A paso de tortuga, la lenta recuperación del empleo juvenil

Un informe de la OIT señala a la juventud como uno de los colectivos más afectados por la pandemia, en España el panorama es "penoso", incierto y precario.
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Jóvenes precarios.
Jóvenes precarios.
Luis Alvarez via Getty Images

Hermosa juventud, tremendo panorama. Los jóvenes tienen difícil eso de “ocuparse y no preocuparse”. Aquellos que perdieron su trabajo o que no llegaron a incorporarse a un empleo por culpa de la crisis del coronavirus corren el riesgo de sufrir un duro retraso para entrar a trabajar. Eso es lo que se desprende del informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicado este jueves.

Y no se trata solo de haber perdido el empleo, si se tenía. La pandemia también ha trastocado la calidad y cantidad de formación que recibieron, especialmente las niñas, un hecho que repercutirá de manera negativa en su formación y progreso educativo. En definitiva, afectará a su preparación frente a la vida en general.

La recuperación será, a todas luces, lenta. En 2022 se espera que los jóvenes desempleados de entre 16 y 24 años en el mundo sean 73 millones, apenas dos millones menos que en 2021. Para este año, en Europa, se espera que el porcentaje de desempleo juvenil rebase en 1,5 puntos a la media mundial y alcance el 16,4%, pudiendo variar debido a la guerra de Ucrania.

La directora general adjunta de Políticas de la OIT, Martha Newton, afirma en el informe que hay muchas carencias que solucionar. “La crisis de la covid ha puesto de manifiesto una serie de deficiencias en la forma de abordar las necesidades de los jóvenes, en particular las de los más vulnerables, como los que buscan empleo por primera vez”, apunta Newton.

La OIT señala que los nuevos planes de recuperación pueden suponer una ventana de esperanza para revertir esta situación, invirtiendo en sectores estratégicos y reforzando ámbitos como la sanidad y la educación, que benefician al conjunto de la sociedad y especialmente a los jóvenes.

“La necesidad más acuciante de los jóvenes es contar con un mercado de trabajo eficaz, que brinde oportunidades de empleo decente a los jóvenes que ya forman parte de ese mercado de trabajo, y oportunidades de educación y formación de calidad a aquellos que aún no se han incorporado al mismo”, asevera Newton.

España, una tras otra

A la luz de los resultados que expone el documento, en España llueve sobre mojado. El país tiene la segunda tasa de desempleo juvenil más alta de la Unión Europea, un 28,52% entre los menores de 25 años, solo superado por Grecia, según los datos del Eurostat. Al mismo tiempo, la edad en la que los españoles consiguen abandonar el hogar familiar es de 29,8 años, y no ha dejado de subir en los últimos años, según Eurostat.

La generación de jóvenes española nacida entre 1985 y 1995 debe su situación no solamente a la crisis provocada por la pandemia, sino también a la crisis de 2008, que supuso el primer gran golpe económico del siglo XXI y que llegó a catapultar la cifra de desempleo juvenil hasta el 55%.

La única hipoteca que los jóvenes afrontan masivamente en España es la de su propio futuro, atrapados entre el fuego cruzado de las dos crisis. Desde El HuffPost se ha contactado con algunos jóvenes españoles de entre 22 y 34 años para que nos cuenten cómo ven el futuro.

Irene: “Nuestros padres no saben la suerte que han tenido”

La precariedad laboral ha sido una constante en la vida de Irene (Jaén, 33 años). A pesar de tener un título técnico en prevención de riesgos laborales, la carrera de Derecho y un máster de abogacía, aún no sabe lo que es tener un contrato a jornada completa: “Todos los trabajos que he tenido han sido a media jornada”.

Cuando acabó el máster tuvo la “suerte” de poder entrar de prácticas en un despacho laboralista por 600 euros. Pero llegó 2020 y esa suerte se acabó: “Como fui la última en incorporarme, [con la pandemia] fui la primera en ser despedida. Empecé entonces a buscar trabajo como loca y al final me salió uno en una tienda de ropa”.

Irene.
Irene.
CEDIDA

El salario más alto que ha percibido han sido alrededor de 1.500 euros. ¿Un trabajo mejor? No. Dos trabajos precarios. En mayo de 2021 la contrataron en otro despacho de abogados y decidió compaginar ese empleo con la tienda, pero fue demasiado y meses después se quedó solo en el bufete: “Me agobiaba mucho, no sabía si me daría tiempo a llegar a la tienda o a preparar bien los juicios, era complicadísimo, no descansaba y no me daba tiempo a nada”.

En el despacho ganaba alrededor de 820 euros, pero con las cuotas del Colegio de Abogados se reducían al final a “setecientos y pico”. Irene cuenta que, además, si tenía que desplazarse a un juicio a otra ciudad, solía hacer muchas más horas de las que le correspondían. Sin embargo, nunca le pagaron horas extras.

