Entrevista a Mark Fortier, autor de 'Volverse facha. Una terapia de conversión': "No gana la extrema derecha, son los demócratas los que pierden"
El sociólogo canadiense publica un libro en el que aborda no tanto los éxitos a nivel mundial de la extrema derecha, sino el inmovilismo de unas élites que no han sabido ver la magnitud del problema y los riesgos que conlleva para la democracia.
El sociólogo Mark Fortier no quiere convertirse en el dodo, "esa ave que se extinguió porque no supo adaptarse a la actividad humana". ¿Que la extrema derecha avanza sin escrúpulos ante el páramo de un statu quo inmóvil, apático y atolondrado? Bueno, hay una solución: 'Volverse facha'. Esa suerte de terapia de conversión es la que Fortier plantea en un libro que en España publica la editorial Temas de Hoy. Claro que el asunto no es más que un apabullante relato disfrazado de ironía no tanto del éxito de la extrema derecha sino del fracaso de las élites liberales y demócratas a nivel global.
- El inicio del libro, el primer capítulo, resulta casi angustioso, toda esa enumeración de los éxitos de la extrema derecha en el mundo en los últimos años. Uno no sabe si es mejor volverse facha o huir a la montaña para vivir como Thoreau en Walden.
Yo decidí escribri este libro en junio de 2024, en un momento en el que en Francia Emmanuel Macron anunciaba elecciones legislativas sorpresa y se veía cómo la extrema derecha se acercaba al poder. Mientras, en Estados Unidos el Partido Demócrata se aferraba a la candidatura de Joe Biden, que parecía totalmente superada por los acontecimientos. Tuve la sensación de que la historia se iba a acelerar. Se estaba produciendo un movimiento de placas tectónicas, como un seísmo político en Occidente. Y lo que sucedió después, en 2025, ha demostrado que tenía razón. Escribí este libro precisamente por ese sentimiento de pánico que experimentaste leyendo el libro. La idea no era tanto inquietarme por el ruido de las botas, por así decirlo, sino por el silencio de las zapatillas de estar por casa.
Es un ensayo corto, irónico, que se dirige en realidad a la conciencia de los demócratas, porque no es la extrema derecha la que gana, son los demócratas los que pierden. Ese es un poco el planteamiento, como si, entre varias comillas, pudiéramos frenar las malas respuestas de los políticos de la derecha radical a los problemas reales simplemente teniendo el valor de defender ideas, principios e instituciones que realmente han constituido la grandeza de la civilización occidental. Hay pocas soluciones que no sean una llamada a las consciencias. Si he elegido la ironía es precisamente para hacer el texto accesible al público más amplio posible. Lo que busco con el libro es que cada uno pueda pensar por sí mismo, lo que ya de sí es un acto antifascista, y pensar casi contra uno mismo, cuestionarse a uno mismo.
- A lo largo del libro hablas del "carnaval político" que ha implementado la extrema derecha, una manera de expresarse, también de destruir el lenguaje, que atrae la simpatía del electorado. Dices también que, frente a eso, las élites demócratas no solo se han vuelto más aburridas sino que hemos dado por perdida la batalla cultural. ¿Qué deberíamos hacer para entrar en esa lucha, para atraer también al votante?
Mencionas dos capítulos del libro, el que habla del carnaval político y el del tema del lenguaje. En este último capítulo, el del lenguaje, lo que yo quería decir es que la derecha gana cuando el poder ya está atacado por las termitas. En ese capítulo doy el ejemplo de la dificultad que tuvieron los intérpretes para traducir el discurso de Donald Trump en su primera gira en Europa. Las personas que hacían el trabajo de intérpretes estaban desesperadas, porque no lograban traducir correctamente su discurso porque no tenía sintaxis, los códigos fallaban. Hay un muy buen libro en Francia que habla también de los problemas que tuvo el traductor en danés del Mein Kampf.
