"La sal es el nuevo petróleo": cómo las baterías de sodio podrían redefinir el futuro de la energía
Lo explica un grupo de analistas de Morgan Stanley en un informe donde también se destaca que este tipo de baterías ofrece un mejor comportamiento en temperaturas bajas.
El sodio, un elemento abundante y mucho más barato que el litio, podría convertirse en uno de los grandes protagonistas de la transición energética durante la próxima década. Así lo sostiene un grupo de analistas de Morgan Stanley en un informe titulado 'La sal: el nuevo petróleo', en el que apuntan que esta tecnología tiene capacidad para transformar el mercado de las baterías.
Según el estudio, las baterías de sodio están dejando atrás su etapa inicial y podrían experimentar un fuerte crecimiento en los próximos años. Las previsiones del banco sitúan su capacidad de producción en hasta 830 gigavatios-hora (GWh) anuales en 2030, una cifra que podría elevarse hasta los 2,4 teravatios-hora (TWh) en 2035 e incluso alcanzar los 3,7 TWh en el escenario más favorable.
Esta expansión iría acompañada de una importante ola de inversiones. Los analistas calculan que, de aquí a 2035, el desarrollo de esta tecnología movilizará alrededor de 800.000 millones de dólares en toda la cadena de suministro, desde la extracción de materias primas hasta la fabricación de baterías y la construcción de infraestructuras eléctricas.
Uno de sus principales atractivos es su precio. Morgan Stanley estima en unas declaraciones recogidas por InfoMoney que su coste puede situarse entre un 30% y un 40% por debajo del de las actuales baterías de fosfato de hierro y litio (LFP), las más utilizadas hoy en día. A ello se suma otra ventaja: al depender de un material mucho más abundante, disminuye la necesidad de recurrir a minerales cuya producción está concentrada en unos pocos países.
El informe también destaca que este tipo de baterías ofrece un mejor comportamiento en temperaturas bajas, una característica que podría favorecer su implantación en regiones donde las tecnologías actuales presentan mayores limitaciones.
Los expertos identifican tres sectores donde el impacto podría ser especialmente rápido. El primero es el almacenamiento de energía, donde el menor coste facilitaría el despliegue de nuevos proyectos. El segundo corresponde a las flotas comerciales, ya que la mejora del rendimiento térmico y la reducción de costes podrían acelerar la sustitución de vehículos diésel por modelos eléctricos, especialmente en mercados emergentes. El tercer ámbito es el de los automóviles compactos, donde el precio suele pesar más que la autonomía.
Sin embargo, el avance del sodio también tendría consecuencias para otras industrias. Morgan Stanley considera que esta tecnología podría hacerse con alrededor del 20% del mercado mundial de baterías en 2030 y llegar hasta el 37% en 2035, reduciendo progresivamente la demanda de litio, sobre todo en sistemas de almacenamiento energético y vehículos de menor coste.
Aunque el banco prevé que el mercado del litio seguirá mostrando fortaleza durante 2026, estima que a partir de 2027 la creciente producción de baterías de sodio podría aumentar la presión sobre los precios. Además, otros sectores vinculados a materiales como el cobre o el grafito también podrían verse afectados, ya que las nuevas baterías emplean aluminio y alternativas al grafito en su fabricación.
El informe señala, además, que la implantación de esta tecnología favorecerá a los grandes fabricantes con mayor capacidad de inversión, en un escenario en el que "el ganador se lleva más". En este terreno, China parte con ventaja gracias a su desarrollo industrial, mientras que Estados Unidos y Europa todavía avanzan en fases más tempranas.