“El salario más alto que ha percibido han sido alrededor de 1.500 euros. ¿Un trabajo mejor? No. Dos trabajos precarios”

- Sobre el salario más alto percibido por Irene, 33 años.

Las cosas empezaron a torcerse en enero de este año, cuando el despacho empezó a dejar de pagarle su sueldo. “Una mala racha”, “ya os vamos a pagar”, le comentaban… Hace poco la despidieron mientras estaba de baja, actualmente Irene está en el octavo mes de su embarazo. “Me he quedado sin prestación de maternidad, el paro se me agotará antes de que nazca el niño y estamos a la espera del juicio. Pero claro, en unos meses tengo que estar sin nada”, dice.

Ahora vive gracias a lo que gana su marido, que trabajó durante años de camarero hasta que consiguió abrirse un hueco como diseñador gráfico en Granada, donde residen: “Vivimos en un piso por el que pagamos 600 euros de alquiler, tuvimos que mudarnos hace muy poco para tener una habitación para el niño”. Decidieron tener un hijo porque “ al final hay que seguir adelante como sea”.

Cuando se le pregunta por las generaciones anteriores es clara: “Nuestros padres no saben la suerte que han tenido, han podido estudiar lo que han querido, los que no, entraban a trabajar con más facilidad, hay casos y casos, pero no fue como ahora…”.

“Nuestros padres no saben la suerte que han tenido, han podido estudiar lo que han querido, los que no, entraban a trabajar con más facilidad, no como ahora...”

- Irene

Ante las críticas que a veces salen de las tertulias televisivas contra su generación, Irene señala que son la prueba de una total incomprensión: ”Yo no sé qué se piensan que hacemos los jóvenes, yo no hago nada. No tengo ni el carnet de conducir, siempre lo dejo a medias porque me acaban despidiendo”. Al final hay prioridades mayores y no son ni irse de cañas ni de viaje ni otros lujos. “Al final priorizas comer”, sentencia.

Iván: “Lo de ‘generación de cristal’ me sienta como una patada en el culo”

A sus 22 años Iván tiene claro en qué quiere trabajar: “Me gustaría ser orientador educativo, es una parte muy importante de la educación que poca gente contempla”. Este joven zaragozano actualmente cursa un máster en orientación educativa, en línea con sus aspiraciones. Lo que no está tan claro es todo lo demás.

Afirma que le gustaría formar una familia y tener su propia casa, pero admite que es un plan que contempla a “muy, muy largo plazo”. Cree que, “siendo optimistas”, podrá seguir adelante con esos propósitos cuando haya entrado en la treintena.

Iván.
Iván.
CEDIDA

Trabaja un par de horas por semana en una empresa que organiza actividades extraescolares para niños y campamentos en verano: “Cobro 11 euros brutos por hora y me quedan nueve netos”. Los meses que más trabaja llega a ganar poco más de 100.

La situación de su grupo de amigos no es muy diferente. “No hay ninguno que viva solo. El único es un compañero que vive con su pareja. Ha podido independizarse porque sus padres le han dado el apoyo suficiente para alquilar un piso”, señala.

En cuanto se mentan los señalamientos que sufre su generación se enciende: “Lo de que somos la ‘generación de cristal’ me sienta como una patada en el culo”. Se queja de que apenas cuando se estaba saliendo de la crisis de 2008, vino la pandemia, pero eso se pasa por alto: “Nos viene, encima, a dar explicaciones la gente de una generación que, dentro de lo malo, ha tenido un contexto más favorable que el actual”.

“A los 31 mis padres ya tenían una casa, un coche y a mi hermana y a mí”

- Iván

Iván tiene una hermana de 31 años, en la que ve un reflejo de lo que es la crisis y de lo difíciles que están las cosas. Hace poco ella ha conseguido acceder a una vivienda fija, pero ha sido gracias a que sus padres le han cedido una casa que ya era propiedad de la familia. A la edad de su hermana, la vida de sus progenitores era muy diferente. “A los 31 mis padres ya tenían una casa, un coche y a mi hermana y a mí”, narra Iván. Y concluye con desesperanza: “Si ella ha podido acceder a una vivienda fija de esa manera, ¿qué me espera a mí?”.

Aurora: “No me veo comprando una casa a no ser que me toque la lotería”

Antes de empezar el máster de producción artística, esta joven de 26 años tenía claro que no iba a trabajar sin cobrar, y así de rotunda se lo dijo a la empresa que le ofrecía hacer prácticas extracurriculares como diseñadora. Ya trabajaba desde los 18 como camarera los fines de semana para ganar un complemento para su beca y poder financiar su vida en Málaga mientras realizaba la carrera de Bellas Artes.