Tú necesitas que las frases tengan un sentido, y la extrema derecha tiene una forma espectacular de destruir el lenguaje, casi de una forma militante. Pero es que la élite liberal también ha renunciado al lenguaje de mil maneras. Desde hace unos cincuenta años el lenguaje tecnocrático es autorreferencia, se habla a sí mismo, es incomprensible. Yo a veces recibo formularios para subvenciones como editor, escritos que están hechos por un organismo que representa las artes y la cultura, que no es el Ministerio de Finanzas, y sin embargo leo frases que no tienen ningún sentido. Es como un juego de códigos. Si vas a la página web de McKinsey, una consultora gigantesca, y ves cómo aborda los temas sociales, lo hace con una jerga tremebunda. Hay una destrucción del sentido hecha por el liberalismo y por la élite culta. Pero la forma más espectacular de ello es la extrema derecha. Los republicanos [estadounidenses] hacen algo que a mí me parece muy importante y que igual fueron los italianos quienes lo inventaron, la Liga Negra, que descubrieron una especie de jerga política de la idiotez, que luego continuó Silvio Berlusconi. Descubrieron que, si transformas la política en un circo, puedes crear la ilusión de un sentido.
Porque el circo o el carnaval, que son dos cosas distintas pero con puntos comunes, son una práctica humana que tiene un sentido, como una expresión peculiar del no sentido. Pues el trumpismo es como una inversión del sentido tremenda, como un alboroto, un guirigay. Te doy otro ejemplo: en el último Congreso del Partido Republicano, Donald Trump nombró ministra de Educación en Estados Unidos a la mujer propietaria de WWE [la lucha libre profesional, el pressing catch]...
- Dana White, propietario de la UFC, también es cercano a Trump...
Podemos imaginar todo el masculinismo que puede venir con esto... La semana pasada, Macron dijo que la cita del G7 se va a aplazar porque el día que se iba a celebrar Trump quiere hacer en la Casa Blanca un combate de lucha libre. Como intelectual, como periodista, uno podría pensar que esto es una pantalla de humo, un espectáculo sin sentido para millonarios, pero es que yo creo que va más allá, es más profundo. No tengo respuestas claras, pero creo que todo esto tiene que ver con una forma grotesca de soberanía que se está creando y es muy eficaz. El pressing catch es una metáfora. Todo el mundo sabe que los combates están amañados, que son un espectáculo. Sabes de entrada que se trata de una coreografía entre buenos y malos, nadie es tonto, pero la gente juega igual. Es como una puesta en escena, todo el mundo va y disfruta. Este es un poco el modo de funcionamiento del carnaval de la extrema derecha.
Yo creo que los estadounidenses saben que Trump es grotesco, pero capta la atención. Su poder es absurdo pero la gente se suma. Hay un personaje un poco peculiar, Curtis Yarvin, de extrema derecha y cercano a Sillicon Valley y Peter Thiel, que básicamente dice algo así como: el absurdo como precepto político es lo más eficaz porque lo que no tiene ninguna realidad no se puede destruir, no tiene fundamento, no es falsificable. Los liberales han gestionado de forma racional y han dejado este sentido del absurdo. No sé si en Europa pasa lo mismo, pero también sucede en América del Sur, con Javier Milei en Argentina llevando encima la motosierra.
- Estaba recordando que hace unos años Mark Zuckerberg y Elon Musk se citaron para un combate de MMA (artes marciales mixtas). Hablemos de esta línea que une lucha, extrema derecha y masculinidad. En Estados Unidos está el ejemplo de los hermanos Paul (Logan participa en el espectáculo de la WWE y Jake boxea). En España, en los últimos años dos de los influencers más conocidos, Jordi Wild e Ibai, organizan también eventos de combate. Si uno esto con la masculinidad es porque la mayor parte del público que consume este contenido son hombres jóvenes y blancos, que además son los que más se han visto desplazados a posiciones ultras. Tú en tu libro hablas de una hija a la que le dices, de broma, que tenéis que practicar el saludo nazi para poder convertirte en facha. Las mujeres, sin embargo, no están tan cerca de estas posiciones de extrema derecha.
No hablo mucho de virilismo o de masculinidad en mi libro, pero efectivamente es algo muy, muy importante, y cada vez tengo más conciencia de ello. Es bastante complicado porque, por ejemplo, a mí el pressing catch me gustaba verlo en la tele con mis hermanos. A priori no tengo nada en contra, tampoco del boxeo. Aunque la idea de un deporte que tenga que provocar una conmoción cerebral me supera un poco, también me interesa el boxeo. Todo esto lo puedo entender, pero hay una dimensión machista súper fuerte tanto en Europa como en Estados Unidos en la revolución conservadora de la derecha radical. Lo vemos en los sondeos, pasa en todas partes y en todos los países.
