Líbano, el frente perpetuo que queda en el ángulo muerto de la guerra contra Irán
Más de mil muertos, casi 3.000 heridos, un millón de desplazados y las divisiones clásicas revividas: es el escenario en el país árabe, donde Israel ya avanza en su ofensiva terrestre, desarbolando a un Hezbolá débil y sin reparar en víctimas civiles.

Esta guerra que llamamos "de Irán" es mucho más que eso. Las fronteras del conflicto se deshicieron, como hilvanes, ya a las pocas horas de los ataques iniciales de Israel y Estados Unidos, extendiendo el dolor por todo Oriente Medio. Los drones llegan a Omán, en el este, y los pasos se cierran en Gaza, al oeste, como castigo. Hasta a suelo europeo, a Chipre, llega la violencia. En un ángulo muerto está Líbano, un frente al que se presta poca atención porque, claro, siempre está en llamas.
El país árabe, vecino del norte de Israel, se ve de nuevo zarandeado, sometido, masacrado, desplazado, necesitado, sin que parezca haber grandes lamentos en la comunidad internacional. Pero lo que ocurre es grave, es ya una crisis humanitaria de primer orden y amenaza con generar una cisma interno más profundo, en una sociedad ya tradicionalmente compleja y diversa, y con cambios sensibles en la soberanía del país. Unos nuevos Altos del Golán, a la siria, no están tan lejos.
Según datos oficiales del Gobierno de Beirut, las víctimas mortales superan las mil, entre las que se cuentan 118 niños y 79 mujeres. La primera semana, en promedio, hubo en Líbano 10 niños muertos cada día y 36 heridos, avala Naciones Unidas. Hay al menos 2.584 heridos. Más de un millón de personas, de los 5,8 millones de habitantes regustrados, se han visto desplazadas por los intensos combates, sobre todo desde el sur hacia la capital, mientras Israel continúa con sus ataques diarios en amplias zonas meridionales y los suburbios del sur de Beirut. La guerra avanza "a una velocidad fulgurante", según ha alertado la ONU.
La narrativa de Tel Aviv siempre es la misma: fue el partido-milicia de Hezbolá, amigos de Irán, los que dispararon primero. Y es verdad. Pero la violencia de la respuesta israelí, sin reparar en las consecuencias para los civiles, lo altera todo. A las pocas horas del inicio de la ofensiva sobre Irán, el 28 de febrero pasado, este grupo chií efectuó disparos de cohetes contra el norte de Israel y contra Tel Aviv, lo que provocó una respuesta israelí cada vez más extensa y destructiva sobre el territorio libanés.
Hezbolá es el grupo más prominente alineado con Teherán, parte de ese Eje de Resistencia en Oriente Medio tan venido a menos que formaban la Siria den los Assad, los hutíes de Yemen o los palestinos de Hamás. Sus ataques con misiles y drones fueron los primeros desde noviembre de 2024, ya que hasta ahora había en vigor un alto el fuego violado en estos meses por ambas partes, pero sin llegar a la crisis actual.
Si bien Hezbolá conserva capacidades sustanciales -incluidos miles de combatientes, misiles y drones-, su libertad de movimiento cerca de la frontera con Israel se ha visto significativamente restringida y su posición interna en el Líbano sigue siendo frágil, sobre todo por el descabezamiento a que la sometió Israel con los famosos ataques a los busca, el asesinato de Hasan Nasralá y el daño a sus arsenales y milicianos, tanto en suelo libanés como sirio.
Durante una reunión a puerta cerrada del Consejo de Seguridad, esta semana, la coordinadora especial de la ONU para Líbano, Jeanine Hennis-Plasschaert, consideró que las esperanzas de preservar al país se habían "desvanecido" por la decisión de Hezbollá de lanzar un ataque contra Israel el 2 de marzo. "Al actuar así, avivó unas brasas que ahora han incendiado el Líbano", declaró, evocando un conflicto plenamente arraigado en el territorio libanés y marcado por un elevado precio civil.
En el espacio de dos semanas, la unidad libanesa de gestión de riesgos de catástrofe ha registrado más de 2.200 incidentes armados. Una intensidad que refleja la brutal aceleración de las violencias y el aumento del balance humano. Pero lo más acuciante ahora, lógicamente vidas aparte, son los movimientos de población, "de una magnitud raramente observada en el país", en palabras de la organización que comanda el secretario general, Antonio Guterres.

Un país desplazado
Desde Beirut, el coordinador humanitario de la ONU en Líbano, Imran Riza, describe un éxodo masivo y desordenado. "El número de personas registradas supera el millón, con 1.049.000 personas en este momento. Se trata de personas que se han registrado por sí mismas. Y creemos que el número total es, en realidad, muy superior", declara. Casi uno de cada cinco libaneses está ahora registrado ya como desplazado. Y el ritmo no se ralentiza. Al contrario. "Los desplazamientos de población aumentan a una velocidad increíble. Muchos se van con muy pocas cosas, sólo la ropa que llevaban puesta", añade Riza.
