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23/10/2019 07:28 CEST | Actualizado 23/10/2019 10:00 CEST

Juncker se va, nos queda el Brexit

“Cuidad Europa. Y combatid el nacionalismo, estúpido y estrecho de miras. ¡Larga vida a Europa!”.

Francois Lenoir / Reuters
Boris Johnson y Jean-Claude Juncker.

Este pasado martes se despedía Jean Claude Juncker como presidente de la Comisión, con un último discurso ante el Parlamento Europeo. Sus cinco años de gestión han sido de luces y de sombras, pero fueron años en los que la Comisión ha tratado de salir de la irrelevancia política, retomando el proyecto de construcción europeo. El famoso Plan Juncker, de implementación bastante desigual y modesta al fin, fue el primer intento en muchos años de reforzar el impulso inversor en materia de desarrollo territorial y social. Y, además, en noviembre de 2017, durante la Cumbre Social de Gotemburgo, se aprobó el llamado “Pilar Social Europeo”: establecer una base mínima compartida en materia de derechos sociales a escala europea y que ello fuera aprobado conjuntamente por el Parlamento, el Consejo y la Comisión, es un hito histórico que cambia la dirección de la marea. Dependerá de este mandato que tenemos por delante, que ello signifique algo fructífero para el futuro, o que se quede en una declaración de buenas intenciones. 

Bajo su presidencia también se ha desarrollado normativa sobre transparencia fiscal y operativa para las grandes empresas, que operan en nuestro mercado común. Fueron algunos países del Consejo los que bloquearon el conocido como Country By Country Report y será uno de los grandes retos de este nuevo término legislativo desbloquear esta norma. No deja de ser paradójico que fuera un presidente proveniente de un paraíso fiscal como Luxemburgo, el que comenzara por fin esta batalla, esencial para la propia sostenibilidad de nuestro modelo social.

La etapa Juncker también significó un esfuerzo, no culminado del todo, por capitalizar aquello que está recogido en el Tratado de la Unión como aspectos esenciales de nuestro proyecto común. Durante su mandato y bajo el impulso del comisario Timmermans se abrió expediente a Polonia y Hungría por sus evidentes ataques al Estado de Derecho, incompatibles por esencia con la propia pertenencia a la Unión. Es este asunto, por cierto, el que finalmente le costó la presidencia de la Comisión a Timmermans, por el bloqueo planteado por los países del Grupo de Visegrado (otro día hablaremos de ellos); pero también es cierto que el socialdemócrata holandés estará, reforzado, en el nuevo Ejecutivo y que la defensa del Estado de Derecho es un camino en el que no parece que vaya a haber retrocesos.

Enrollarse en la bandera no requiere mucha sofisticación argumental y es instrumentalmente bastante sencillo.

Pero siendo todos estos asuntos de extrema importancia, su presidencia estará, sin duda, marcada decisivamente por el Brexit. En una de las maniobras políticas más chapuceras e irresponsables que se recuerdan, David Cameron, entonces primer ministro británico, convocó un referéndum sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea. Se trataba de un movimiento doméstico meramente táctico, en la seguridad de que ganaría cómodamente la continuidad en la Unión. Fue una convocatoria sin calcular siquiera las consecuencias de que eventualmente ganara la salida de Europa, un lanzamiento al vacío sin red. Cameron, en su delirio de éxito tras su (ajustado) triunfo en el referéndum escocés, creyó que era el tiempo de jugarse otro órdago. Y resulta que, contra cualquier pronóstico, ganó el Brexit. Sí, los electores habían tomado una decisión absurda, sin tener en cuenta que solo reportaba perjuicios a ambos lados del Canal de la Mancha; ítem más, muchos más perjuicios para los propios británicos y por generaciones. Cameron no fue capaz de calibrar el poder de una intoxicación mediática vía tabloides, de una sucesión de fake news a través de redes sociales, de una campaña absolutamente emocional destinada a personas asustadas ante los cambios que se están operando en el mundo y que nadie les ha acabado de explicar bien; Cameron no pulsó el malestar en la globalización (que diría Stiglitz), la tendencia a refugiarse en la tribu y a buscar culpables exteriores a los males que nos aquejan (o que creemos que nos aquejan). La ciudadanía británica decidió taparse los ojos con la Union Jack, como hacen los avestruces enterrando su cabeza en un hoyo ante el pánico. Enrollarse en la bandera no requiere mucha sofisticación argumental y es instrumentalmente bastante sencillo. 

Espero que Cameron, al menos en el momento en que le volaba políticamente la cabeza, reflexionara sobre lo que había significado mirar hacia otro lado, mientras se tejía toda esa red de intoxicación informativa y emocional; mientras se machacaba durante años en el yunque de que lo malo, son los otros. Y espero que también cayera en la cuenta de por qué las democracias occidentales, tras cientos de años de evolución de la filosofía y de la teoría política, habían concluido en el que el parlamentarismo era la mejor herramienta para la gestión de los problemas complejos. Y de que jugarse la cabeza en una ruleta de todo o nada, es una soberana estupidez.

Sí, los electores habían tomado una decisión absurda, sin tener en cuenta que solo reportaba perjuicios a ambos lados del Canal de la Mancha.

Lo cierto es que después de levantar la tapa de la Caja de Pandora, todo ha sido un devenir de idas y venidas sobre cómo Gran Bretaña debía abandonar la Unión Europea. Todavía mientras escribo este artículo, nadie sabe si se implementará el acuerdo alcanzado entre Boris Johnson (otra figura de nuestro tiempo) y la Comisión y el Consejo; si el Parlamento británico lo asumirá y cuándo lo debatirá el Parlamento Europeo, si lo hace.

Es inevitable pensar en nuestro país cuando uno se acerca a esta sucesión de hechos y, pese a todo lo ocurrido aquí, dar gracias de que no se haya consumado un proceso de separación como el británico. La salida de un país soberano, tal es el Reino Unido, de una especie de confederación a la que pertenece desde hace décadas, ha generado y generará un auténtico caos y un desastre en términos político, económico y social; un desgarro interno en la propia sociedad británica, hoy partida por la mitad y con problemas territoriales reavivados. Qué no pensar de lo que significaría la salida de un territorio socialmente diverso como Cataluña, de un Estado al que ha pertenecido durante siglos y por el que además está integrado en la propia Unión Europea. 

“Cuidad Europa. Y combatid el nacionalismo, estúpido y estrecho de miras. ¡Larga vida a Europa!”.

Así se despedía Juncker el martes y levantaba los aplausos casi unánimes de la Cámara Europea. Casi unánimes, decía. La extrema derecha nacionalista le daba la espalda y también una pequeña parte de la izquierda, ensimismada e infructuosamente radicalizada; una izquierda con síndrome de Estocolmo ante el nacionalismo, que no acaba de comprender muy bien la batalla por la civilización que se está dando en Europa y en el mundo.

 

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