Es un movimiento claramente de hombres, de hombres blancos. Las mujeres quedan relegadas. Recientemente leí un libro de intelectuales republicanos, porque hay intelectuales que apoyan al Partido Republicano, y eran todo hombres, no había ni una sola mujer. Cuando hacen coloquios y hablan de Carl Schmitt y de autores que se han asociado a lo peor en Europa en los últimos tiempos, también se siente claramente que las mujeres se quedan fuera. Es como si volviéramos a esa fase de papá tiene razón y mamá se queda en casa. En Estados Unidos hay un autor muy popular de extrema derecha cuyo seudónimo es Bronze Age Pervert, el pervertido de la Edad de Bronce. Los textos de este hombre los leen J. D. Vance [el vicepresidente de EEUU] y un montón de republicanos radicales. Lo que él basicamente hace es denunciar la cultura de la casa larga, es decir, los iroqueses, las casas de las primeras naciones, en cuyo modo de vida las mujeres tenían mucha importancia. Este autor dice que la civilización empieza con la Edad de Bronce, cuando el hombre tiene el poder. Lo que él quiere es inculcar esa virilidad masculina. Pero esto casi me da un punto de esperanza.
Tengo la impresión de que no puede haber una transformación real de la sociedad sin contar con las mujeres. Con la Revolución Francesa se habla siempre de la toma de la Bastilla, pero hubo sbre todo la marcha de las mujeres hacia Versalles. Lo mismo ha sucedido en muchas otras revoluciones, como en Roma. No hay cambio social profundo que se pueda producir sin las mujeres, que también son ciudadanas políticas. El hecho de que la derecha conservadora se oponga tanto a las mujeres y tenga tan poca sensibilidad hacia ellas puede ser uno de sus errores. Hay también un movimiento de mujeres que quieren volver a casa, pero es marginal. La mayoría de los estadounidenses, por ejemplo, están a favor del derecho al aborto o a favor de que las mujeres puedan trabajar. ¿Por qué los jóvenes blancos se embarcan en este movimiento? La úniuca respuesta que puedo dar, y no sé si es la correcta, es que a menudo se trata de un tema de estatus. En los años 50 y 60 toda la parte de la familia estaba atada y bien atada. Uno se casa, se convierte en padre, madre y eso era la base fija y clara. La transformación de la familia en los últimos 40 años ha creado una cierta incertidumbre en ese sentido para estos hombres jóvenes blancos, no sé si inmaduros o no. Yo creo que se pierden algo increíble, porque, y esta es mi opinión personal, creo que van a tener una vida menos rica por culpa del machismo.
- Hay una parte en tu libro que puede resultar más polémica para una parte de la izquierda. Consideras que, al diversificar las luchas, se ha abandonado la lucha principal, la de la igualdad, como si segmentar tanto dejara a un lado el combate principal e histórico, obrero y marxista. ¿Es así?
Con esto volvemos un poco al tema del lenguaje. ¿Por qué hemos inventado la noción de diversidad cuando ya teníamos la de igualdad? Se podía defender perfectamente un matrimonio gay en nombre de la igualdad. Parece que podemos hablar de diversidad, pero ya no de igualdad. No sé si es un discurso obrerista o marxista, pero la igualdad era la categoría que los griegos instauraron para hablar de la democracia. Es la noción que, bajo el concepto de amor, anima también al cristianismo, es una noción que está en la base de cualquier revolución moderna. Es una noción que tiene 2.000 años y todas las luchas de libertad y progreso están ahí. Lo que yo digo no es tanto que haya que rechazar en bloque todas las luchas identitarias, no, esa no es mi línea. Mi línea es el olvido mismo de la sociedad. No es marxista, es puramente sociológica clásica.
