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17/12/2014 07:12 CET | Actualizado 15/02/2015 11:12 CET

A la joven que se fijó en nosotros cuando esperaba que nadie lo hiciera

Ojalá le hubiera preguntado su nombre. Ojalá me hubiera dado la vuelta y le hubiera dicho, dos años más tarde, que su regalo sigue teniendo mucho significado para mí. A esa bella mujer del aparcamiento del supermercado, muchas gracias desde lo más profundo de mi corazón.

Lauren Casper

Estaba cansada, preocupada, frustrada y lista para irme a casa. John empujaba el carrito de Mareto tan rápido como podía para salir de la tienda antes de que la cosa empeorara. Intentamos abrir con desesperación una barrita de cereales con tal de contener las lágrimas. Yo llevaba a Arsema contra el pecho y ella miraba todo con esos ojos enormes. Se me estaban formando gotas de sudor en la frente, en parte por la vergüenza, pero sobre todo por el calor y la cantidad de energía que me suponía pasear por todo el supermercado con un bebé de más de ocho kilos en brazos y el niño llorando a mis espaldas.

Obviamente, no me sentía la madre del año. Me sentía un desastre. De hecho, esperaba sinceramente que nadie nos estuviera mirando... que fuéramos de algún modo invisibles a toda la masa de gente que nos rodeaba. Fue una experiencia caótica, agotadora y, por desgracia, muy habitual para nosotros.

Nuestra familia no es exactamente de postal. No sólo somos dos padres blancos con un niño y una niña negros (algo que, de por sí, ya suscita más de una mirada y más de una pregunta), sino que, además, nuestro hijo tiene un retraso en el desarrollo considerable y un comportamiento diferente debido a su autismo y nuestra hija tiene diferencias físicas por su sindactilia. En otras palabras, cuando todos salimos juntos, destacamos. No me suele importar, incluso a veces me gusta. Mis hijos son preciosos, y también nuestra historia.

Aun así, a veces, cuando las cosas no van bien, sí que me importa. Esos días me gustaría mezclarme con la multitud y esconderme de las miradas curiosas sin más. Algunos días me canso de todo y quiero ser, simplemente, una familia. No una familia adoptiva. No una familia con niños con necesidades especiales. No la familia única... sólo una familia. Ése era uno de esos días.

Estaba a punto de echarme a llorar cuando John cogió a Mareto del carrito. Corrí hacia las puertas con Arsema en brazos para meternos en el coche lo más rápido posible cuando, de repente, una voz por detrás me paró los pasos.

"¡Señora!", me llamó. Frené un poco, esperando y rezando que no se estuviera dirigiendo a mí.

"¡Señora!". Paré, me di la vuelta y descubrí a una joven justo detrás de mí. Era una chica con una sonrisa de oreja a oreja y con unos bonitos rizos negros justo como los que reposaban en mi pecho y tocaban mi barbilla. Al reconocer su camisa, me di cuenta de que trabajaba allí y supuse que me había dejado algo dentro. La miré, aguantando las lágrimas.

"Sólo quería darte este ramo...". Miré para abajo hacia las flores que tenía en las manos. Y se puso a explicarme...

"Me adoptaron cuando era un bebé y ha sido maravilloso. Necesitamos más familias como la vuestra". La miré asombrada. ¿Es que no había visto el desastre del supermercado? ¿No había visto que apenas éramos capaces de mantener la unión? ¿No había visto lo fracasada que me sentía como madre?

Cuando me dio las flores, me esforcé por soltar un gracias e intenté decirle que su gesto lo era todo para mí. Me dio una palmadita en el hombro, me dijo que mi familia era preciosa y se dirigió de vuelta al supermercado.

Mis pasos eran mucho más lentos cuando por fin entré al coche con los brazos llenos de flores y los ojos llenos de lágrimas, que ya me corrían por las mejillas. En un día que sentí ser el peor ejemplo de familia... en un día que esperaba que nadie se fijara en nosotros... ella lo hizo. Pero no vio lo que yo supuse que todo el mundo veía. No pensó lo que yo creí que todo el mundo pensaba. Ella vio belleza y amor y esperanza y familia. Pensó que éramos maravillosos, y eso le hizo sonreír.

Ojalá le hubiera preguntado su nombre. Ojalá me hubiera dado la vuelta y le hubiera dicho, dos años más tarde, que su regalo sigue teniendo mucho significado para mí. A esa bella mujer del aparcamiento del supermercado, muchas gracias desde lo más profundo de mi corazón. Eres un tesoro.