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Anna, estudiante de 21 años, gana 1.090 euros al mes: "Tres veces por semana, solo como una vez al día"

Anna, estudiante de 21 años, gana 1.090 euros al mes: "Tres veces por semana, solo como una vez al día" 

La joven francesa trabaja 25 horas semanales como barista, explica cómo el alquiler y los gastos fijos la obligan a recortar en comida para llegar a fin de mes.

Una joven come sushi en casa.
Una joven come en casa con comida para llevar, una escena cada vez más habitual entre estudiantes con ingresos ajustados.Getty Images

Anna tiene 21 años, estudia Letras Modernas en Aix-en-Provence y gana unos 1.090 euros al mes. Trabaja 25 horas semanales como barista mientras cursa segundo de carrera. Sobre el papel, no parece una historia extrema. En la práctica, su día a día incluye una renuncia que se repite con una naturalidad inquietante: “Me pasa regularmente —quizá tres veces por semana— no comer más que una sola vez al día”.

Así lo cuenta la propia Anna en un testimonio recogido por Marianne, donde desgrana con precisión quirúrgica cómo se le va el sueldo. Vive en un apartamento de 14 metros cuadrados por el que paga 450 euros al mes. Recibe 150 euros de ayudas públicas a la vivienda (APL), pero aun así la suma aprieta. A eso se añaden unos 120 euros mensuales en facturas de internet, agua y electricidad.

El resto de gastos tampoco es especialmente desbordante, pero sí constante: 15 euros de teléfono, otros 15 de un abono de cine ilimitado y 20 euros de gimnasio. Nada fuera de lo común. Nada que suene a vida desahogada. La comida, en cambio, es la partida más flexible… porque no le queda otra.

“Dedico entre 50 y 60 euros por semana a la alimentación, pero esa cantidad puede variar según el programa del mes”, explica. Si queda para tomar un café con un amigo, la cuenta sale de otro lado. “Entonces renuncio a la carne o a las verduras en una o dos comidas”, detalla, sin dramatismo, casi como quien habla de cambiar una marca blanca por otra.

No es una dieta ni una elección consciente. Es ajuste fino. Y, aun así, hay líneas que no piensa cruzar. “Aunque sea complicado alimentarme correctamente, no renunciaría a esos pequeños placeres. Son mis sas de descompresión”, afirma, en referencia al cine o al gimnasio. No como caprichos, sino como válvulas de escape.

El resultado es un equilibrio frágil: ingresos que superan el umbral simbólico de los mil euros, pero no garantizan algo tan básico como comer tres veces al día sin hacer cuentas. Anna no habla de pobreza extrema ni de miseria, pero su relato retrata una precariedad mucho más incómoda: la que no se ve, la que no encaja en titulares grandilocuentes y la que obliga a elegir entre socializar o llenar la nevera.

Porque el problema no es solo cuánto se cobra. Es cuánto cuesta vivir. Y en ese cruce de números, Anna ha encontrado una solución que no debería serlo: comer menos para poder seguir adelante.