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22/08/2013 07:35 CEST | Actualizado 21/10/2013 11:12 CEST

Atención, personas sensibles: no se acerquen a las estaciones de tren ni a los aeropuertos españoles

Los que hemos vivido despedidas como las que ahora se ven tan a menudo en este país de emigrantes estamos especialmente predispuestos a soltar el lagrimón en cualquier momento. Las despedidas siempre me hacen llorar, pero no sé si es por pena o por envidia.

Me da miedo acercarme a las estaciones de tren y a los aeropuertos. Los que hemos vivido despedidas como las que ahora se ven tan a menudo en este país de emigrantes estamos especialmente predispuestos a soltar el lagrimón en cualquier momento.

Ayer fue un chico, de no más de veinticinco años. Alto y con buena planta, bien vestido: la camisa de manga larga y una cazadora en la mano indicaban que no iba a un sitio caluroso precisamente. En el exterior, el sol manchego de agosto y los sempiternos cuarenta grados. En su cara vislumbro la pesadumbre del que conoce su destino, no la ilusión del que marcha por primera vez. Han venido a despedirle una legión de mujeres. Adivino a su madre, a sus tías, a sus hermanas y a su novia. Solo un par de hombres: uno que montará con él en el tren y otro (joven), que quizá sea el novio de una de las hermanas. Va abrazando muy despacio a cada una y se le van nublando los ojos. Para el final, deja a las que imagino que son su madre y su novia: un abrazo muy largo para la madre (que mantiene el tipo) y un abrazo con beso para la novia, que empieza a llorar. Al fin y al cabo la madre será siempre la madre, pero la novia no sabe qué será en Navidad, o en el verano que viene...

El padre, quizá por miedo a llorar él también, le insta a pasar el control de acceso, pese a que aún queda un largo cuarto de hora. Pero él sigue abrazando a la novia mientras la madre le da tiernos besitos en el hombro (entonces lloro yo).

Ellas volverán dentro de un rato a la piscina, a los gozosos y deslumbrantes chapuzones, al corralón manchego en el que han pasado quizá quince días sin darse cuenta de lo mucho que se necesitan (que nos necesitamos) unos a otros. A él le imagino llegando dentro de unas tres horas a alguna ciudad nublada, ¿qué sé yo?, Dusseldorf, a una de esas impersonales estaciones de tren centroeuropeas cuyos olores a mantequilla frita y kebab te asaltan nada más descender al andén (pronto, en un par de días, ya no se dará cuenta, a Dios gracias). Le imagino con la cazadora puesta ya, dirigiéndose hacia su apartamento, comprando comida china para llevar, pese a que lleva dos botes de pisto congelado en la maleta ("Cuando llegues no lo vuelvas a congelar, ya te lo comes", repite la madre). Pero prefiere guardar el pisto un par de días: le recuerda al verano, tan breve para él, tan largo para los que quedaron atrás. Mañana en el trabajo quizá será brevemente el centro de atención, la envidia de los pálidos alemanes que le preguntarán por su soleado verano español.

De momento sigue el largo abrazo a su novia en la estación y entonces uno siente, además de pena (recuerdo a mi hermana que se marchó una vez a Francia sin saber si volvería alguna vez, a mi prima, que se marchó a Chile y se quedó allí, a mí mismo, cuando me marché a Madrid a estudiar a los dieciocho años), una ligera envidia: la pena en las despedidas indica que hemos sido felices, supongo. Y pienso entonces en la calidad del tiempo, en las veces que perdemos a los que hemos querido mucho sin habernos despedido de ellos, como cuando mi marido se marcha por la mañana y yo casi ni abro los ojos, sin saber si volveré o no a verle. Y hago la misma promesa de siempre: este año diré a todo el mundo que quiero que les quiero. Muchas veces.

Las despedidas siempre me hacen llorar, pero no sé si es por pena o por envidia.