La 'gazificación' de Líbano: qué busca de veras Israel asentándose en el sur del país
Tel Aviv ha anunciado que va a demoler todas las casas de las aldeas fronterizas y que impedirá regresar, dice, a al menos 600.000 civiles que han tenido que escapar. Para unos, un crimen de guerra. Para otros, un cinturón de seguridad imprescindible.

Es un palabro, pero concentra tanta información que resulta acertado: hablamos de la "gazificación", un proceso que implica muerte y mutilación, ocupación, destrucción, desplazamiento forzoso, crisis humanitaria y falta de futuro, como poco. Es justo lo que las asociaciones de derechos humanos y las Naciones Unidas creen que está ocurriendo en Líbano, y por la misma mano que en la franja palestina, la de Israel.
Tras el inicio de los ataques de este país y Estados Unidos contra Irán, el pasado 28 de febrero, el partido-milicia Hezbolá, aliado de Teherán, decidió atacar a su vecino del sur, tras conocer el asesinato del líder supremo iraní, Ali Jamenei. Un doble intento de aliviar sus tensiones internas (está muy debilitado tras las andanadas israelíes de 2024, con los buscas y todo lo que vino después) y de fortalecer su voz entre los chiíes (como ellos y como el 95% de la población de Irán). Tel Aviv reaccionó de inmediato con una ofensiva que, desde el 2 de marzo, también es terrestre.
Esta guerra está siendo terrible para los libaneses. El Ministerio de Salud de Beirut sostiene que, a 1 de abril, los muertos son 1.268 y los heridos, 3.750. Sus partes no distinguen entre civiles y milicianos. La Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU afirma que también han fallecido 52 trabajadores sanitarios así como tres periodistas árabes. Hay un millón de personas desplazadas desde el sur, sobre todo a la capital, huyendo de los ataques. Tres cascos azules de la FINUL, la misión de Naciones Unidas, han muerto también, pero aún no se sabe a quién es el culpable de la explosión que se los llevó. Al otro lado de la frontera, han muerto por fuego de Hezbolá diez soldados y dos civiles israelíes.
En una intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU, desde Beirut, el jefe de ayuda humanitaria de la ONU, Tom Fletcher, señaló que "la escalada actual está agravando una situación que ya es crítica". Indicó que 51 centros de atención primaria de salud y cuatro hospitales habían cerrado debido a las hostilidades, mientras que otros resultaron dañados o funcionaban a capacidad reducida.
En este contexto, y cuando las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) avanzan cada día, el Gobierno de Benjamin Netanyahu ha anunciado ahora un paso más: demolerá todas las casas en las aldeas fronterizas del sur del Líbano, ya que planea mantener el "control de seguridad" sobre una zona que se extenderá decenas de kilómetros.
Su ministro de Defensa israelí, Israel Katz, declaró el martes que las fuerzas israelíes se adentrarían varios kilómetros en territorio libanés, en un intento de replicar la llamada Línea Amarilla que ya imponen en Gaza. Por las pistas que dio, tomando como referencia el río Litani, hablamos de un espacio de entre 30 y 40 kilómetros de legítimo suelo libanés. En vez de hablar de ocupación, el ministro habla de protección. La medidas buscan, dice, "cambiar la situación en el Líbano de una vez por todas".
Katz dijo claramente que las fuerzas israelíes mantendrían una zona de amortiguación lo suficientemente amplia como para proteger las ciudades del norte de Israel de los misiles antitanque, cuyo alcance es de entre ocho y diez kilómetros. "Estamos decididos a separar al Líbano de la influencia iraní, a eliminar la amenaza de Hezbolá", declaró en un comunicado.
