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26/11/2019 06:08 CET | Actualizado 26/11/2019 06:08 CET

"La maté porque era mía"

Quien parece haber ganado la partida es Casado al empujar al PSOE a pactar con los enemigos de España.

EFE
El presidente catalán, Quim Torra.

Cientos de miles de ciudadanos de Cataluña, separatistas y constitucionalistas; republicanos y monárquicos, ateos o creyentes; cristianos, musulmanes, budistas, cienciólogos o seguidores de Manitú; ricos y pobres, profesionales liberales, empleados, pequeños propietarios, emprendedores o jubilados… han visto coartados sus derechos a la libre circulación, a vivir en paz, con seguridad y garantías. A que se respete la Constitución, el Estatut y la cascada de leyes. Su voluntad ha sido secuestrada por los violentos, los intransigentes y un falso y sofista pacifismo. 

Una conjura de necios y manipuladores, montada a partir de la verificación del escándalo del 3 per cent y la corrupción familiar del clan Pujol, ha puesto a Cataluña balanceándose en el borde del abismo. La trama incluso ha conseguido desprestigiar a las universidades catalanas, entre las mejores de España, aunque al parecer había mucha purpurina.

La mayor parte de los rectores, convertidos en ‘los más abajo firmantes’, han quedado como peleles o teleñecos al servicio de los que han dividido a la sociedad trabajando afanosamente desde 1990 para la confrontación. Se ha podido comprobar mediante la aplicación estricta del método científico la parte cuentífica: en efecto, el llamado ’programa de recatalanización, que encubría un minucioso manual de prevaricaciones para montar un gigantesco lavado de cerebro colectivo… ha funcionado, y ha dejado desnudos bajo los ropajes ceremoniales al colectivo de magníficos.

Los mejores ensayistas de la Academia tendrán que ser auxiliados por los más brillantes matemáticos, o ponerle unas velitas a San Antonio, patrón de los imposibles y milagroso en la búsqueda de objetos perdidos, para mantener el índice de calificaciones de anteriores cursos académicos a un alumnado sometido a paros forzosos, la mayoría, por otros estudiantes primados por tomar partido amarillo y dedicarse a hacerle el juego a los tramposos brujos de la tribu. 

Pero el desprestigio ético de la universidad catalana no es un hecho aislado. Forma parte del teatro de sombras en que participa la gran mayoría de su clase política, sea nacionalista o ambigua equilibrista del “ya veremos”, como la alcaldesa Ada Colau, a quien muy desenfadadamente algunos politólogos la sitúan en el espectro del no independentismo. Empero, la neutralidad favorable a los unos implica que no se está con los otros, al menos de momento. Otra cosa es que una parte de sus votantes, personas de buena fe, se crean que es posible soplar y aspirar a la vez. 

Decenas de miles de vecinos están hastiados del vandalismo, la agresividad, los incendios, las amenazas, la vigilancia a los no adictos, las listas negras, espiar qué niños hablan español en los recreos… en fin, una dictadura silenciosa. “Amable”, la define un amigo barcelonés. Pero “amables” son muchos ladrones, de ganzúa en ristre o de guante blanco y gomina. ’ 

Teóricamente, los comunes no son separatistas, pero Ada Colau sólo tiene gestos cómplices con los 'golpistas'.

Y hasta verdugos educados y corteses que sólo se limitan a cumplir con su oficio y ganarse honradamente el salario. Los voluntarios que se apuntaron para el pelotón que fusiló a los últimos condenados a muerte del franquismo podían ser gente cordial y hasta simpática… en casa o en la barra del bar. 

Los empresarios siguen huyendo de Cataluña, sin hacer más ruido que el de la mudanza, por si acaso. El turismo continúa su descenso; grandes empresas como SEAT advierten que hay planes alternativos para la factoría de Martorell. El enfrentamiento social aumenta peligrosamente. Muchas familias se han roto, como observaba poco antes de que lo matara un cáncer el dueño de Planeta, José Manuel Lara. “Están trastornados, llenos de un odio que los ciega”, comentaba entonces un periodista gallego en las puertas de El Palace. “Es increíble; están matando a la Cataluña del oasis…”, observaba un columnista en la cena de gala ante el silencioso asentimiento del resto de comensales sentados en la tabla redonda.

Porque toda acción, antes o después, genera una reacción que nunca se sabe qué proporciones tendrá. La paz no vendrá del cinismo de poner en el balcón lazos amarillos y pancartas pidiendo la libertad de los políticos presos convertidos en ‘presos políticos’, asómate al balcón carita de azucena, y de exigir para que acabe el acoso a la Jefatura Superior de Policía en Barcelona que se la mande a mudar; ni de tratar de humillar a las Fuerzas Armadas con un antimilitarismo simplón y fariseo.

