulsados por la necesidad, los empresarios españoles, grandes y pequeños, han encontrado en el exterior la fórmula para sobrevivir y prosperar.

Lo mismo está ocurriendo con un buen número de individuos. Aunque hay bailes de cifras, se calcula que entre enero de 2011 y el otoño de 2012 emigraron cerca de 120.000 españoles (sin incluir inmigrantes que habían conseguido la nacionalidad). El perfil tipo es el de jóvenes cualificados, entre 25 y 35 años: arquitectos, ingenieros, médicos... Europa, con Reino Unido, Francia y Alemania a la cabeza, y algunos países de América son los destinos preferentes.

Ante la descomposición de una parte del sistema productivo y la incapacidad del país para ofrecer posibilidades de desarrollo profesional a toda una generación, el hecho de que un nutrido grupo pueda encontrar salidas fuera tiene un aspecto positivo: el que toda experiencia exterior implica siempre, tanto para la sociedad de acogida como para el individuo y, por ende, para su país de origen. Es probable que este movimiento forzado por la necesidad suponga la normalización de la inserción de los españoles en la fuerza laboral de la economía global.

Es obvio que la educación, en sus diferentes niveles, es un pilar fundamental para que la apertura hacia el exterior se consolide. Junto con ella, son también necesarios todos los apoyos posibles, institucionales y privados, a la internacionalización. La apuesta por la diplomacia económica, dentro del actual restrictivo marco presupuestario, ha puesto el énfasis en la ayuda a las empresas. Asimismo han surgido diversas iniciativas para facilitar la búsqueda de empleo en el extranjero, pero no existen instituciones de referencia que se ocupen de las mil y una complejidades de los españoles que viven y trabajan fuera, ni de facilitarles el regreso una vez que se produce.

Es hora, por último, de que la clase política, empezando por sus líderes, comience a tener más experiencia en el mundo y mayor visión global. Es el momento de convertirnos en una ciudadanía abierta e integrada en la globalización, sin que ello suponga tener que renunciar a una identidad, o identidades, propias.

La versión original de este artículo, más extensa, ha sido publicada por la revista Política Exterior

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