No se limitó a anunciar que se quedarán, sino que avisó de que a más de 600.000 personas desplazadas del sur del Líbano por la ofensiva israelí no se les permitiría regresar a sus hogares hasta que Israel garantizara la seguridad de sus ciudades del norte. Aunque él dio esa cifra, la ONU cree que el número de refugiados supera ya el millón. En cualquier caso, a más o a menos, se les impedirá retornar y sus casas serán tiradas, de manera similar a como Israel arrasó las ciudades gazatíes de Rafah y Beit Hanoun durante su ofensiva contra Hamás. Localidades tan arrasadas a día de hoy que en la Wikipedia ya se habla de ellas hasta en pasado.

El presidente del Líbano, Joseph Aoun, ha descrito los planes israelíes como un "castigo colectivo contra la población civil" y ha afirmado que podrían formar parte de "planes sospechosos" para expandir la presencia de Israel en territorio libanés. Su ministro de Defensa del Líbano, el general de división Michel Menassa, ha afirmado que los planes de Tel Aviv reflejan "una clara intención de imponer una nueva ocupación del territorio libanés". Ya no son amenazas, avisa, sino hechos que buscan "desplazar por la fuerza a cientos de miles de ciudadanos y destruir sistemáticamente pueblos y ciudades del sur".
Fletcher también se refirió a esta medida ante la ONU. Y se hizo una pregunta vergonzante. "Dada la intensidad del desplazamiento forzoso que estamos presenciando, ¿cómo debemos prepararnos, colectivamente como comunidad internacional, para una nueva incorporación a la lista de territorios ocupados?", planteó. Según el derecho internacional, la ocupación territorial es una violación grave del derecho internacional, y acciones específicas llevadas a cabo durante esa ocupación (el desplazamiento forzoso de civiles, la destrucción y apropiación de bienes, por ejemplo), pueden constituir crímenes de guerra según el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional y los Convenios de Ginebra.
La ofensiva
Esta nueva crisis se eleva sobre un terreno abonado para arder. Israel llevaba a cabo ataques casi diarios contra Hezbolá, a pesar del alto el fuego acordado en 2024, y sus milicianos intentaban responder, con menos impacto. Las violaciones mutuas de lo acordaron eran casi diarias.
Ahora, la ofensiva, en la que Israel ha desplegado tropas de cuatro divisiones, ha alimentado los temores de que Israel se esté preparando para una ocupación permanente del territorio libanés. Anteriormente, ocupó una franja similar del sur del Líbano durante 18 años, tras invadir el país en 1982. El periodo duró de 1985 a 2000.
Los funcionarios israelíes son obviamente imprecisos sobre la profundidad de sus operaciones dentro de Líbano, pero analistas de la prensa local afirman que su ofensiva avanza más rápido y con mayor profundidad que su incursión durante la última ronda de hostilidades en 2024. Fuentes cercanas a la planificación han declarado al Financial Times que la guerra con Hezbolá podría prolongarse más que la guerra entre EEUU e Israel e Irán, incluso.
El Ejército israelí ya ha emitido órdenes de evacuación que abarcan casi el 15% del Líbano, provocando un abandono masivo de hogares. Hay quien ha buscado acomodo con sus familiares y quien malvive en tiendas de campaña en las playas de Beirut, o quien busca refugio en colegios y centros sanitarios que también están siendo atacados. Hezbolá ha reportado enfrentamientos en zonas situadas a hasta ocho kilómetros de la frontera informal demarcada por la ONU, mientras las tropas israelíes avanzan hacia el Litani.
Gran parte de los combates tienen lugar en la zona de Marjayoun, en el sector oriental de la frontera sur, pero las fuerzas israelíes también avanzan desde el sur hacia los distritos de Bint Jbeil y Sour, según informes de medios locales y un análisis de las propias declaraciones de Hezbolá publicados por medios como Reuters.
Hezbolá ha declarado haber disparado contra posiciones israelíes en Qantara y Deir Seryan, aldeas situadas a unos ocho kilómetros de la frontera oriental. También ha atacado al otro lado del país, a lo largo de la costa, en Naqoura, en la frontera, y en Bayada y Shamaa, a entre seis y ocho kilómetros territorio libanés adentro.
