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29/06/2012 10:31 CEST | Actualizado 28/08/2012 11:12 CEST

Apología de los jóvenes elitistas disidentes de #yosoy132

Una generación de chicos mexicanos sin precariedades que creen que la riqueza debe compartirse, sino con igualdad, sí con generosidad. Jóvenes elitistas disidentes que pueden alzarse contra la cultura de masas.

"Déjarse llevar", un aforismo Tao común entre la rebeldía juvenil de los sesenta, es un consejo útil para analizar #YoSoy132, el movimiento estudiantil que emergió en México durante las elecciones presidenciales. Si se quiere tener el pulso de acontecimientos parecidos -aunque no similares- como la insurrección popular de Oaxaca en 2006, o este despertar de los universitarios en la primavera electoral de 2012, hay que ser un poco taoístas y dejar que nos mueva la marea de los Movimientos, con todo y sus contradicciones.

No vale la pena mirar un mapa del mundo donde no haya Utopía, decía Óscar Wilde. Es cierto que invocar en estos tiempos una palabra tan grandota para ubicarse geográficamente en un planeta cada vez más raro, puede derivar en una ingenuidad vergonzante. Algunos están convencidos de que las únicas utopías posibles en el siglo XXI aparecen en los periódicos disfrazadas de noticias. Como una que acabo de leer en Publimetro sobre una mujer china que fue inseminada por un calamar, tras sentir su pinchazo mientras se lo comía.

Pero no.

Utopía es una región que de forma sorpresiva ha ido reapareciendo en los mapas. En años recientes, de Egipto a México, pasando por Chile, España y Estados Unidos, expande su territorio. La habitan jóvenes disidentes, con estudios superiores al promedio de la población, y con la posibilidad de informarse a través de medios de comunicación alternativos. Radicales porque intuyen que hay que atacar los problemas por la raíz. Una generación de chicos sin precariedades que creen que la riqueza debe compartirse, sino con igualdad, sí con generosidad. Se trata de jóvenes elitistas disidentes que pueden alzarse contra la cultura de masas, despreciando a los medios de comunicación y estableciendo sus propias zonas autónomas mediáticas y políticas.

Los jóvenes elitistas disidentes no son un fenómeno nuevo, demasiado sorprendente. En la Atenas del siglo V. a. C., sólo la aristocracia podía darse el lujo de conocerse a sí misma, como lo demandaba Sócrates. Ken Goffman, quien ha estudiado estos procesos desde los griegos hasta la fecha, ha descubierto que todas las bohemias, contraculturas y subculturas a lo largo de la historia han tendido a ser un dominio de la aristocracia. "Una de las razones por las que la contracultura de la década de 1960 se hizo tan masiva y poderosa fue la presencia de una economía saneada y un sistema decente de ayudas sociales que permitía a los hijos de clases medias e incluso a algunos de los pobres el lujo de "buscarse a sí mismos", nos dice Goffman.

En esa búsqueda, #YoSoy132 no sólo produjo un buen debate presidencial y unas inolvidables campañas de memoria histórica e imaginación política, a través de las redes sociales. También produjo crítica directa en el país del "Sí, señor", donde el proceso electoral era tan aburrido como una columna política de un periódico tradicional.

En especial, #YoSoy132 produjo jóvenes que fueron y serán como unas espinas clavadas.

Contradicciones y divisiones como la que hubo en torno al estudiante Saúl Alvídrez, quien fue grabado hablando de sus intenciones de orientar el movimiento hacia los partidos de izquierda, no deben ser tan sorpresivas. Así pasa con los movimientos cuando trascienden el mundo virtual y teórico. A este chico de Chihuahua lo traicionó un amigo, pero sobre todo lo traicionó creer que se conocía demasiado a sí mismo. Padeció del mal de Alcíbiades, si nos remontamos al estilo y destino de ciertos jóvenes discípulos de Sócrates: Saúl, teniendo tanto desarrollo político y tantos reflectores cerca, asumió un comportamiento no muy distante del de una estrella de rock y quedó expuesto a la marea del movimiento, que en ocasiones se pone brava, muy brava.

La verdad es que resulta imposible partidizar a estos jóvenes elitistas disidentes. Sin ser marxistas, su sentimiento esencial es el de la indignación y su tarea esencial, la denuncia, sobre todo del PRI, pero extensiva al resto de la partidocracia mexicana de pacotilla.

En el caso de los señalamientos de maquiavelismo en contra del productor Epigmenio Ibarra, quien en los ochenta fue un reportero que apasionadamente y muy bien cubrió las guerras centroamericanas, se trataron de burdos ataques al calor electoral. Hay jóvenes soñadores y contraculturales de antaño que crecieron para convertirse en adultos desagradables y cascarrabias. Epigmenio Ibarra no lo hizo. Quienes sabemos esto, entendemos que haya estado tan cerca de #YoSoy132.

Podrán cortar y dividir todas las flores de la rebeldía de #YoSoy132, pero nunca podrán detener la primavera. #YoSoy132 es una realidad nerudiana, como la primavera que estos días está por irse.

Pero que volverá.