Sobre el terreno, este éxodo adopta la forma de partidas precipitadas, presas del pánico. Según UNICEF, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, cientos de miles de niños han huido de sus hogares en pocos días, "a menudo sin llevar nada". "Algunos han recorrido horas de carretera para llegar a Beirut, antes de pasar su primera noche a la intemperie, con frío". "Se fueron a veces sólo con la ropa que llevaban", relata Christophe Boulierac, portavoz de UNICEF en el país.
Muchos encuentran refugio en alojamientos ya saturados, donde "familias viven de a 14 en una habitación". Otros se unen a los centros colectivos: alrededor de 130.000 desplazados están hoy alojados en unos 600 lugares en todo el país. Los menos afortunados acuden a la playa, pero incluso allí se han registrado ataques aéreos de Israel esta misma semana. A ellos se suman los miles de refugiados sirios que quedan en el país, pese a la caída del régimen de Bachar el Assad, y que no tienen ni para comprar esas tiendas de campaña precarias.
Los niños son ahora una de las mayores preocupaciones. Son cientos los que están gravemente heridos, necesitando operaciones de urgencia y un seguimiento psicológico intenso. Algunos se enteran al despertar de la muerte de sus seres queridos. "Es un gran, gran choque", subraya Boulierac.
En los refugios, los signos de trauma son omnipresentes. Los niños pasan "de la risa al llanto" en pocos instantes. Las explosiones marcan su día a día, "de la mañana a la noche", incluso en Beirut. Y para muchos, la guerra no hace más que repetirse. "Es la segunda vez", insiste el portavoz, evocando las violencias vividas 18 meses antes, durante la guerra de 2024 entre Israel y Hezbollá, una de las réplicas regionales del genocidio en Gaza (Palestina). "Esta repetición va a agravar todas las heridas psicológicas".
Algunos testimonios dan cuenta de la magnitud de esta angustia. Un niño, relata, pidió llevar una pulsera con su nombre, "para ser identificado si lo matan". Una escena que, por sí sola, resume la interiorización de la violencia por parte de los más jóvenes. Son escenas vividas ya en la franja palestina. La gazificación de Líbano está en marcha. Lo teme Tom Fletcher, subsecretario general de Asuntos Humanitarios y coordinador del Socorro de Emergencia de las Naciones Unidas, en Euronews: "Temo que Líbano pueda convertirse en la próxima Gaza (...). De hecho, me temo que eso es precisamente lo que estamos escuchando de algunos ministros israelíes en este momento, que se expresan con un lenguaje cada vez más beligerante sobre lo que planean hacerle al Líbano", denuncia.
La carga sobre el sur
Sobre el terreno, la respuesta israelí se intensifica y se amplía. El ejército israelí multiplica los ataques sobre el sur del Líbano, el cinturón de Beirut donde se ubica el bastión de Hezbolá y ciertas zonas del valle de la Bekaa, emitiendo al mismo tiempo órdenes de evacuación cada vez más extensas.
Según la ONU, alrededor de 1.500 kilómetros cuadrados –una porción significativa del territorio libanés– están ahora afectados. "Ha habido toda una serie de órdenes de desplazamiento. Las recibimos ahora casi a diario. Cubren una parte cada vez mayor del territorio libanés, lo que ejerce una presión considerable sobre las comunidades de acogida que también intentan ayudar a los desplazados", expone.
A esta presión se añade la intensificación de los ataques aéreos, a veces llevados a cabo sin previo aviso. "Muchas de estas operaciones tuvieron lugar sin advertencia, sin orden de evacuación (…) y muchas comunidades temen por tanto que personas que podrían ser objetivo se encuentren en algunas de estas zonas [alcanzadas]", ahonda Riza.
Bassel Doueik, investigador de Líbano y Jordania en el Armed Conflict Location & Event Data (Datos sobre la ubicación y los eventos de conflictos armados, ACLED), un centro especializado en datos sobre conflictos armados con sede en EEUU, expone que ha habido golpes importantes, como el del 18 de marzo, cuando el Ejército israelí lanzó una oleada de ataques aéreos contra los puentes a lo largo del río Litani, donde se cree que murieron más de 20 miembros de Hezbolá.
¿Cuál es su intención, más allá de la depresalia? "Israel pretende dividir el Líbano entre el sur del río, que entiende como una zona de amortiguación para proteger a las comunidades israelíes del norte, y el resto del país, que considera Estado libanés. Esto ocurre en un contexto en el que muchos libaneses temen que conduzca a otra ocupación del sur del Líbano similar a la de 1982, lo que supondría una nueva escalada del conflicto", indica.
Esto incluye enfrentamientos entre Hezbolá y las fuerzas israelíes en aldeas fronterizas, así como cientos de ataques aéreos israelíes en todo el Líbano, los que han generado tal desplazamiento. Las Fuerzas de Defensa de Israel también han emitido avisos de evacuación recurrentes en un intento por empujar a la población al norte del Litani, "reforzando así su objetivo de establecer una zona de amortiguación entre el Líbano y las comunidades del norte de Israel".
