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13/09/2015 09:55 CEST | Actualizado 13/09/2016 11:12 CEST

A la búsqueda del buen talibán

mulaomarLa paz se gana en el campo de batalla, y el de Afganistán registra el empate o incluso el dominio de las fuerzas talibanes sobre las afganas y los soldados extranjeros, y ello después de más de diez años de guerra. El padecimiento de los afganos se añade lamentablemente a un panorama en el que se percibe que Afganistán no puede defenderse ni mantener la seguridad a solas.

Foto: REUTERS

Los talibanes, lejos de la paz y cerca de Daesh

No se sabe con exactitud cuándo y cómo murió el mulá Omar, dónde está enterrado. Apenas visto y fotografiado en toda su vida, en los últimos cinco años se anunció tres veces su desaparición, ahora confirmada informativamente. Todo ello no ha impedido la representación de una auténtica comedia de engaños en la que se continuará rindiéndole pleitesía; personajes conocidos de la élite de los talibanes, incluso de su propia familia, declararán haber hablado con él, haber mantenido contactos e incluso interpretar las directrices del jefe. Muerto o no, la verdad es que supuso un nexo de unión efectivo -y ahora ilusorio, al conocerse lo que ha sucedido- en un mundo tan complejo como el de los talibanes.

Los graves atentados en Kabul y otros lugares en este verano podrían interpretarse como signo de la voluntad de los talibanes de continuar la lucha, como si la muerte del mulá Omar la hubiera fortalecido aún más. O de señalar que las conversaciones de paz con Kabul, ya iniciadas, y que el mulá habría permitido, se han suspendido al menos de momento. Como héroe dormido, oráculo o esfinge al que nadie se habría atrevido a molestar por miedo a alterar esa armonía de las tribus que él habría simbolizado, sin el mulá Omar se teme efectivamente la intensificación de la violencia, así como del progreso en los avances ya registrados del Daesh (Estado Islámico) para la captación de esos talibanes que se habrían quedado huérfanos.

La muerte del mulá Omar, máximo dirigente de los talibanes, habría dejado para mejor ocasión las conversaciones que ya se habían iniciado para la paz y la reconciliación con Kabul.

Las provincias del sur y el norte de Afganistán están seriamente amenazadas por el Daesh, no se sabe muy bien todavía si en rivalidad por la influencia militar de los talibanes o absorbiendo grupos de ellos que hasta ahora han venido actuando de manera bastante autónoma, separados en tribus y territorios; más aún ahora, al propagarse las noticias de la muerte del mulá Omar, a quien reverenciaban. En las provincias de Ghazni y Zabul apenas se ven las banderas blancas de los talibanes, ni de Al Qaeda. Han sido reemplazadas por las banderas negras del Daesh, algo que se percibió incluso antes de la desaparición del mulá Omar, emir y jefe de los creyentes.

Anunciada oficialmente por Kabul y Washington el 29 de julio, la muerte del mulá Omar, máximo dirigente de los talibanes, habría dejado para mejor ocasión las conversaciones que ya se habían iniciado para la paz y la reconciliación con Kabul, estando prevista su reanudación el pasado mes de julio. Además, se ha desatado una lucha aún no concluida por la sucesión entre los talibanes, generando el peligro de una escisión múltiple entre clérigos, jefes militares y dirigentes tribales, basada en parte en temas políticos en torno a la aceptación o el rechazo de las conversaciones, pero también en diferencias sectarias, patrimoniales o territoriales propias de una sociedad enormemente fragmentada y con corrientes políticas muy personalizadas.

Una comedia de enredos

Se trata de una historia en la que no faltan sabrosos elementos para la intriga y el misterio, porque al parecer, el mulá llevaba ya dos años muerto y enterrado en el sur de Afganistán, sin que se hayan dado explicaciones sobre las circunstancias de su muerte y los detalles de su biografía; tampoco faltan talibanes que aseguran que no es cierto su fallecimiento, o que habría sido asesinado por su lugarteniente y sucesor provisional, el mulá Ajtar Mohammad Mansur. De momento, el hijo del mulá Omar, el mulá Mohammad Yacub, y el eventual sucesor Mansur, se han acusado mutuamente de manipular en varias ocasiones presuntos mensajes de Omar cuando ya estaba muerto. De nuevo, el enfrentamiento entre la familia y los compañeros del dirigente muerto.

