Un país herido y un Congreso dividido esperan el discurso del Estado de la Unión de Trump
El presidente de EEUU acude a una Cámara a la que da esquinazo, de los aranceles al ataque a Venezuela, con la popularidad en mínimos: duele la violencia del ICE, enfada la opacidad sobre Epstein y pesa el revés arancelario de la Corte Suprema.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dará a las tres de esta madrugada (hora española, las nueve en Washington) su discurso anual sobre el Estado de la Unión. Lo hará ante un Congreso en el que tiene la mayoría numérica, pero no la moral, ante unos representantes de la Cámara y el Senado que, incluso siendo sus correligionarios, le afean algunos gestos, políticas y apuestas. Cada vez más, de más calado, sin necesidad de obediencia debida.
Al magnate lo escuchará un país en el que cosecha la peor popularidad de su carrera política, que no sólo está enfadado con él por propuestas como la arancelaria (que repercute en sus bolsillos y acaban de ser declarados ilegales en buena parte por la Corte Suprema) sino también dolido por excesos como los del ICE contra los migrantes y hasta los norteamericanos muertos por sus balas.
El republicano, al que le encanta vender triunfalismo barato, no podrá hacerlo. O, si lo intenta, se quedarán en el saco de los "hechos alternativos", porque no hay motivos para ello. Su audiencia, en vivo y en televisión, llega transformada en apenas un año de mandato, en esta su temporada dos en la Casa Blanca. Y eso no es bueno para él en un año que guarda, en noviembre, unas elecciones de mitad de mandato para renovar parcialmente el legislativo. Su suerte: que el Partido Demócrata sigue sin mucho norte, aunque empiece a guiarse por estrellas emergentes como la de Zohran Mamdani.
Tras un año en el cargo, Trump ha emergido como un presidente que desafía las expectativas convencionales, con un presidencialismo al alza que hace que la cale grite que no quiere reyes, desde 1776. Ha implementado una agenda vertiginosa, trastocando las prioridades nacionales, destruyendo alianzas en el extranjero y desafiando el sistema fundacional de pesos y contrapesos del país. Hasta dos estadounidenses han sido asesinados por agentes federales mientras protestaban contra las redadas migratorias y las deportaciones masivas de la Administración Trump. Se llamaban Alex Pretti y Renee Nicole Good.
Los legisladores se sientan esta noche a escuchar la agenda de Trump para el año que viene sabiendo que todo puede quedar en nada por la visceralidad del presidente, que cambia prioridades y amenazas a la velocidad del rayo (¿se acuerdan de Groenlandia?). Y lo hacen en un momento que la agencia Associated Press califica de "existencial para el Congreso", porque esencialmente ha quedado marginado por el alcance expansivo del mandatario, que pasa por alto su escasa mayoría republicana para acumular un enorme poder para sí mismo.

La era de los cambios
EEUU se encuentra en una encrucijada, celebrando su 250° aniversario mientras experimenta algunos de los cambios más significativos en su política, sus normas y su estado de ánimo general en la vida de muchos estadounidenses.
El presidente impuso su agenda en el Congreso cuando fue necesario (a menudo presionando a los legisladores con una llamada telefónica durante las votaciones más cruciales), pero más a menudo evitó el complicado toma y daca del proceso legislativo para imponerse a su propio partido y a la oposición demócrata, a menudo unificada.
El logro legislativo más importante de Trump hasta la fecha es la gran ley de recortes de impuestos del Partido Republicano, con nuevas cuentas de ahorro para bebés, la eliminación de impuestos sobre las propinas y otras deducciones especiales, y drásticos recortes a Medicaid y la ayuda alimentaria SNAP. Además, generó más de 170.000 millones de dólares para el Departamento de Seguridad Nacional destinados a sus deportaciones migratorias.