De repente hay formaciones antirracistas en compañías de armamento estadounidenses. Y dicen: no, es que está muy bien que quien fabrica las bombas no sea racista, pero al mismo tiempo yo no sé si la lucha contra el racismo debe permitir que todo el mundo pueda llegar a ser presidente de la compañía Lockheed Martin. Martin Luther King estaba en Memphis cuando lo asesinaron y si estaba allí era para apoyar a los que recogían la basura y estaban en huelga. Si estaba ahí era porque consideraba que era una lucha contra la pobreza. Era su nuevo combate. Él decía: si luchamos para que todo el mundo tenga una vivienda decente, entonces estaremos ayudando a los latinos, blancos... Y a los afroamericanos, que son los más pobres. Vamos a ayudar a todo el mundo, es una lucha conjunta. La idea es tener una causa común, una finalidad compartida, y parece que al final dividimos la realidad y olvidamos la unidad de la sociedad, que incluye a todo el mundo. Es como una cena entre amigos, o de familia, que incluye tanto al tío que dice muchas tonterías como a la prima estupenda. A todo el mundo.
La sociedad no es una familia pero sí somos un conjunto de personas anónimas que nos cruzamos, y tengo la impresión de que habiendo olvidado los vínculos sociales con personas distintas, hemos dejado esto en manos de personas que tienen malas intenciones, que no tienen ningún tipo de bondad, que solo quieren su interés y que actúan de una forma brutal. Pero eso es porque hemos abandonado el terreno de juego en cierto modo. Los demócratas no están perdiendo porque el bando contrario juega muy bien, sino porque ellos han dejado de jugar. En un medio de comunicación, una persona trans me atacó porque no menciono a las personas trans en mi libro, y me decía que estaba en contra de su causa política. Yo dije: para nada, en absoluto. Lo que pasa es que yo no tenía la idea de escribir un libro sobre el derecho de las personas trans, sino sobre el derecho en general. Si se pierde, todos perdemos.
- La lectura de tu libro me pilló justo después de haber leído 'Vendrán a detenerme a medianoche' (Ed. Libros del Asteroide), del poeta uigur Izgil Tahir Hamut. En algún momento, también adviertes de que estás seguro de que irán [la extrema derecha] a por ti. ¿Aún hay esperanza de que todo esto pueda cambiar?
Sí, yo tengo mucha esperanza. Estoy convencido de que las políticas de este conservadurismo radical están condenadas a la autodestrucción, pero la pregunta es qué van a destruir mientras tanto. Hay que frenarlos lo antes posible. Yo nunca había tenido miedo políticamente porque vivo en una sociedad bastante tranquila, pero este año sí lo he tenido en diversas ocasiones. Es una sensación que quizás no es 100% objetiva, quizás yo soy débil de carácter, pero he sentido miedo. Esa amenaza, que evoco en el libro, no es física, sino más amplia. Las primeras instituciones que va a atacar la extrema derecha son la educación, los medios de comunicación y la cultura, y este es el mundo en el que yo vivo. Ese es mi entorno y sé que va a ser el primero en ser atacado. No es tanto una descalificación personal que me impida publicar libremente. En Estados Unidos se ha atacado a las universidades...
- Se están censurando libros, también.
Eso es. De forma espontánea uno tiende a no querer ver lo peor. Hablamos de asesinatos pero piensas: no, no mataron a nadie. Se habla de guerra pero uno piensa: no, no habrá guerra. Es un error. Detrás de todo este discurso irracional tiene que haber un motivo, y el motivo igual es la sinrazón, lo irracional. Ahora mismo en Estados Unidos hay muchísima violencia. De forma empírica podríamos decir que hay más violencia que en los años 60. Igual hay menos gente que muere que en los 60 pero entonces la gente moría porque la historia avanzaba hacia una emancipación, porque se iban a reconocer unos derechos civiles. Los negros que morían en Estados Unidos morían porque iban ganando, en cambio hoy la gente que es detenida de forma arbitraria, o la mujer que murió en Minneapolis, murió porque estamos cortando esos derechos. Sociológicamente es una cosa muy distinta. Yo espero que el pueblo estadounidense que no quiere todo esto, porque incluso hay gente que ha votado a Trump que no lo quiere, acabe frenando esta locura. Pero no hay que esperar. Yo hago un llamamiento a ver las cosas de cara, de frente, hablar serenamente pero sin engañarse, sin cerrar los ojos... Es decir, un llamamiento para encontrar la manera de defender la dignidad humana en nuestra época. Tenemos todo lo que hay que tener para luchar y cambiar las cosas.