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03/02/2017 07:20 CET | Actualizado 03/02/2017 07:20 CET

El día que nos quedamos solos

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Foto: Getty Images.

Ya sabes, es como cuando vuelves años después al pueblo de los veranos dulces de la infancia y lo que era campo es ahora urbanización. La plaza tampoco es la misma, han cambiado los bancos de madera roja por unos metálicos de diseño y el asfalto gastado es ahora baldosa brillante. No está el kiosco de las pipas, ha cerrado el bar La Luna y se ha limpiado el salitre de las fachadas, ahora blancas y relucientes. Es esa amarga sensación de estar fuera de lugar, de pensar que, tras tanta añoranza, el sitio que recordabas es otro y uno ya no se siente como en casa.

De repente ya no era ni nuestro sitio, ni nuestro tiempo ni nuestro mundo. Fue 2016, que dejó todo hecho unos zorros. Pero mira, es que 2017 no pinta mejor. Aunque depende para quién, claro. No pinta mejor para esos que aún creemos en algo parecido a un mundo libre, abierto y en paz. Un mundo inspirado, aunque sea remotamente, en el marco europeo en el que hemos crecido. Los europeos proeuropeos somos como ese nostálgico que se acerca a pedir una de Lennon y McCartney al dj en un garito de reggaetón. Esos que no comprenden por qué ahora todo suena igual y, sobre todo, por qué suena tan mal. Esos que no comprenden por qué ahora la gente prefiere salir a esos sitios horribles donde todo son risas hasta que alguien se acerca a quien no debe. Con lo bien que estaríamos bebiendo cerveza bien tirada en bares de rock 'n' roll. Pero cada vez hay menos rock 'n' roll y más reggaetón en las instituciones y capitales europeas.

Los viejos valores continentales -los que se refieren a las libertades, derechos, modelo social, democracia liberal y sociedades pluralistas-, asisten atónitos a la emergencia de esa nueva alianza autoritaria global con diferentes sedes, dentro y fuera de nuestras fronteras. Nos quedamos cada vez más lejos de Washington, Moscú, Pekín o Londres, pero es que también están en juego Ámsterdam o París.

El día que nos quedamos dolió especialmente porque nosotros nunca hemos sido de estar solos. A ver con más fortuna que otra -y a veces con consecuencias devastadoras-, pero Europa no ha vivido de espaldas al exterior. Y ahora, en el exterior, nos queda Canadá y poco más. El amanecer dorado de la nueva era trumpiana sabotea los cimientos de la Unión celebrando el brexit y animando a los demás a hacer lo mismo.

Llegará un momento en que empecemos a añorar los viejos tiempos de libertades y democracia pluralista, un momento en el que los pecados mortales de la UE parecerán menos graves comparados con los éxitos.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, define tres amenazas para el proyecto europeo: la amenaza externa (estamos cercados por potencias que básicamente desprecian la Unión), la amenaza interna (partidos eurófobos y nacionalistas en casi todos los países europeos) y el estado de ánimo lamentable de las élites europeístas. Tusk, la figura menos visible de las que se reparten el liderazgo de la Unión, reivindicaba con pasión el viejo sentimiento de sentirnos en casa sin un público agradecido que aplauda furioso pidiendo un bis.

No, el viejo sentimiento de sentirnos en casa no termina de cuajar. Los líderes europeos, los que quedan, están demasiado preocupados por ganar elecciones en casa y frenar a esos que quieren volver atrás y deshacer los lazos de unión. Los que unen a los países pero también a las sociedades: las fracturas que emergen en los tiempos de polarización son hondas, difíciles de reparar y divisivas.

Pero mira, 2017 también abre las puertas de la esperanza. El día que nos quedamos solos aparecieron otros muchos desheredados que tampoco están dispuestos a asumir sin más que el mundo ya es de otros. Se manifestaron en Estados Unidos en la marcha de las mujeres, protestaron en los aeropuertos tras la prohibición de entrada al país por criterio de nacimiento a personas de diferentes países musulmanes. Son todos esos que no se creen que la verdad esté en los alternative facts de páginas chapuceras o en posts de Facebook de perfiles supremacistas. Todos los que no se conforman con asistir pasivamente al nacimiento de una realidad orwelliana basada en el control de la discrepancia, el espionaje sistematizado y el señalamiento público del diferente. Los que creen que la tortura no es justificable, que no está bien destruir el medio ambiente ni levantar muros. Que la libertad ha costado demasiado como para cuestionarla.

Llevamos varios años con la copla de 'recuperar' la soberanía, 'reconquistar' nuestros países o 'volver' a esas épocas pasadas en las que todo era de color de rosa. Demasiada nostalgia, demasiado recuerdo, demasiado síndrome Manrique anclado en el 'cualquier tiempo pasado fue mejor'. Llegará un momento en que empecemos a añorar los viejos tiempos de libertades y democracia pluralista. Un momento en el que los pecados mortales de la UE parecerán menos graves comparados con los éxitos. Y para entonces, la resistencia contra la nueva alianza autoritaria global habrá sido quizá la mejor noticia que podemos sacar de este año y pico de punto de giro. Arriba los corazones, que quizá no estemos tan solos.

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