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29/10/2019 07:15 CET | Actualizado 29/10/2019 12:23 CET

El lobo enseña las fauces

Lo que le ha impedido gobernar a Pablo Iglesias no es sólo la coleta y su estudiado desaliño.

OSCAR DEL POZO via Getty Images
Santiago Abascal.

Manuel Fraga presumía de su habilidad para desactivar a la ultraderecha española y a los nostálgicos irreductibles de la dictadura. Alianza Popular fue la fórmula empleada, la casa común de la nueva derecha nacional, a base de materiales modernos pero también de mucho reciclaje. En eso Don Manuel fue un adelantado de la reutilización. Fundada pues AP, sólo quedaba fuera Blas Piñar y su Fuerza Nueva, y algunos grupos típicos del casticismo ibérico y el esperpento valleinclanesco. Imágenes deformadas en un espejo cóncavo. 

Durante décadas funcionó el invento. El neofascismo o la extrema derecha no tenía presencia, apenas, en Europa. Hasta que la empezó a tener y se fue extendiendo por todo el viejo continente. Resurgió, sobre todo, por una explosiva reunión de circunstancias: una fue la crisis mundial, la gran recesión, que explotó en Estados Unidos activada por la quiebra de Lehman Broters, 15 de septiembre de 2008, pero que ya venía dando señales desde un año antes, y que provocó un tsunami económico y financiero mundial. 

Otra, que en algunos de los estados del este europeo, que se unieron a la OTAN y a la UE tras el derrumbe del comunismo real en la URSS y sus satélites, no tenían verdadera conciencia europeísta. Habían  pasado en el congelador precisamente los años de la construcción de la Unión. En la que entraron más por protección frente a Moscú, y por las ayudas para sus desastradas economías que por convicción. 

Aceptan el dinero pero ven con recelo las directivas de Bruselas y muchas de las obligaciones que adquieren los socios. Cuando se descongelaron al calor de sus nuevos sistemas democráticos, con buenas compañías democráticas avanzadas que habían avanzado entretanto por el camino de las libertades, el estilo de vida europeo (el Estado del bienestar)y el desarrollo social y económico muchos dirigentes, y ciudadanos, tenían asumidas en su ADN ciertos componentes autoritarios. Viktor Orbán y los gemelos Kazscinski, entre otros. Y de ahí al nacionalismo hay poco trecho.

Otro factor, clave, ha sido el rechazo a la inmigración, en oleadas que en realidad han sido provocadas por iniciativas de alto riesgo de los propios países occidentales: la destrucción de Irak, de Libia, ambas de un enorme efecto sísmico en sus áreas de influencia, la guerra de Siria, la agresividad expansionista de Israel, las hambrunas en África… Todo ello, a su vez, agravado con la presidencia irresponsable, supremacista y matona de Donald Trump en EE UU, que ha vaciado de influencia moral y liderazgo a la Casa Blanca.

Casi, como suele decirse, de la noche a la mañana, en el último decenio, el nacionalismo y la extrema derecha han estallado en Europa. Y en Gran Bretaña, con esa forma especial y sui generis de la eurofobia que, finalmente, los hechiceros que cocinaron la maligna pócima que provoca graves efectos alucinógenos ganaron el separatista Brexit con aludes de mentiras palurdas en el referéndum.

El propio Abascal, carne de la carne del PP, disfrutador de prebendas y administrador de chiringuitos, dio un paso al frente y salió del armario.

Así que el contagio de volver a las andadas, de contar con una extrema derecha organizada en un partido propio que recuperara las ‘esencias’ de las glorias pasadas (por la sartén) llegó a España, donde su ánima ya vivía zombi disimulada por la técnica del orvallo, la lluvia suave que no moja pero empapa. 

El país atravesaba una crisis que podría definirse como ‘fallo multiorgánico’: Estaba, y está, muy presente la desastrosa gestión de aquél crack, que atacó con virulencia a la clase media, creó millones de nuevos pobres, y aumentó la brecha social: los ricos se han hecho más ricos, súper ricos, y el Estado social ha entrado en quiebra; estaba, y está, el ‘problema catalán’, que ha llegado a perfilar y experimentar con indudable éxito inicial un nuevo modelo de las técnicas de golpe de estado con la imprescindible ayuda de tres décadas de adoctrinamiento y lavado de cerebro a las masas…

A la vez, hay que sumar la avalancha de refugiados e inmigrantes económicos, mal gestionada por los gobiernos, parece evidente, pero utilizada por un sector de la derecha para sembrar la semilla del odio y aventar el miedo a una ‘invasión musulmana’ que haría necesaria una nueva Reconquista.