También lo intenta desde Siria: la actividad se ha duplicado desde que comenzó esta ofensiva, según datos recopilados por ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project), que indican que se han detectado 79 interceptaciones aéreas por parte de las autoridades de Israel procedentes de dicho país, en su mayoría de Hezbolá y de grupos afines.
El Ejército libanés anunció el miércoles que ha realizado un "redespliegue y reposicionamiento" de varias de sus unidades en el sur del país como consecuencia de la intensa operación terrestre israelí, que ha provocado el "cerco y aislamiento" de posiciones militares libanesas y la interrupción de sus líneas de suministro.
Según una declaración emitida por el Comando del Ejército a través de su Dirección de Orientación, la operación se llevó a cabo en áreas fronterizas donde se registran "incursiones hostiles israelíes", con el objetivo de reajustar las posiciones de las unidades afectadas. El Comando subrayó que, pese al redespliegue, el Ejército mantiene un contingente de soldados en las ciudades del sur y continúa apoyando a los residentes "en la medida de sus posibilidades", informa EFE.
El sur del Líbano es el corazón de la comunidad musulmana chií libanesa, la principal base de apoyo de Hezbolá. Pero también alberga a otras comunidades, incluidos los cristianos. Según el acuerdo de alto el fuego que puso fin a la guerra en 2024, el partido-milicia debía desarmarse y abandonar sus posiciones en el sur, un proceso que sería supervisado por el Gobierno y el ejército libaneses.
Se han logrado avances en este tiempo, pero han sido parciales, insuficientes. Israel tampoco ha cumplido al 100%, porque ha mantenido varios puestos militares en el sur y ha seguido realizando ataques regulares contra lo que, según afirmaba, eran objetivos legítimos. Katz había señalado anteriormente que Israel estaba tomando medidas porque el Gobierno libanés no había hecho "nada".

Los riesgos de la incursión
Para Ofer Shelah, exdiputado israelí de Yesh Atid y con experiencia de combate en los años 80 del pasado siglo en Líbano (donde incluso resultó herido), la idea expresada por Tel Aviv de crear esa zona de amortiguación no está precisamente clara. En una conversación para la prensa facilitada por el Jerusalem Press Club, expone que es "pertinente" mirar a lo ocurrido en el tiempo en el que Israel ya estuvo desplegado en el sur. Entonces, la vigilancia sobre todo la desempeñaban las tropas libanesas y las FDI tenían puestos de vigilancia, pero con fuerza limitada sobre el terreno.
Ahora se multiplican las preguntas, dice: ¿estará la zona controlada sólo por Israel? De ser así, "se necesitará mucha más fuerza de la que tuvimos en esos 15 años", avisa. Más: ¿qué se va a hacer con los desplazados? Porque "hay aspectos judiciales ahí", dice, haciendo alusión al derecho internacional que se puede vulnerar.
A su entender, Israel plantea un "cinturón de seguridad" para mantener a los milicianos lejos de la frontera no sólo para que sus poblaciones del norte queden "lejos del rango de cierta munición", como la antitanque, sino también para controlar a grupos de élite de Hezbolá como la Fuerza Radwan, "que amenaza con invadir Galilea", lo que a su entender supone un riesgo "mayor que el de Hamás en el 7 de octubre de 2023". El propio grupo palestino ha alentado a los chiíes a secuestrar soldados, para empezar.
¿Eso se puede prevenir con los planes anunciados por Netanyahu y su equipo? No lo ve claro Shelah, porque "creará una situación táctica en la zona que es muy favorable a las fuerzas de guerrilla", que Hezbolá maneja bien. Es muy difícil prevenir todos los proyectiles o sellar completamente la frontera frente a pequeñas fuerzas que puedan penetrar. La presión sobre las FDI puede aumentar, alerta, y "la experiencia del pasado es severa".
A su entender, la alternativa realista a este plan es empoderar tanto al primer ministro como al presidente de Líbano, para que actúen más y mejor contra la milicia, hasta que en la sociedad cale que "cada vez más la idea de que no son protectores del país, sino quienes lo destruyen".