El Congreso, liderado por su partido, supuestamente sus fieles, se ha mantenido en gran medida impasible mientras Trump tomaba dramáticamente el poder a través de cientos de acciones ejecutivas, muchas de ellas impugnadas en los tribunales, y con la voluntad de hacer lo que fuera necesario para imponer su agenda.
"Recuperar un poder perdido no es una tarea fácil en nuestro orden constitucional", escribió el juez Neil Gorsuch en la histórica reprimenda de la Corte Suprema a la política arancelaria de Trump, el viernes pasado. Ha escocido el comentario en los veteranos que no son MAGA, que alguno queda, con conciencia para ver en qué se han convertido las instituciones.
Gorsuch dijo que sin la intervención del tribunal en cuestiones importantes, "nuestro sistema de poderes separados y controles y equilibrios amenaza con dar paso a la acumulación continua y permanente de poder en manos de un solo hombre". Alto y claro.
Llanero solitario
Desde recortar la fuerza laboral federal hasta alterar el calendario de vacunación infantil, pasando por atacar a Venezuela y capturar al presidente de ese país, el alcance de Trump parece no tener límites.
Su Administración ha iniciado investigaciones sobre posibles adversarios políticos, impuso su nombre a edificios históricos, incluido el famoso Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas, y quizás lo más visible ha sido detener a personas y convertir almacenes en centros de detención para deportaciones.
En casi cada paso del camino, hubo momentos en que el Congreso podría haber intervenido pero no lo hizo.
Los demócratas, en minoría, a menudo intentaron contraatacar, incluso deteniendo los fondos rutinarios de Seguridad Nacional a menos que haya restricciones a las acciones de inmigración.
Pero los republicanos creen que el país eligió al presidente y le dio a su partido el control del Congreso para alinearse con su agenda, según un alto funcionario del liderazgo del Partido Republicano que insistió en el anonimato para discutir la dinámica. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, de Luisiana, ha dicho que Trump será el presidente "más trascendental" de la era moderna.
Los demócratas planean boicotear el discurso o permanecer en un silencio sepulcral. "El estado de la Unión se está desmoronando", en palabras del líder demócrata de la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, de Nueva York.

El papel del Congreso: no es 'yes to all'
Ha habido momentos en que el Congreso se mantuvo firme frente a la Casa Blanca, pero han sido raros, escasos, como en el esfuerzo bipartidista de alto perfil de los representantes Thomas Massie, republicano por Kentucky, y el representante Ro Khanna, demócrata por California, para forzar la publicación de los archivos de Jeffrey Epstein, a pesar de las objeciones de Johnson y el liderazgo del republicano.
El despliegue de poder del Congreso ha provenido, con mayor frecuencia, de unos pocos republicanos renegados que se unen a la mayoría de los demócratas para controlar al presidente, como cuando la Cámara de Representantes votó a favor de bloquear los aranceles de Trump a Canadá. El Senado impulsó una resolución sobre poderes de guerra para impedir la acción militar en Venezuela contra Nicolás Maduro sin la aprobación del Congreso, pero se retractó tras la intervención de Trump.
Estos han sido en su mayoría votos simbólicos, porque el Congreso no tendría los números suficientes para superar cualquier veto esperado de Trump.
Con mayor frecuencia, el Congreso ha cedido ante Trump, revirtiendo la financiación bipartidista ya aprobada para la ayuda exterior de USAID o la radiodifusión pública, o al no detener los ataques militares estadounidenses contra supuestos barcos de narcotráfico que mataron a dos sobrevivientes en el Caribe. Cuando Trump otorgó el indulto inicial a unas 1.500 personas acusadas del ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021, los republicanos del Congreso no objetaron nada.
Y cuando el Departamento de Eficiencia Gubernamental de Trump, con el multimillonario Elon Musk, comenzó a despedir a trabajadores federales, los legisladores republicanos manifestaron su aprobación formando su propio grupo parlamentario DOGE en el Capitolio.
