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09/01/2019 07:18 CET | Actualizado 09/01/2019 07:24 CET

Palabras que son gestas y gestos

Este artículo también está disponible en catalán.

Getty Editorial
Imagen de archivo de una manifestante contra la violencia machista, en Barcelona.

Porque las palabras importan, y mucho.

Fue una inyección de optimismo que la Ley 5/2008 del Parlament de Cataluña llamase a las cosas por su nombre y la titulase Llei del dret de les dones a eradicar la violència masclista (no creo que precise traducción). Aunque entiendo de dónde viene y dónde quiere ir la expresión «violencia de género», es magnífica esta manera de denominarla sin rodeos ni eufemismos: «machista», para que quede bien claro quién tiene la culpa de tanta violencia y cómo afrontarla.

O que en 2014 la Real Academia, atenta aunque sea por una vez, incorporara el término «feminicidio» en la vigésima tercera edición de su diccionario normativo (versión papel).

feminicidio. Del lat. femĭna 'mujer' y -cidio; feminicide. 1. m. Asesinato de una mujer por razón de su sexo.

Y no satisfecha con ello, a partir de diciembre de 2018 afinó así la definición:

feminicidio. Del lat. femĭna 'mujer' y -cidio; cf. ingl. Feminicide. 1. m. Asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia.

He aquí otro bonito ejemplo que permite reseguir los vaivenes políticos, los avances y retrocesos, de un organismo tan necesario sobre todo para las mujeres —en este caso del bonito y pequeño país que es Navarra— a partir de los nada caprichosos y sí cargados de aviesa intención cambios de nombre.

En un bello inicio crearon el Nafarroako Berdintasunerako Institutua (que tradujeron al castellano como «Instituto Navarro para la Igualdad»). Al cabo de un tiempo pasó a denominarse «Instituto Navarro para la Igualdad y Familia», una reveladora coletilla que aguaba la igualdad y la subsumía en una patriarcal estructura. La derecha aún fue un poco más allá y al cabo de un tiempo lo transmutó en «Instituto Navarro para la Familia e Igualdad»; podría pensarse que se trata de un simple cambio de orden, pero nunca jamás el orden de los factores es inocente o trivial.

Sabemos como las gasta una siempre hostil derecha con las mujeres y por eso era de temer que se acabaría llamando, «Instituto Navarro para la Familia». No les dio tiempo, distintos y dichosos cambios políticos posibilitaron que actualmente sea —me parece que desde el 2015 (Decreto Foral 240/2015)— el del bello origen, «Nafarroako Berdintasunerako Institutua».

Por tanto, con el desembarco de Vox en Andalucía, el PP se ha podido ya quitar descaradamente la careta y se ha apuntado ferozmente —a bodas me convidas— a la misoginia que el cuerpo le pide siempre. Ya no tiene que hacer el paripé, votar a regañadientes una ley y luego ahogarla no dotándola nunca presupuestariamente. PP y Ciudadanos simulan cínicamente que son memos, que no pueden distinguir entre, por ejemplo, violencia doméstica (o intrafamiliar) y eso que se ha dado en denominar «violencia de género».

De la mano con Vox (que no tiene límites, pudor ni vergüenza: el patriota Santiago Abascal se fotografía con una camiseta del ejército de tierra, bandera al viento al fondo, y no hizo ni siquiera la mili) y en una orgía de mentiras PP y Ciudadanos (que desde que se fundó confunde peligrosamente y a sabiendas igualdad con uniformismo) abonan y vuelven a abonar la calumnia de las falsas denuncias (hay que recordar que son el 0,0075%); abonan que los hombres están indefensos, o que no se condena a una mujer si hiere o mata a un hombre.

Los derechos de las mujeres son uno de los eslabones más débiles de la democracia, la igualdad y la libertad.

Vox, PP y Ciudadanos operan de la misma manera con los delitos de odio: claman para que se apliquen a personas y colectivos que no viven situaciones de especial desprotección y vulnerabilidad, que son para quienes fueron legislados.

Para darse cuenta de hasta qué punto los hombres están perseguidos basta recordar las estadísticas de asesinadas un año tras otro por el hecho de ser mujeres; recordar que los criminales de la Manada disfrutan de libertad y que, en esta merienda de jueces (y que me perdonen los negros) en que se ha convertido la justicia española, la jueza Raquel Fernandino y el juez José Francisco Cobo no vieron ningún indicio de violencia en una violación colectiva, que consideran que puede haber abuso sexual sin violencia.

Vox, PP y Ciudadanos no están solos en la lucha contra la humanidad, Damaris Alves, la ministra de Mujer, Familia (ay, ay, ay) y Derechos Humanos de Jair Bolsonaro, ha pontificado que «las niñas, de rosa; los niños, de azul». Recuerda lo de la vulva y el pene; o aquello de las manzanas y las peras. (En 1918 The Ladies Home Journal manifestaba que la norma generalmente aceptada era rosa para los chicos y azul para las chicas, puesto que al ser el rosa un color más decidido y fuerte, era más de niños; mientras que el más delicado y refinado azul era más bonito para niñas; sólo hay que recordar el color de manto de las vírgenes. Cosas veredes).

Damar Alves es —temblad, temblad, malditas— pastora de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular y por eso seguramente es ministra de la Familia. No se puede olvidar el sustrato religioso ultraconservador —las aguas podridas en que se cría y engorda— que tanto hizo y está haciendo por el asentamiento de la extrema derecha en el mundo; por ejemplo, en la elección de Donald Trump o en la del mismo Bolsonaro, por no hablar de Europa.

Tampoco podemos olvidar que la libertad de las mujeres siempre queda para «después», para cuando tengan un momentín, para cuando no haya ninguna «urgencia» y, en consonancia, es la primera que retrocede. Los derechos de las mujeres son uno de los eslabones más débiles de la democracia, la igualdad y la libertad. Si se rompe este eslabón, los derechos humanos se van al traste.

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