Israel, mejor que acumular tropas en el sur cuando está en un momento de pleno desgaste, además, debe centrarse en prevenir la invasión y plantear una guerra como la del 24, hasta "disminuir las capacidades" del adversario, debilitado militarmente, aislado políticamente y bajo una creciente presión para desarmarse. Y recuerda que las autoridades locales y la comunidad internacional no van tampoco a admitir el control "de facto" del suelo de otro país.
Todo depende también, abunda, de cómo y cuándo acabe la contienda con Irán, si Líbano entra en un hipotético acuerdo de paz o, sencillamente, se ve afectado por la fortaleza o debilidad de las partes el litigio, sea como sea la firma. China y Pakistán lo siguen intentando.

Las capacidades de Hezbolá
El Institute for National Security Studies (Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, INSS, por sus siglas en inglés), es el principal centro de pensamiento independiente del país y al que también pertenece Shelah, ha publicado un resumen del poderío que aún se le estima al grupo libanés. Orna Mizrahi, su autora, expone que las capacidades actuales de Hezbolá se basan en las armas que quedaron tras su anterior enfrentamiento con Israelo, de hace año y medio. Por ejemplo, se calcula en aproximadamente el 20% su potencia de fuego, con armas restauradas y acumuladas después del alto el fuego de noviembre de 2024.
Durante meses, tras el golpe del Mossad, Hezbolá "se abstuvo de luchar y se centró en acelerar su reconstrucción, apoyado en parte por la asistencia financiera y militar de Irán". Esta asistencia ha continuado, a pesar del debilitamiento de Teherán y su eje regional y a pesar de la necesidad de Hezbolá de "establecer canales de contrabando alternativos después de que los anteriores fueran cortados, principalmente debido al cambio de régimen en Siria", tras la huida del dictador Bachar el Assad en diciembre de 2024.
En vísperas de la guerra actual, se estimaba que Hezbolá poseía aproximadamente 20.000 a 25.000 misiles y cohetes, la mayoría de ellos de corto alcance, junto con un número menor de misiles más avanzados de alcance medio capaces de alcanzar todo el territorio israelí, además de unos 1.000 a 2.000 UAV (aviones no tripulados o drones). Como parte de la reorganización de su aparato militar y político, la fuerza Radwan se había preparado con antelación para la posibilidad de una incursión terrestre de las FDI en el sur del Líbano, "adoptando una nueva estructura de despliegue descentralizado y operaciones móviles en pequeños grupos". "Estas medidas se llevaron a cabo paralelamente a los esfuerzos por ocultar los nuevos nombramientos en la cúpula política y militar de la organización y reorganizar las fuerzas para evitar ser detectadas por la inteligencia israelí", ahonda la autora.
Para hacer frente a todo eso, Mizrahi propone que hay que trabajar en la "prohibición de la actividad militar de Hezbolá" y la "reducción de la participación iraní en el Líbano". Incluso si Hezbolá no es desarmado por completo, "se prevé que la continuación de la campaña degrade significativamente sus capacidades, socave gravemente su posición interna y reduzca la capacidad de Irán para apoyarlo" y, por eso, se entendería como "justificada" la campaña que, recuerda, tiene un alto aval popular. "Pero no puede sostenerse por sí sola; Israel también debe aprovechar la disposición del Gobierno libanés para avanzar en las negociaciones diplomáticas", advierte.
La fragilidad de la convivencia
Puede que el Gobierno libanés haya tenido la voluntad de desarmar a Hezbolá, pero siempre le ha faltado la capacidad para hacerlo. La posibilidad de un enfrentamiento importante entre el Estado libanés y Hezbolá también ha sido motivo de gran preocupación durante mucho tiempo, reavivando los temores de una nueva escalada hacia la guerra civil. Eso siempre, desde hace décadas, complica cualquier acción. Y ahora todo se ha agrabado.
