Noura, siria de 45 años desplazada en Beirut: "Llevamos una semana durmiendo en la calle; los libaneses tienen tiendas de campaña pero a nosotros no nos dejan entrar en las escuelas porque somos sirios"
"Sean musulmanes o cristianos, todos quieren estar juntos, tener un hogar seguro y protegido. Solo queremos estabilidad".
Noura Ahmad Hamzeh, una siria de 45 años nacida en Alepo y asentada en el sur de Beirut, resume en una frase el golpe que vive su familia: "Llevamos una semana durmiendo en la calle". Salió de casa de madrugada, en pleno caos, con miedo por los niños y sin saber si su vivienda sigue en pie.
Desde entonces, duerme junto al mar, sobre un paseo de hormigón, con colchones finos y al raso. Lo peor, cuenta, no es solo haber huido. Es hacerlo siendo siria y comprobar que las escuelas sí acogen a desplazados libaneses, pero no a ellos.
La escena que describe Noura retrata en el medio Taz una doble vulnerabilidad. Por un lado, la de quien escapa de los bombardeos; por otro, la de quien además carga con el peso de la nacionalidad. Mientras otras familias han podido refugiarse bajo techado o levantar tiendas de campaña, ella y los suyos siguen fuera. "Los libaneses tienen tiendas de campaña. Pero somos sirios", explica. En mitad del Ramadán, la comida llega gracias a repartos solidarios, arroz, ensalada, mujaddara y yogur. No hay mucho más.
Una huida de madrugada y sin destino claro
Noura vive en Hay al-Salloum, en el sur de Beirut. Su hija, que reside en Nabatieh, llegó a su casa junto a su marido y sus hijos tras escapar también de la violencia. Pero ni siquiera ese reencuentro familiar les dio seguridad. Alrededor de las tres de la madrugada del lunes, escucharon fuertes bombardeos. Los niños rompieron a llorar. El miedo se impuso y salieron corriendo.
No había plan. Tampoco un destino cerrado. Solo la urgencia de salir. Noura paró a un conductor desconocido en plena calle para abandonar el barrio cuanto antes. Él los subió al coche sin pedir dinero. A partir de ahí, empezó otra forma de intemperie: la de no saber a dónde ir.
Desde hace una semana, ella y su familia duermen bajo el cielo abierto, junto al mar, sin apenas protección frente al frío nocturno. Tienen colchones, pero no tiendas. Tienen comida que reparten voluntarios, pero no una vivienda temporal. Y tienen una pregunta que no pueden responder: qué ha pasado con su casa desde que huyeron.
Ser desplazada y, además, ser siria
El testimonio de Noura tiene un punto que pesa más que cualquier otro: la diferencia de trato. No habla solo de la destrucción o del miedo, sino del acceso desigual a la ayuda. De poder verlo con sus propios ojos. Las escuelas abiertas a personas desplazadas no los aceptan porque son sirios, denuncia.
Esa frase cambia el foco del relato. Ya no se trata únicamente de una familia atrapada por la guerra, sino de una familia atrapada también por su condición de refugiada. En Líbano, donde viven desde hace años miles de sirios que huyeron de la guerra en Siria, la precariedad puede multiplicarse en cuestión de horas cuando estalla una nueva crisis. Noura lo cuenta sin rodeos: unos tienen tienda; ellos, no. Unos entran en los refugios; ellos, no.
Así, lo cotidiano se reduce a lo básico. Comer. Proteger a los niños. Intentar dormir. Esperar noticias. Y mirar el móvil con angustia. "No sé qué pasó con mi casa. No he estado allí desde que huí. No sé si sigue en pie", dice con pesar.
Ramadán en la calle y una idea muy simple: vivir en paz
Hay otro detalle que atraviesa todo su relato: el desgarro de celebrar el Ramadán fuera de casa. Noura no habla en términos políticos, sino humanos. De familia. De mesa compartida. De normalidad. "Por supuesto, es mucho mejor romper el ayuno en casa, comer juntos", lamenta.
Su testimonio conecta con algo que se repite en otras voces de la región: el cansancio. La sensación de que la guerra arrasa primero lo material, pero después devora también la rutina, el trabajo, la calma y la idea misma de futuro. Noura no pide nada extraordinario. Pide lo mismo que cualquiera: una casa segura, un lugar donde estar con los suyos y una vida estable.
Hay una frase que deja poco margen para la interpretación: "Sean musulmanes o cristianos, todos quieren estar juntos, tener un hogar seguro y protegido. Solo queremos estabilidad".
Y quizá ahí esté lo más duro de su historia. Que su aspiración no es volver a una vida mejor, sino simplemente volver a una vida normal. Dormir bajo techo. Dejar de correr. Dejar de mirar el cielo con miedo. Dejar de ser extranjera incluso cuando también es víctima.