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19/06/2012 10:57 CEST | Actualizado 18/08/2012 11:12 CEST

Surcos en la oscuridad

Se equivocan quienes reprochan a los griegos haber condicionado la estabilidad de la quebradiza arquitectura institucional de Bruselas. Nuestros vecinos han sido el espejo en el que todos los europeos hemos reflejado la 'hybris' de una hipermodernidad capitalista.

La Grecia de la que nació Europa no habita fosilizada en los museos ni tampoco subsiste recreada en las metopas y columnas de nuestros edificios oficiales. Aquella Grecia que todavía nos seduce sigue viva en los griegos de hoy. La helenidad clásica no es un trampantojo. Está en la piel del país real, en su lengua, costumbres y cultura. Patrick Leigh Fermor vivió muchos años atrapado por la susurrante ondulación del Egeo, al sur del mítico Peloponeso, y no dudó en afirmar en Mani que: "Lo más impresionante y revelador de los rostros helenos... son los ojos. Detrás de ellos parece hallarse, enroscada, toda la historia griega". Pues bien, esa historia que se enreda en los pliegues de la mirada helénica es también nuestra historia, la historia de Europa. Esta "verdad viva", de la que hablaba Seferis, sigue firme y enérgica en la identidad actual de una nación esencialmente europea ya que conecta milagrosamente la tradición helénica y la modernidad.

A pesar de los avatares sufridos después de más de dos milenios de agitada historia, Grecia sigue siendo la Grecia hablaba y escrita por boca y pluma de Hesiodo, Píndaro o Sócrates. Es posible que esta circunstancia no impresione a quienes otorgan carnets de europeidad de acuerdo con el abecedario de las agencias de calificación. Pero es indudable también que, por mucho énfasis contable que pongan los llamados "hombres de negro" al dictaminar quiénes son dignos de Europa y quiénes no, lo que nadie puede discutir - al menos desde hace dos milenios y medio- es que fue un europeo llamado Esquilo quien proclamó que: "Aun en medio de los mayores males, conceded a vuestra alma el goce que a diario se os ofrece en la vida; entre los muertos las riquezas no sirven de nada".

Que Europa no puede serlo sin Grecia, lo explica Odysseas Elytis cuando dice: "Soy griego no sólo por casualidad sino también orgánicamente, desde la perspectiva de que habito el mismo paisaje inalterable homérico y llevo en mi sangre a Platón". De ahí que no pueda entenderse nuestro continente sin contar con la Grecia de hoy, que es la actualización de la que fertilizó Occidente cuando puso en marcha una paideia que sigue nutriendo los fundamentos de lo que somos como europeos. Se equivocan quienes reprochan a los griegos haber condicionado la estabilidad de la quebradiza arquitectura institucional de Bruselas. Nuestros vecinos han sido el espejo en el que todos los europeos hemos reflejado plásticamente la hybris de una hipermodernidad capitalista que ha sacado a la luz el abismo que se esconde cuando se renuncian a los límites.

Un consejo final para los navegantes de la literatura que comparten, con Borges, que leer es siempre una de las actividad más resignadas, civiles e intelectuales que estén al alcance de cualquiera. Ciudades a la deriva, de Stratís Tsircas, una fascinante trilogía escrita en los años 60 por uno de los últimos griegos alejandrinos que, como Kavafis, despidió la milenaria helenidad egipcia. Y es que entre la oscuridad de los relatos que se solapan como una anticipación de nuestro devenir, se trazan también los surcos de una débil esperanza.