Como relatan sobre el terreno medios como Al Monitor y Al Jazeera, la guerra está llevando al frágil Estado y a la sociedad libanesa al límite, exacerbando las divisiones sectarias y políticas a medida que los musulmanes chiítas (representan entre el 27% y el 32% de la población total) son desplazados y la enemistad se profundiza entre el grupo respaldado por Irán y sus oponentes. De todas las crisis que ha sufrido el Líbano desde la guerra civil de 1975-1990, el nuevo conflicto "podría ser el más desestabilizador", sostiene Reuters, tras pulsar a analistas locales.
Existen profundas divisiones en el Líbano por las armas de Hezbolá, que el grupo se ha negado a entregar a pesar de un año de esfuerzos por parte del Estado para desarmarlo pacíficamente. Los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación han empujado a los chiítas de Hezbolá hacia zonas cristianas o drusas, por ejemplo, donde muchos de sus habitantes originarios culpan al grupo de haber iniciado la guerra en apoyo de Teherán, tan sólo 15 meses después de la anterior. Se ve más como un elemento desestabilizador que de poder.
Las autoridades locales están investigando a las personas desplazadas que buscan alojamiento de alquiler, por temor a la presencia de cualquier persona que pueda ser objetivo de Israel. Es un buen ejemplo del temor que se extiende, como las peleas en zonas cristianas
Las tensiones entre Hezbolá y el Gobierno se están agravando. La Administración encabezada por el primer ministro Nawaf Salam y el presidente Aoun ha prohibido el brazo militar de Hezbolá, ha pedido conversaciones con Israel y ha exigido la salida del embajador de Irán, alejándose de los ayatolás. El dirigente de Hezbolá, Mahmoud Qmati, ha llegado a comparar al Ejecutivo con los líderes de la Francia de Vichy, que fueron condenados a muerte por colaboracionistas con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. "Somos capaces de poner el país patas arriba", declaró esta semana, aunque posteriormente afirmó que sus comentarios habían sido sacados de contexto.

El diputado druso Wael Abu Faour afirma que las tensiones internas están aumentando debido a las divisiones políticas en torno a la guerra y el desplazamiento, así como a "la retórica desafiante de más de un bando". "Esto agrava los temores por la estabilidad interna", afirmó a la citada agencia británica.
Dadas estas circunstancias, que Israel avise de que al menos 600.000 personas no van a poder regresar a sus casas, a sus territorio, supone una bomba de relojería también en cuanto a la convivencia nacional. Nadim Gemayel, un legislador cristiano opuesto a Hezbolá, ha expresado su preocupación de que Israel estuviera empujando deliberadamente a los chiítas a otras partes del Líbano para crear conflictos con otras comunidades.
Hezbolá lleva mucho tiempo enfrentado a muchas otras facciones libanesas y posee un arsenal más potente que el del Ejército, notablemente debilitado, víctima, como otros tantos entes públicos, del desorden político interno de décadas. Durante una breve guerra civil en 2008, cuando un Gobierno respaldado por Occidente intentó ilegalizar la red de comunicaciones de Hezbolá, sus combatientes tomaron Beirut. El Ejecutivo cedió. Ahora la situación es tensa y nadie sabe si llegará o no a estallido. Israel siempre se limita a decir que pelea contra las fuerzas chiíes, pero se desentiende de las consecuencias sectarias que eso pueda desencadenar.
Hezbolá, en realidad, ejerció una influencia decisiva sobre el Estado hasta que fue derrotado por Israel en 2024. No se puede usar otra palabra, tras la cadena de ataques, con una base de inteligencia impresionante, que lo descabezó en varios grados y le provocó una sangría de manos y armamento, empezando por su jefe, Hasan Nasralá. Los numerosos cohetes disparados por Hezbolá desde el 2 de marzo y el rápido despliegue de sus combatientes de vuelta al sur han mermado la confianza en el Estado, tanto a nivel nacional como internacional. Ninguno está fuerte, claramente.
Lo que se sabe es que, como en Gaza, no hay lugar seguro hoy para los libaneses.