Ambos, Mansur y Yacub, han justificado el ocultamiento de la verdad para no desmoralizar por la pérdida a clérigos, jefes de milicias y combatientes, en especial los que se agrupan en el Quetta Shura, una de las principales agrupaciones de talibanes en Afganistán-Pakistán, junto con la de Peshawar Shura y la de Miran Shah Shura, que reúne milicias e intereses de la familia Haqqani. Mansur era el lugarteniente de Omar, y mintió sobre la situación real de su jefe durante el mes de Ramadán y a su finalización, en la Fiesta del Cordero -el Eid Al Fitr-. Exhibiendo mensajes atribuidos al muerto y en apoyo del proceso de paz y reconciliación, Mansur decidió revelar lo sucedido el pasado 4 de julio.

Hasta ahora, todo anuncio de retirada de fuerzas aliadas en Afganistán ha generado el fortalecimiento y la expansión de la insurgencia.

Lo hizo ante sus próximos, los notables de los talibanes que apoyan el proceso negociador y su propia sucesión del mulá Omar, lo que motivó la protesta furiosa de Yacub y de su tío, hermano del mulá Omar, el mulá Abdul Mannan. Unos y otros, muy probablemente mintiendo a sabiendas, basaban su legitimidad en los supuestos contactos estrechos y frecuentes con una persona fallecida hace algún tiempo, que casi nunca se mostró en público, y de la que ni siquiera facilitaban como prueba de existencia mensajes escritos o de voz. Partidarios o no de Yacub como sucesor de Omar, la fronda contra la elevación de Mansur se habría extendido entre los talibanes por motivos personales, ideológicos, cuotas de poder y de territorio.

La próxima reunión prevista entre representantes de Kabul y de los talibanes ha sido cancelada por la muerte del mulá Omar y su sucesión. La reanudación de tales contactos tendrá lugar eventualmente cuando se consolide la nueva dirección de los talibanes; y habrá que tener también en cuenta también la actitud de los donantes, Pakistán e Irán, sin olvidar a China. La muerte del mulá Omar, un gran aliado de Al Qaeda, puede intensificar los movimientos de los talibanes para unir sus fuerzas con el Daesh, lo cual ha disparado las tensiones internas de diversa naturaleza, con el constante fraccionamiento de los afganos de uno y otro campo. El acercamiento de los talibanes a Kabul, su eventual inclusión en la Administración y el Gobierno, es la condición previa para la paz y la reconciliación, sin la que los afganos jamás podrán alcanzar otros objetivos ulteriores para la normalización nacional.

La Caja de Pandora o la bolsa de los vientos

El pasado 7 de julio, Mansur, con anterioridad ministro de Aviación en el Gobierno de los talibanes (1996-2001) y mano derecha del mulá Omar desde 2010, fue cooptado como su sucesor como emir y jefe de los creyentes. Como segundos en el Gobierno del llamado Emirato Islámico de Afganistán figura Haibatullah Ajunzada, encargado de asuntos judiciales, y Sirajuddin Haqqani, jefe de la Banda Haqqani, a la que se le atribuyen algunos de los atentados más mortíferos perpetrados contra las fuerzas aliadas en Afganistán. A Mansur se le considera un taliban moderado, partidario de las conversaciones de paz, a cuya reanudación Pakistán ha prometido su apoyo.

Tales contactos han sido posibles con la Administración Obama, con el presidente Ashraf Ghani y su primer ministro Abdullah Abdullah, desde septiembre de 2014. No las favorecieron el presidente Bush el joven ni el presiente Karzai, temeroso de verse desplazado y vendido por los Estados Unidos. Tampoco Pakistán, por sospechar alguna maniobra de aprovechamiento estratégico procedente de India. Pero el Gobierno de Pakistán y, en especial, el omnipotente ISI (Inter Services Intelligence), habría alterado su estrategia, reconociendo el beneficio de un Afganistán en paz en la perspectiva muy delicada de la retirada de las tropas de los Estados Unidos y la Alianza Atlántica, así como de la penetración del Daesh y la incierta evolución de Al Qaeda.

La cuantiosa ayuda que Afganistán percibe del exterior indudablemente habría beneficiado al país en algunas cosas, pero no ha contribuido en exceso a su transformación.

