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29/12/2013 09:52 CET | Actualizado 28/02/2014 11:12 CET

Las otras dos Españas: la que se queda, la que se va

Las dos Españas actuales es una división atravesada por la edad. Como quizá no podía ser de otra manera, cuando a una generación de jóvenes infinitamente mejor preparada que sus padres se les dice constantemente que el futuro está fuera, se les dice lo que ya saben, lo que tienen incorporado.

La guerra civil del 36 parecía marcar irreversible y explosivamente las dos Españas del poema de Machado. Sin embargo, con el tiempo, parecía que tras esa división fratricida había una variedad de matices, de puntos intermedios, que se fraguaba alrededor de unas clases medias que fueron consecuencia del desarrollo económico derivado de una fase de industrialización amparada por el Estado y un consumo, que prefería las golosinas a la ciudadanía. Fueron los botones y ojales a partir de los que se elaboró la transición democrática. Surgida de los matices y del "no te vayas a meter en un lío"; pero, también, de la pluralidad y, sobre todo, del reconocimiento de la pluralidad. De aquí que, frente a esas dos Españas enormemente marcadas en la estructura social, las fuerzas políticas nacionalistas jugaran un importante papel como terceros que arbitran la contienda. De hecho, su contribución a la construcción del estado constitucional fue esencial. Ahora bien, nunca dijeron que tal contribución tuviera que ser de por vida.

La evolución social de los últimos decenios, como el propio desarrollo económico español en los treinta años anteriores a la crisis económica, aun cuando hubiera algunos altibajos, han creado otras dos Españas a medida que este país se insertaba, para bien y para mal, en los flujos internacionales de capital y, por lo tanto, en la globalización. Una creación que tal vez la crisis económica está terminando de apuntalar.

Por un lado, los españoles cosmopolitas, más relacionados con sus iguales -sociales y, sobre todo, profesionales- de cualquier lugar del mundo desarrollado. Tecnológicamente avanzados, cuyo lenguaje a lo largo del día es más el inglés que el español, aunque vivan en el centro de la Península Ibérica. Incluso en una pequeña localidad rural, pues lo importante ya no es el territorio sino la conexión. Clase cosmopolita, como la denomina Featherstone, inserta en un mundo globalizado, que ha incorporado la globalización. Transita con facilidad por todo el mundo y, sobre todo, hace transacciones con todo el mundo. Aunque apenas se separan de esas maletas de viaje pequeño, de ida y vuelta, que son los trolleys, no son inmigrantes en ningún país. Los inmigrantes llevan, en el mejor de los casos, las maletas que atan sus derrotas biográficas, tal vez su única raíz. No, nuestros cosmopolitas no son inmigrantes, salvo, tal vez, en su propio país, en cuanto pertenecientes más a la comunidad internacional que a una comunidad nacional.

Esta clase cosmopolita, activa, siempre joven y cool, aunque sean becarios submileuristas algunos de sus componentes, está proyectada en el futuro. Vive en y del futuro. Son futuribles y trafican con productos futuribles en todos los mercados, especialmente los financieros. Articulan la incorporación de una fuerte disciplina en la empresa, con la lógica de la búsqueda de diferenciación personalizada en el consumo y el ocio. Son la movilidad personalizada, estructural, espacial, biográfica. Sin más raíces que su identidad cambiante navegando por las páginas de internet. Han hecho de su cuerpo y de su espíritu algo moldeable a las circunstancias y, sobre todo, un futuro que se ha vuelto incierto.

La otra España es la que parece que se hunde al más mínimo contratiempo. Sin ánimo. Tal vez sin actitudes ni aptitudes para la exigente adaptación continua del nuevo capitalismo. Es la del papeleo y la que sólo usa lo digital para la bulimia del entretenimiento o la adicción al contacto del sms o el whatsapp. La tradicional y que sufre la crisis más subjetivamente que incluso desde el punto de vista material, lo que ya es gordo. Que ve que pierde el tren de la modernidad. Tal vez sigue siendo la misma de la pandereta de la que hablaba Machado. O la del vuelva usted mañana de los funcionarios de Larra... Tal vez sean las múltiples Españas que se van quedando atrás, como zombis. Es la España zombi de la crisis económica. Pero también es, como apunta directamente el efectivo, discutido y, sobre todo, afectivo anuncio de Campofrío de estas navidades, la próxima, la de los abrazos y el trasnochar. La que llevamos en el sustrato emocional. De hecho, el anuncio de la empresa de embutidos aparece plagado de zombis y tiene una racionalidad zombi: actores o personajes prácticamente desaparecidos o en horas bajas del panorama audiovisual español que vuelven aparentemente transformados en otra cosa, en un esfuerzo de huir de sí mismos a través de su conversión a otra nacionalidad. Es la ficción de lo patético que queda pasar repentinamente de la España cañí a la de los jóvenes internacionalizados durante lustros. Son dos culturas distintas.

A través del anuncio, la doble españolidad actual no solo divide estratos sociales -cultos y populares, internacionales y castizos, globales y locales, subculturas urbanas proyectadas hacia fuera y subculturas de barrio- o territorios -de "mi pueblo", de "mi región" o de "mi país"- sino que apunta a dividirnos interiormente. Entre la racional necesidad de adaptación a la globalización y la emocional regresión a lo loca,l pues, aunque sea con crisis, seguiríamos siendo "nosotros". Creo que tal residuo emocional, si es que aceptamos su existencia, tenderá a alimentarse con las culturas y lugares que posibilitan trabajar y vivir dignamente, estén donde estén.

Las dos Españas actuales es una división atravesada por la edad. Como quizá no podía ser de otra manera, cuando a una generación de jóvenes infinitamente mejor preparada que sus padres se les dice constantemente que el futuro está fuera, se les dice lo que ya saben, lo que tienen incorporado.