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03/04/2013 08:23 CEST | Actualizado 02/06/2013 11:12 CEST

La rebelión cívica según Antonio Muñoz Molina

La rebelión que propone Molina, y a la que me sumo militante, pasa por la exigencia de la vida democrática como una tarea ardua y constante, por nuestra conversión en ciudadanos adultos y por la apelación moral en un sentido laico a los valores que sustentan la convivencia.

Si este país no estuviera aún tan anestesiado, a pesar de los muchas razones que en los últimos tiempos compartimos para rebelarnos contra las injusticias que nos empequeñecen, el último libro de Antonio Muñoz Molina debería haber provocado un debate intenso entre la ciudadanía y un más que sonrojante malestar entre la clase política. Aunque para lo primero es evidente que un primer paso ineludible sería que la ciudadanía leyera más y viera menos la tele, y para lo segundo que nuestra casta de representantes no sólo leyera sino que también dejara de mirarse el ombligo.

Todo lo que era sólido constituye un análisis profundo, sin miramientos ni autocensuras, sobre la degeneración de nuestro sistema democrático en los últimos años. Escrito desde la radical libertad de quien se siente dueño de sus palabras y sin hipoteca alguna, el libro desmenuza con la fuerza de un ensayo apasionado y reflexivo cómo la vida pública española ha ido perdiendo sustento moral y ha ido regodeándose en la pestilencia que provoca la ausencia de rigor cívico. Y nos coloca frente al espejo de nuestras propias miserias: las de un lugar que ha pasado de ser El Dorado a convertirse en un país empobrecido y triste, las de un territorio en el que la economía especulativa alimentó durante décadas una "conciencia delirante".

Quizás el error más flagrante del que todos hemos sido responsables haya sido pensar que la democracia no necesitaba aprendizajes y hábitos, que era sólo cuestión de consolidación temporal. Cuando la realidad es que el más exigente de los regímenes políticos necesita virtudes cívicas, transparencia y controles, conjugación de un nosotros que sea capaz de poner los intereses generales por encima de los particulares. Un modelo en el que las leyes deben ser el mecanismo de sujeción de los poderes y no una formalidad elástica que ampare "el abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio" o simplemente su incumplimiento.

Hemos vivido durante muchos, demasiados, años en un país de simulacros, espejismos y solemnidades financiadas por los poderes públicos. Todo ello gracias a la suma hedionda de dinero fácil, "viejo caciquismo español y reverdecido populismo sudamericano". El país entero era una fiesta en la que además se condenaba al disidente, al que pudiera tener voz propia, al que se resistía a formar parte de la farsa. Fue entonces cuando empezó a alimentarse la política del "estás conmigo o estás contra mí" o, lo que es lo mismo, el frentismo que en tiempos de corrupción generalizada desemboca en el patético "y tú más".

En todo este proceso destaca Muñoz Molina la construcción de un Estado autonómico apoyado en identidades colectivas que poco han hecho a favor del lenguaje democrático. Por el contrario, han fomentado la "intransigencia simétrica" de los adversarios, "la obsesión por la pureza", el "victimismo y el narcisismo". El país, y comparto plenamente el juicio del autor de Sefarad, se ha ido descentralizando de manera atolondrada y ha multiplicado no sólo las estructuras administrativas sino también las castas dirigentes y sus cortesanos. Al tiempo que se ha propiciado "la quiebra de la legalidad, la ambición de control político y la codicia" y, en paralelo, "la suspensión del espíritu crítico inducida por el atontamiento de las complacencias colectivas, el hábito perezoso de dar siempre la razón a los que se presentan como valores y redentores de lo nuestro". Un atontamiento propiciado, entre otros mecanismos, por las televisiones autonómicas -véase por ejemplo la andaluza en la que no han dejado de desempolvarse "el gracejo y las batas de cola"- y que llega al paroxismo de la vacuidad en "los arrebatos poéticos de las introducciones a los estatutos de autonomía".

De esta manera, y con la ayuda inestimable de unos partidos y unos sindicatos desconocedores del mandato constitucional de democracia interna y "conseguidores" de prebendas para los profesionales de lo público, el resultado ha sido una ciudadanía sin vigor ético, carente de capacidad de disensión y poco habituada al ejercicio del derecho/deber de crítica y autocrítica. Creo que es precisamente esa parte del análisis que realiza Muñoz Molina donde se halla la clave no sólo para entender la situación actual sino también, y es lo más relevante, para salir de la crisis institucional y moral que sufrimos. Hace falta más y mejor pedagogía democrática, de manera que la ciudadanía sea capaz de desvelar la corrupción y la demagogia, al tiempo que se hace posible un auténtico pluralismo que sustituya a los sectarismos partidistas. Es necesario, por supuesto, revisar nuestro modelo político, los principales agentes de la representación, las herramientas caducas de un Estado que ya no nos sirven para el siglo XXI, pero también es urgente, y aunque pueda parecer obvio, reforzar la libertad de pensamiento, amparar las disidencias, esquivar el cinismo y la hipocresía. En definitiva, quitarnos la venda de los ojos, esa que nos permitía verlo todo sólido aunque sólo fuera bajo la apariencia de los fuegos de artificio, y romper los pactos de silencio que han convertido nuestra vida pública en refugio perfecto para los sátrapas y espabilados. En apoteosis de "la vileza ética y estética".

Es decir, como bien nos plantea el escritor andaluz que reivindica su "derecho a ser un andaluz serio, incluso a no parecer andaluz", hace falta recuperar el pulso cívico para así, en la medida de lo posible, impedir o frenar la barbarie, "la aceptación cínica del éxito de los trepadores" o la proliferación de basura. Para evitar que "la capilaridad de la corrupción" infecte de cinismo a la sociedad entera. "Se pueden improvisar las constituciones y las leyes electorales, pero no los hábitos que tardan mucho tiempo en formarse, en calar en la vida y en la conciencia de las personas, en el pensamiento, en los actos diarios". Hace falta, pues, más y mejor Educación para la Ciudadanía, pero no como una asignatura que es el chivo expiatorio de la derecha más reaccionaria, sino como andamiaje socializador que transmita el sentido de lo público como una responsabilidad colectiva. Desde el entendimiento de que las conquistas democráticas nunca son definitivas y que hace falta perseverancia, masa crítica y concordia cívica para mantenerlas. Es necesaria, ahora más que nunca, "la fraternidad objetiva de la ciudadanía por encima de la consanguinidad de la tribu". Un objetivo que pasa por la defensa de la ductilidad y el rechazo de la pureza, por la superación de la incompetencia y la búsqueda de la excelencia, por la sobriedad y la apertura a la iniciativa y el talento. Sólo así podremos desterrar la grosería de la vida pública, la tosquedad de quienes nos gobiernan y las intrigas que escapan a los controles de legalidad y transparencia.

"Hace falta una serena rebelión cívica... y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de la soberanía usurpados por la clase política". La rebelión que propone Muñoz Molina, y a la que me sumo militante, pasa por la exigencia de la vida democrática como una tarea ardua y constante, por nuestra conversión en ciudadanos adultos y por la apelación moral en un sentido laico a los valores que sustentan la convivencia. Es hora de ponerle fin al simulacro y de reactivar el "pulso cívico" sin el que será imposible desterrar la incompetencia y la corrupción. "Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón".

Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina. Seix Barral, Barcelona, 2013

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor, Las horas.

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