Mientras, la casa común de la derecha española, el Hostal Fraga, tenía graves problemas internos. Los casos de corrupción originaron un terremoto interior, con encarnizadas luchas familiares, con muchas noches y madrugadas de ‘cuchillos largos’ y muchos cadáveres y mutilados por el fuego amigo. 

La Ley de la memoria histórica del presidente Zapatero, aunque era una respuesta a la cerrazón de los gobiernos de la derecha a activar la localización de los desaparecidos, asesinados y tirados a cunetas o fosas comunes tras la Guerra Civil, como insistentemente le pedían a Madrid las organizaciones internacionales, tuvo efectos secundarios no previstos. Una reacción alérgica del franquismo durmiente, o agazapado, que en realidad nunca aceptó una Constitución a la que vio como una rendición.

Ha sido como la tormenta perfecta. La pérdida de influencia y poder del PP con Mariano Rajoy y su Gobierno ‘demasiado dubitativo’ para su ala más radical, y demasiado ‘complaciente’ con los nacionalismos periféricos, PNV y CiU, su tardanza en aplicar el 155, etc. avivó al espíritu dormido. El propio Abascal, carne de la carne del PP, disfrutador de prebendas y administrador de chiringuitos, dio un paso al frente y salió del armario. Esto se suele olvidar: la plana mayor de Vox procede del PP, y mucho de su electorado también.

Gracias a esta fuga, técnicamente el PP se ha ‘desfranquistado’, aunque por ahora no se le note. Pablo Casado no quiere dar un paso en falso. Los experimentos, ha debido decirse, con gaseosa y no con votos. 

Es evidente que la pasta de dientes ha salido del tubo, y es muy difícil que vuelva a entrar en él. El genio maléfico ha salido de la botella, y cada día hace más diabluras. Ese poso de franquismo residual ha perdido la vergüenza, las ataduras y las contenciones del propio Partido Popular, que lo temía identificado y relativamente controlado. El PP es un totum revolutum de todas las sensibilidades conservadoras, desde las más avanzadas, herederas del humanismo demócrata cristiano, del liberalismo o del capitalismo, en sus diversas modalidades, que incluye el desaforado (desarretado en el léxico dialectal del español hablado en Canarias), llamado también ‘de casino’, en sintonía con Europa… a las más retrógradas, esas inherentes a los fascismos y populismos continentales que llaman a una nueva cruzada de mesías histéricos.

Como la autovía al extrarradio ideológico europeo pasa también por el franquismo, los franquistas redivivos han perdido junto con el muro de moderación, formado por una mezcla de pudor, inseguridad y leyes, cualquier atisbo de complejo o vergüenza por su discurso escandaloso, falso, marrullero y de odio al otro, sea el otro inmigrante, de otra raza, de otra ideología o de otra religión, o sea sencillamente gente de otras ideologías.

Lo que le ha impedido gobernar a Pablo Iglesias no es sólo la coleta y su estudiado desaliño.

De las oscuridades sale el ‘lado oscuro’ de la fuerza. De las redes sociales aparecen sin límites ni señales de cordura paranoicos discursos, contraseñas, arengas, montadas  sobre patrañas a su vez diseñadas por profesionales del revisionismo ‘vendemotos’ y vende libros o vende digitales, que han decidido quitarse las caretas. 

Encima, se nota la mano negra: la alargada sombra del ciprés: el ex estratega jefe de Donald Trump, Steve Bannon, empeñado en montar franquicias de la derecha extremista del Partido Republicano y de los grupos supremacistas en Europa, recorre la geografía del viejo continente como la turronera La Moyera recorre los pueblos de Canarias con su cajón que pasea por ferias y romerías. 

Así, las redes de Twitter y Whatsapp arden con los rescoldos de la guerra civil, resucitando a un Franco milagroso, bien absoluto sin mezcla de mal alguno, demócrata a su manera ‘orgánica’, del que olvidan su larga dictadura, manipulan la historia real, y lo oponen al mal absoluto encarnado por los rojos de entonces cuyo destino natural era la muerte y el exterminio. Por eso la exhumación les suena a funeral.

Lo grave es que muchos pican. Sin darse cuenta de que tras este engaño masivo también están además de Bannon, los rusos… y muchos interesados en el declive de España y de la unidad de Europa. Y quintacolumnistas de dentro, que no son solamente de extrema derecha, sino de su equivalente extrema izquierda. Lo que le ha impedido gobernar a Pablo Iglesias no es sólo la coleta y su estudiado desaliño.

 

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