"Hezbolá se percibía a sí mismo ante una amenaza existencial tras los ataques estadounidenses contra Irán, lo que ayuda a explicar por qué se unió al conflicto el 2 de marzo. Sin embargo, ahora es un Estado dentro de un Estado que lo ha perdido casi todo, incluidas las instituciones financieras y sociales, mientras que su base de apoyo está siendo desplazada del sur del Líbano y de los suburbios del sur de Beirut, lo que debilita aún más su posición", indica el analista.
Israel, esta semana, ha anunciado el inicio de su ofensiva terrestre justo en esta zona, de proporciones aún desconocidas, y se teme que acabe cuajando en esa amortiguación para convertirla en permanente, como ya lo es la ocupación del sur de Siria, desde 1967. "Como parte del esfuerzo defensivo avanzado, las tropas de las FDI continúan las operaciones terrestres selectivas en el sur de Líbano contra la organización terrorista Hezbolá", culminan los partes de guerra de estos días.
Al cierre de esta edición, el Ejército de Israel había informado de que había alcanzado "más de 2.000 objetivos terroristas" desde el inicio de su respuesta. Incluyen aproximadamente 120 puestos de mando de Hezbolá, más de 100 depósitos de armas y más de 130 lanzamisiles. Calcula en 570 los milicianos "abatidos". "Las FDI no permitirán que civiles israelíes resulten perjudicados", avisan.
En total, al menos el 15% del territorio nacional está afectado por las órdenes de evacuación lanzadas por Israel. La educación no se libra: al menos 65 escuelas han sido dañadas, y los ataques contra establecimientos escolares y universitarios han causado víctimas entre los docentes y los alumnos.

Escasos movimientos diplomáticos
Con la vista puesta en el estrecho de Ormuz, el gas, el petróleo y hasta el uranio enriquecido, son escasos los movimientos diplomáticos por Líbano. Al menos, 27 países, entre ellos España, Francia y el Reino Unido, han emitido un comunicado conjunto en la ONU mostrando su "profunda alarma" por la escalada del conflicto y reclamando a las partes que cesen. "Es imprescindible apoyar al Líbano. Su soberanía e integridad territorial deben preservarse. Expresamos nuestra plena solidaridad con el Líbano y el pueblo libanés", exponen.
Condenan la "imprudente decisión de Hezbolá de sumarse a los ataques iraníes", pero también le dicen al Gobierno de Benjamin Netanyahu que "se abstenga de atacar la infraestructura civil y las zonas densamente pobladas, y a que respete la soberanía libanesa y su integridad territorial".
El Consejo de Seguridad de la ONU mantuvo la semana pasada una sesión de emergencia pero acabó, como habitualmente, sin avances. Se dijo que se "vigila la grave escalada en Líbano, con la FINUL/UNIFIL (Fuerza Provisional de la ONU en Líbano) intentando sostener la paz en la Línea Azul frente a ataques de Israel y hostilidades de Hezbolá" y que se pedía "la desescalada inmediata", en un "momento crítico para la estabilidad regional".
¿Y EEUU? Para Bilal Y. Saab, miembro del Atlantic Council, un tanque de pensamiento norteamericano, uno de los agresores iniciales en esta guerra tiene en Líbano la oportunidad de resarcirse un poco, de mostrar un rostro que, si no al Nobel de la Paz, lleve a Washington a otra estima global. Indica que "tiene una oportunidad histórica para restablecer su antigua relación con el Líbano y para mediar en la paz entre el Líbano e Israel. Pero aprovechar esa oportunidad requeriría un compromiso diplomático estadounidense más sólido y sostenido que el que hemos visto hasta ahora".
La diplomacia estadounidense "debería centrarse en ayudar al gobierno libanés a resolver el problema de Hezbolá" y que, a su entender, "ha hecho todo lo posible por impedir el surgimiento de un Estado libanés fuerte y por descarrilar la relación entre Estados Unidos y Líbano".
Por ahora, el Gobierno libanés ha pedido expresamente que sea Trump el que tome la iniciativa. "Más que nadie" es quien puede mover las cosas, dice el primer ministro, Nawaf Salam. Beirut no está quieto, ha hecho un llamamiento a negociaciones directas entre Líbano e Israel, aplaudido por la comunidad internacional, y también, hace dos semanas, prohibió las actividades militares del movimiento proiraní y le reclamó que entregue las armas.
Pero todo eso "ha caído en saco roto", entiende el analista, "porque ni Israel ni Estados Unidos confían plenamente en la voluntad o capacidad del gabinete libanés para desarmar a Hezbolá". "Estados Unidos puede fortalecer a este último, pero no puede obligar al primero", asume, con la vista puesta en Netanyahu y su Gobierno de religiosos y ultranacionalistas. "Tampoco puede dictar los términos, la estructura ni el marco de las conversaciones propuestas entre Líbano e Israel -que correspondería a funcionarios libaneses e israelíes-, aunque sí puede contribuir a definirlas", afina.
El objetivo de esas conversaciones debería ser un acuerdo de paz, pero para lograrlo sería necesario acordar medidas de seguridad, económicas, políticas y culturales que fomenten la confianza. Beirut clama: la población necesitaba una tregua "ayer" y "no mañana". Por ahora, nadie la ve cerca.