"La pregunta central para nosotros es si el público comprende lo que está en juego", dice a AP Max Stier, director ejecutivo de Partnership for Public Service, una organización sin fines de lucro enfocada en la gestión gubernamental y la democracia. “Nos encontramos en medio de la transformación más significativa de nuestro gobierno y nuestros servidores públicos en la historia de nuestro país”.
Unos 300.000 empleados federales fueron despedidos o trasladados en este tiempo, mientras que 100.000 nuevas contrataciones o recontrataciones fueron en su mayoría al Departamento de Seguridad Nacional.
De controles y equilibrios
En los tribunales de todo el país se están presentando casos contra la Administración a niveles récord, mientras el Congreso estaba "dormido al volante", añade en un comunicado Skye Perryman, presidente de Democracy Forward, que ha presentado más de 150 casos contra la administración, parte del mayor esfuerzo legal contra un poder ejecutivo en la historia de EEUU.
Pero el sistema judicial ha estado bajo presión y la Casa Blanca no siempre ha acatado las sentencias judiciales. Los legisladores republicanos se han sumado a las críticas de Trump a los tribunales, exhibiendo afuera de sus oficinas carteles de jueces que quieren someter a juicio político.
La próxima gran prueba será el proyecto de ley que exige prueba de ciudadanía para votar, que Trump quiere aprobar antes de las elecciones de mitad de período. La Cámara de Representantes aprobó la Ley SAVE America, que exigiría certificados de nacimiento o pasaportes para registrarse para votar en las elecciones federales y una identificación con foto en los centros de votación. Quienes la apoyan afirman que es necesaria para combatir el fraude, mientras que quienes la critican argumentan que impedirá el voto a millones de estadounidenses por no tener documentos de ciudadanía disponibles.
El Senado tiene mayoría para aprobar la medida, pero no los 60 votos necesarios para superar un esperado filibusterismo liderado por los demócratas. Trump ha prometido acciones ejecutivas si el Congreso no aprueba la legislación.

Así, no
Lo cierto es que toda esa cadena de acciones, inacciones, presiones y contradicciones ha llevado a Trump al peor nivel de popularidad conocido desde que llegó a la presidencia, con un 33% apenas, como destaca por ejemplo YouGov, un dato que se repite en las sucesivas encuestas de los medios norteamericanos. Era del 47% cuando juró por segunda vez su cargo, en enero de 2025.
Hay un 55,1% de ciudadanos que desaprueba su gestión, frente a un 42,7% que la aprueba. Hay medidas estrella, como la de los aranceles mundiales, que le parecen directamente una mala idea hasta al 60% de la población, indica la firma demoscópica. Hay un dato peor aún de la CNN: un 36% lo aprobaría y un 63%, no.
Otro sondeo de Reuters/Ipsos pone en acento, al fin, en algo que Trump odia: su salud. Siempre trató de parecer dinámico en la última campaña frente al debilitamiento de Joe Biden, lo que le costó la candidatura al entonces presidente de EEUU, y ahora es él quien parece lo que es, un señor mayor de 79 años con algunos achaques que está al frente de la mayor potencia del mundo.
La encuesta dice que seis de cada diez estadounidenses, entre ellos una parte significativa de los republicanos, piensan que Trump se ha vuelto errático al envejecer. En congreto, el 61% de los encuestados afirmó que describiría al magnate como "alguien que se ha vuelto errático con la edad". Alrededor del 89% de los demócratas, el 30% de los republicanos y el 64% de los independientes lo describieron de esta manera.
La mayoría de los estadounidenses cree que la edad del liderazgo político del país es, en general, demasiado alta. Alrededor del 79% de los encuestados se mostró de acuerdo con la afirmación de que "los funcionarios electos en Washington D. C. son demasiado mayores para representar a la mayoría de los estadounidenses". La edad media en el Senado de EEUU es de unos 64 años, y en la Cámara de Representantes, de 58.
Por ahora, sin embargo, son ellos los que mandan y los que dan discursos, como el de esta noche.