“Yo para hacer las prácticas tenía que coger el coche y no iba a gastarme todos los meses un dinero por la cara”, cuenta Aurora. Finalmente sí recibió un salario por sus prácticas, lo que no evitó que durante tres años fuera encadenando un contrato precario tras otro hasta cobrar el mínimo que le corresponde por convenio: 1.200 euros con las pagas extras prorrateadas.

No sabe si querrá formar una familia en algún momento, pero sí se plantea comprar una vivienda: “Después de ocho años viviendo aquí sí me lo planteo, pero es muy frustrante”.

Esta joven afirma que antes podía llegar a ahorrar “alrededor de 100 euros” al mes, pero ahora ya ni eso. “Para una entrada tendría que ahorrar unos 20.000 o 30.000 euros como mínimo, y yo no tengo una familia que me pueda adelantar o dejar dinero”, explica Aurora. Según sus cálculos, con lo que gana, cree que podría pagar la entrada de una vivienda cuando tenga “cuarenta y pico”.

Ganas de crecer económicamente no le han faltado. Durante la pandemia empezó con un negocio de venta online de láminas y diseños. “Quise hacer las cosas bien y me hice autónoma”, comenta.

“Trabajaba ocho horas en la empresa y después hasta las diez u once de la noche en su casa para sacar adelante el negocio, llegó a trabajar 14 horas diarias durante un año.”

- Aurora, diseñadora gráfica, 26 años.

Trabajaba ocho horas en la empresa y después hasta las diez u once de la noche en su casa para sacar adelante el negocio, llegó a trabajar 14 horas diarias durante un año, pero las cuentas no salían: “Veía que el 50% de mis ingresos se iban para pagar la cuota [de autónomos], el IVA, el IRPF y la asesoría… No me daban las cuentas y me estaba matando mental y físicamente”. Finalmente abandonó su negocio.

La indignación también asoma. “Yo no sé qué se piensan que hacemos los jóvenes, yo no estoy todo el día en el parque con mis amigos, salgo de currar muchas veces a las nueve de la noche y entró a las ocho de la mañana, he estado así mucho tiempo”, subraya.

Su familia es de origen humilde, y sus padres “tardaron” en tener su primera casa, aunque a los 30, afirma, ya habían conseguido hipotecarse: “Yo a los 30 no me veo comprando una casa a no ser que me toque la lotería”.

María: “Tengo un coche porque mi familia se juntó y me ayudó a pagar una parte”

Las crisis han condicionado la vida laboral de María (Madrid, 34 años). Estudió Ciencias Ambientales y llegó a empezar un doctorado de investigación, pero después de 2008 tuvo que reinventarse y ahora se dedica a otra cosa completamente diferente, al marketing digital. “Tuve que rehacerme desde cero, y cuando las cosas parecían que iban arreglándose, llegó la pandemia”.

La covid supuso un golpe, aunque asegura que tuvo “suerte”. La agencia donde trabaja pudo capear el temporal pactando con los trabajadores una reducción de salarios. Durante un año, 300 euros de los 1.300 que cobraba se esfumaron, aunque después la empresa dividió los beneficios y devolvió una buena parte con una paga extra. “En ese aspecto la agencia se portó”, afirma María.

María.
María.
CEDIDA

Está casada desde hace 5 años, y entre los planes que tanto ella como su marido ven inviables está formar una familia. “Es que no podríamos pagar la vivienda, el gas, la comida y lo que supone un niño en gasto de pañales o guarderías, porque en Madrid las guarderías públicas brillan por su ausencia…”, se queja María. Sus compañeras de trabajo se gastan entre 400 y 600 euros mensuales en guarderías. Inasumible.

El proyecto que sí pudieron llevar a cabo fue conseguir una vivienda, aunque no sin muchos sacrificios. “Ahorramos muchísimo durante mucho tiempo y tuvimos la suerte de que nuestras familias nos echaron un cable para poder pagar la entrada de una casa justo después del covid, cuando los precios cayeron y los bancos daban más facilidades”, narra María. Eso sí, viviendo “muy lejos” de Madrid, en Rivas.

La pareja no tiene lujos, apenas viajan y cuando lo hacen es “en plan mochilero” aunque la edad ya “no acompañe”. María cree que las críticas que se hacen a los jóvenes no responden tanto a una distancia generacional. “Cuando hablo con mis padres sobre lo que nos cuesta la vida, teniendo en cuenta que tenemos más formación o idiomas, me dicen que nos están engañando”, cuenta.

Opina que el problema tiene que ver más con una cuestión de privilegios: “Con gente que no tiene hijos o que son tan sumamente privilegiados que no ven lo que nos está pasando”. A su edad, sus padres ya tenían dos casas, dos coches y dos hijos. La distancia entre esa vida y la de María es abismal: “Tengo un coche porque en mi boda mi familia se juntó y me ayudó a pagar una parte”.