Trump convierte el Estado de la Unión en un mitin de casi dos horas: aranceles, migración, Irán y un Congreso partido en dos
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Trump convierte el Estado de la Unión en un mitin de casi dos horas: aranceles, migración, Irán y un Congreso partido en dos

El presidente estadounidense defiende su "guerra arancelaria" pese al revés del Supremo, carga contra los demócratas y usa el hemiciclo como escenario de su agenda: deportaciones, fraude, medicamentos y músculo exterior.

Trump está levantando el pulgar, en señal de afirmaciónEFE/EPA/KENNY HOLSTON / POOL

Donald Trump avisó que sería largo. Y cumplió. El presidente de Estados Unidos habló durante 107 minutos ante una sesión conjunta del Congreso, batiendo su propio récord del año pasado (99 minutos) y firmando el discurso sobre el Estado de la Unión más extenso de la historia del país. Como siempre, estuvo en su salsa y tuvo tiempo de disparar a diestro y siniestro. Nadie escapó de su escrutinio.

No fue solo una cuestión de duración. Fue, sobre todo, una declaración de intenciones en año electoral. Con elecciones legislativas de medio mandato en noviembre y unos índices de popularidad en torno al 40 %, Trump utilizó el hemiciclo como plataforma para reafirmar su agenda, movilizar a su base y señalar a los demócratas como responsables de casi todos los males del país. Era lo esperado y también cumplió con ello.

Un balance en clave de campaña

Desde el inicio, el tono fue inequívoco. Trump presentó su primer año completo de segundo mandato como una sucesión de éxitos. Victoria tras victoria. Destacó lo que considera avances clave en la lucha contra el narcotráfico y contra la inmigración irregular, dos de los ejes centrales de su discurso político.

También defendió su gestión económica, cómo no. Lo hizo asegurando que su Administración ha logrado controlar la inflación y que el precio del galón de gasolina ha caído por debajo de los 2 dólares. En su relato, la economía vuelve a estar bajo control tras los "errores" de sus predecesores.

Pero el punto más ambicioso, esperado, y polémico, fue su defensa de la política arancelaria. Trump insistió en que los gravámenes a las importaciones no solo son una herramienta de presión comercial, sino una palanca estructural de transformación fiscal. Según afirmó, en el futuro esos aranceles podrían sustituir al “impuesto sobre la renta”.

La idea no es nueva en su discurso, pero sí fue presentada esta vez con mayor contundencia: como una alternativa real al sistema tributario moderno. Una propuesta que, más allá de su viabilidad técnica, conecta directamente con su narrativa de que otros países "han estado aprovechándose" de Estados Unidos durante décadas. Y dejó un mensaje más que contundente. "Los nuevos aranceles del 10% activados hoy mismo no necesitarán la aprobación del legislativo". Veremos en qué queda.

El Congreso como campo de batalla

El discurso no fue únicamente un repaso de cifras y promesas económicas. Fue también un enfrentamiento directo con la oposición.

Trump cargó contra los demócratas por su rechazo a un proyecto de ley que exigiría que todos los votantes certifiquen su nacionalidad al emitir su voto. Según el presidente, esta medida es necesaria para combatir irregularidades electorales que, sostiene, están extendidas y le costaron la victoria en las elecciones presidenciales de 2020.

La afirmación mantiene viva una de las grandes controversias políticas de los últimos años. Trump volvió a sugerir que hubo fraude en aquellos comicios (erre que erre), una acusación que no ha sido respaldada por pruebas judiciales, pero que continúa siendo un pilar emocional para parte de su electorado.

El tono se fue endureciendo con el paso de los minutos, aún más cuando abordó el bloqueo presupuestario que mantiene en cierre parcial al Departamento de Seguridad Nacional desde hace 11 días. Trump acusó a los demócratas de haber "recortado todos los fondos" de la cartera encargada de inmigración.