Hasta ahora, todo anuncio de retirada de fuerzas ha generado el fortalecimiento y la expansión de la insurgencia; estos datos, unidos a la débil respuesta de las fuerzas afganas, con reducida capacidad militar y baja moral, ha hecho reconsiderar a los aliados, y en especial a los Estados Unidos, las fechas y las modalidades para la retirada. Ayuda y comprensión al respecto han aportado la firma, que no se consiguió en el Irak de Al Maliki, y a la que fue reticente el Afganistán de Karzai, del BSA (Acuerdo Bilateral de Seguridad) con los Estados Unidos, y el SOFA (Acuerdo sobre el Status de Fuerzas) con la Alianza Atlántica; garantizarán alguna presencia militar aliada en el país pese a la sustancial retirada.

Pero el cansancio diplomático, la fatiga del donante, los sufrimientos de la población y una guerra imposible de ganar hacen muy quimérica la persistencia en sus actuales niveles de una ayuda internacional sin la que un Afganistán todavía desestructurado no puede funcionar, particularmente en lo que se refiere a las fuerzas militares y de seguridad; su presupuesto se calcula entre dos mil millones y cinco mil millones de dólares anuales. La cuantiosa ayuda que en este y otros conceptos percibe del exterior indudablemente habría beneficiado al país -también ha generado ganancias ilícitas-, pero no ha contribuido en exceso a su transformación; ha generado efectos perversos, entre otros, un sector social dedicado a la renta y al clientelismo de la ayuda exterior. Además, no ha eliminado la violencia.

Una guerra sin fin

Retirándose los Estados Unidos y los países de la Alianza Atlántica, los grandes actores internacionales en Afganistán siguen siendo China y Pakistán, Irán en menor medida. Al parecer ya convencidos, Pakistán en especial, de que la paz en Afganistán les traerá beneficios, su contribución resulta esencial para que las fuerzas afganas se sostengan en el campo de batalla y mantengan la seguridad de la población, así como con la finalidad de presionar a los talibanes en Afganistán y Pakistán para seguir sentándose en la mesa de negociaciones. Por ello, la eventual escisión de los talibanes resulta muy preocupante.

La guerra puede continuar durante años. Hasta ahora no ha surgido tensión suficiente para ponerle término mediante un proceso de paz que permita la reconciliación.

A la negociación con Kabul tras la muerte del mulá Omar y la sucesión de Mansur se superpone una negociación de los talibanes con ellos mismos del clan Ishakzai Durrani, el de Mansur, los clanes Nurzai y Alizai de las tribus Durrani y Kakar, etc., contando con personalidades fuertes pero enfrentadas, como Abdul Qayyum Zakir, jefe militar y antiguo prisionero en Guantánamo, perteneciente al clan Alizai. Hay reuniones en Afganistán y Pakistán para formar coaliciones a favor y en contra de Mansur o del hijo del mulá Omar, Yacub; mientras, este mes de agosto la ola de atentados terroristas ha alcanzado un vigor inusitado, provocando la protesta del presidente Ghani contra las autoridades de Pakistán por su tolerancia con los grupos extremistas dentro de su territorio.

La paz se gana en el campo de batalla, y el de Afganistán registra el empate o incluso el dominio de las fuerzas talibanes sobre las afganas y los soldados extranjeros, y ello después de más de diez años de guerra. El padecimiento de los afganos se añade lamentablemente en un panorama en que se percibe que Afganistán no puede defenderse ni mantener la seguridad a solas, con un Gobierno débil en Kabul y nuevas amenazas, porque son incapaces los talibanes de romper con Al Qaeda y de enfrentarse al Daesh. La guerra puede continuar durante años. Hasta ahora no ha surgido tensión suficiente para ponerle término mediante un proceso de paz que permita la reconciliación, el desarrollo del país, reforzar su integración regional y promover la cooperación con los países vecinos.

Puede que tal tensión disminuya más aún con la muerte y la sucesión del mulá Omar y con las luchas fraticidas correspondientes, todo ello acompañado de la creciente impaciencia y reticencia de Occidente ante un país que no padece muy dispuesto a ayudarse a sí mismo. La peor hipótesis sin el mulá Omar -y sin clarificarse su sucesión como emir jefe de los creyentes-, es la ruptura de la unidad entre talibanes, separados no solo por tribus y territorios, también por la preferencia en cuanto al dirigente adecuado en función de su actitud favorable o no a las conversaciones con Kabul. Se puede llegar a una situación en la que unos talibanes luchen y otros negocien, contribuyendo a intensificar y complicar un largo conflicto de por sí ya bastante intenso y complejo.

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