Teóricamente, los comunes no son separatistas, pero Ada Colau sólo tiene gestos cómplices con los ‘golpistas’, llamados sediciosos por el TS,  y asume toda la simbología y parafernalia de los que durante décadas han ido construyendo las falacias sobre las que asientan la insurrección.  

Además, las llamas son sopladas calculadamente con un bien manejado fuelle desde el estado mayor. A los estrategas no les interesa que se calmen las calles. Una soberanista confesaba, en un desliz, que la violencia tenía una parte positiva para el movimiento: da visibilidad exterior al conflicto. Por eso había que dejarla estar. Claro que esta táctica tiene varias derivadas. Una de ellas, aparte de suscitar el interés que acompaña a toda revuelta, y que suele ser como el monstruo del Lago Ness, que aparece y desaparece, es que despierte igualmente el temor a un contagio, y que se extienda, en una Europa que camina hacia la unidad, la imagen de una Cataluña agresiva e insegura para trabajar e invertir. 

Y otra, que Europa vea en estos sucesos derivados del procés y en el mismo procés el peligro de un contagio que podría tener gravísimas secuelas. Europa se ha construido trabajosamente, mezclando el cañón con la diplomacia de la amenaza, sobre cientos de micro estados. Hasta 1945, fecha en que terminó la II Guerra Mundial, ha sido un continente constantemente asolado por crueles guerras; unido, literalmente, sobre inmensos cementerios. 

Quim Torra, presidente por delegación del fugado Puigdemont, argumenta frente a quienes le acusan de jalear la guerrilla urbana, de desatender sus obligaciones y hasta de estar detrás de los CDR y del anónimo Tsunami, que “todo es culpa de España”. 

Todo. Torra parece musitar una antigua copla española: “La maté porque era mía”. Quizás esta corte de los delirios se ha pasado unos cuantos pueblos, porque siempre hay límites para la anarquía. La frontera es el miedo al futuro. Las encuestas reflejan una progresiva caída del apoyo al independentismo. El semáforo del guardabarreras se ha puesto en ámbar. 

Probablemente, muchos catalanes han reflexionado sobre cómo sería una república independiente en manos de esta abigarrada tropa: la derecha más neoliberal, defensora del capitalismo de amiguetes, heredera de CiU y el pujolismo, con los antisistema de la CUP y con los izquierdistas de ERC, y con el apoyo de una explosiva mezcla de grupos violentos, sean los CDR  o el Tsunami, los cuales han enviado un mensaje claro a Bruselas vía París: pueden colapsar la UE; si se les deja.

Quien parece haber ganado la partida es Casado al empujar al PSOE a pactar con los enemigos de España y con los nostálgicos del comunismo pata negra.

Los empresarios catalanes no han logrado que su mensaje de exiliarse a sitios más seguros –en Canarias, a 2.177 kilómetros, ya se han refugiado 72– han optado por un in crescendo de la contundencia verbal para frenar el aislamiento y el derrumbe catalán, que ya se ve a través del cristal empañado por el vaho de la demagogia y el ilusionismo. 

Josep Sánchez Llibre, presidente de Foment del Treball, no le ha echado la culpa a España, ni a Bruselas, y ni siquiera a Putin –cuya sombra es alargada; servicios de inteligencia y analistas ven natural el interés del Kremlin por los separatismos del Brexit y de Cataluña– sino que ha acusado al Govern y al Parlament: “No condenan la barbarie, y no condenarla es una grave irresponsabilidad (…)” (18/XI/ 2019).

La solución no pasa por darle aire a ERC y a Junqueras y Rufián con un gobierno español débil e ingenuo y con un Pablo Iglesias cuyo interés estratégico es hacer todo lo posible para que el PSOE se estrelle. El achuchón que le dio el jefe podemita a Pedro Sánchez tras presentar en una sala del Congreso el acuerdo para un gobierno de coalición podría verse como el primer movimiento del abrazo del oso

Al final, quien parece haber ganado la partida es Casado al empujar al PSOE a pactar con los enemigos de España y con los nostálgicos del comunismo pata negra. Para tocar el cielo la clave es la paciencia y tragarse los sapos y culebras con la cara de quien lengüetea un chupa chups.

Aunque tampoco los Iglesias-Montero y compañía deben fiarse del superviviente Sánchez.

 

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