La oposición, por su parte, condiciona su apoyo presupuestario a cambios en los protocolos de actuación de los agentes migratorios: prohibir el uso de máscaras en operativos y exigir órdenes judiciales para allanamientos, entre otras medidas. Estas demandas llegan tras la muerte de dos ciudadanos estadounidenses en Minnesota durante operaciones para detener inmigrantes el pasado enero.

El cierre parcial afecta a miles de trabajadores y añade tensión institucional en un momento políticamente sensible.

Economía, gasolina y mensaje directo al bolsillo

Más allá del choque entre partidos, Trump trató de centrar buena parte de su intervención en el bolsillo de los estadounidenses, que "la pela es la pela". Reivindicó la caída del precio del combustible como símbolo tangible de mejora económica. Yo, mí, me, conmigo.

En un país donde el coste de la gasolina tiene una fuerte carga simbólica y política, situarlo por debajo de los 2 dólares por galón funciona como un mensaje directo al votante medio. Es un dato fácil de recordar, fácil de comparar y fácilmente convertible en argumento electoral.

También subrayó su política comercial como herramienta para fortalecer la industria nacional. En su planteamiento, los aranceles no son un castigo para el consumidor, sino un mecanismo para proteger empleo y producción internos.

El discurso, sin embargo, llega tras un revés judicial significativo: el Tribunal Supremo tumbó recientemente gran parte de sus aranceles al considerar que se habían aprobado bajo una ley que no estaba diseñada para ese fin. Trump respondió activando un nuevo arancel global del 10 % bajo otra base legal, reforzando así su determinación de mantener la ofensiva comercial.

Inmigración y seguridad: eje identitario

La inmigración volvió a ocupar un lugar central. Trump reivindicó su política como una defensa directa de los ciudadanos estadounidenses y vinculó el cierre presupuestario al supuesto bloqueo demócrata a las medidas de control.

El relato es claro: seguridad frente a desorden, legalidad frente a permisividad. En un clima de polarización creciente, Trump volvió a trazar una línea divisoria entre "proteger a los estadounidenses" y "ceder ante la inmigración ilegal".

La referencia a Minnesota y a los operativos migratorios añadió dramatismo al discurso. Los demócratas, que exigen reformas en los procedimientos de las fuerzas migratorias, sostienen que es necesario garantizar derechos civiles y evitar abusos.

El debate no es nuevo, pero la tensión institucional y el cierre parcial lo sitúan en un punto especialmente delicado. Otro.

El bloque internacional llegó avanzada la intervención, pero dejó uno de los titulares más contundentes de la noche. Trump aseguró que Irán “sigue persiguiendo sus siniestras ambiciones” para desarrollar un arma nuclear y afirmó que nunca lo permitirá.

El presidente recordó que Estados Unidos ya actuó contra instalaciones nucleares iraníes el pasado año y sostuvo que Teherán intenta reconstruir su programa.

“Nunca permitiré que el principal patrocinador del terrorismo del mundo tenga un arma nuclear”, afirmó ante el Congreso.

Un discurso con mirada a noviembre

Más allá de los anuncios concretos, el mensaje general fue inequívoco: Trump gobierna, manda, ejecuta y, además, hace campaña. Le da tiempo a todo. Con elecciones legislativas en noviembre, los republicanos se juegan mantener sus ajustadas mayorías en ambas cámaras.

El Estado de la Unión sirvió para consolidar su base, reforzar su narrativa económica y presentar a los demócratas como los malos de la película.

La duración récord del discurso no fue casual. Fue una demostración de resistencia, de control del escenario y de voluntad de marcar el ritmo del debate público.

En un momento en que su popularidad ronda el 40 %, Trump optó por redoblar su apuesta en lugar de moderar el tono. Apostó por la confrontación y por las cifras llamativas.

El Congreso fue testigo de un discurso que combinó balance de gestión y mitin político. Y el país, a ocho meses de las legislativas, recibió un mensaje claro: el presidente no piensa replegarse.

Más bien al contrario. Si algo dejó claro esta noche es que su segunda presidencia no busca bajar el volumen. Busca subirlo. Hasta donde haga falta para que retumbe más fuerte que nunca. Es Donald Trump.

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

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