La desesperación de Feijóo
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La desesperación de Feijóo

"¿De qué decencia habla Feijóo? ¿De la de quien se paseaba en yate con el narco Marcial Dorado, mientras en los 90 en Galicia morían los jóvenes a causa de la droga?".

El líder del PP, Alberto Núñez FeijóoEFE

Las prisas, la ansiedad y la impaciencia son malas consejeras en política. Exhibirlas proyecta desesperación, desnortamiento y, habitualmente, acaba debilitando a quien pretende proyectar fortaleza y liderazgo.

Alberto Núñez Feijóo atraviesa uno de esos momentos. Durante estos años, el líder del PP ha pivotado su discurso de oposición sobre la demonización y la descalificación de nacionalistas vascos y catalanes. Sin embargo, le hemos visto estos días recurrir a ellos desesperadamente en busca de apoyos que le faciliten su llegada a la Moncloa.

Tras el portazo de Junts y PNV a apoyar una moción de censura del PP, Feijóo se ha abrazado de nuevo a la cantinela de las elecciones anticipadas.

Después de no alcanzar la Presidencia del Gobierno en el 23, “porque no quiso”, la sensación de que aquella fue la gran oportunidad perdida no ha dejado de crecer dentro y fuera del PP.

De ahí su insistencia en buscar atajos parlamentarios que le permitan alcanzar el poder sin esperar al calendario electoral, ignorando que las urnas hablaron hace tres años, y que la legislatura tiene una duración constitucionalmente establecida.

El problema para Feijóo no es la falta de voz de los ciudadanos. Su problema es que la ciudadanía ya habló, y no dijeron lo que él esperaba escuchar. Su desesperación por acortar los tiempos políticos y sustituir el debate sobre proyectos de país por una permanente estrategia de desgaste y confrontación, es tan evidente como obsesiva.

Paradójicamente, en esas acrobacias políticas a las que nos tiene acostumbrados, en las que dice una cosa y hace su contraria, se presenta ahora como garante de la regeneración democrática prometiendo "devolver la decencia a España".

¿De qué decencia habla Feijóo? ¿De la de quien se paseaba en yate con el narco Marcial Dorado, mientras en los 90 en Galicia morían los jóvenes a causa de la droga? ¿De la de quien amparó la fusión de las cajas de ahorro gallegas que acabaron provocando un rescate multimillonario de dinero público? ¿De la decencia de los millones de euros en contratos públicos adjudicados a dedo a empresas vinculadas a su familia, mientras era presidente de la Xunta? ¿De la de quien miró hacia otro lado cuando se repartían sobres en Génova, y se cocinaba la Gürtel en el PP gallego? ¿O, tal vez, habla de la decencia de quien tapó la corrupción del hermano de Díaz Ayuso que había denunciado Pablo Casado?

Nadie está libre de que aparezcan corruptos en sus filas; eso pertenece al terreno de las conductas individuales. Pero en el caso del PP, la diferencia radica en que la corrupción dejó de ser una excepción para convertirse en un sistema. No en vano el PP es el único partido español condenado judicialmente por financiación ilegal. La Audiencia Nacional determinó que el PP era una “estructura criminal” para delinquir, y acreditó 20 años de cajas B en Génova y, al menos, otras similares en el PP de Madrid, Baleares y Valencia.

La herencia de corrupción de Aznar y Rajoy es difícilmente equiparable. Al menos 12 ministros de Aznar acabaron imputados o condenados. Lo mismo que tres ministros de Rajoy, 9 presidentes autonómicos del PP, 4 de sus tesoreros nacionales, alcaldes, diputados, senadores… Y así hasta llegar a los más de 900 cargos del PP que llegaron a estar imputados en los grandes casos de corrupción que han marcado la historia democrática reciente de España.

Por eso, cuando ahora Feijóo pretende erigirse en paladín de la regeneración democrática, la pregunta no es qué propone para mejorar la calidad institucional del país, sino con qué autoridad moral pretende hacerlo quien dirige el mismo partido que protagonizó la Gürtel o la Kitchen, los mayores entramados de corrupción política conocidos en nuestra democracia.

Olvida Feijóo que la decencia en política no es un eslogan. Implica congruencia entre lo que se dice y lo que se hace; coherencia para mantener los mismos principios siempre, y vocación de servicio para anteponer el interés general al beneficio personal. Es decir, implica tener todo aquello de lo que carece Núñez Feijóo.

Pero su sobreactuación y desesperación va más allá. También hay que buscar las causas en el fracaso de su estrategia de oposición.

Desde que hace poco más de cuatro años Feijóo asumió el liderazgo del Partido Popular, tras la caída de Pablo Casado, buena parte de su acción política se ha sustentado sobre una narrativa permanente de ilegitimidad del Gobierno, crisis y colapso.

Según ese relato, el Gobierno “okupa”, encaminaba a España hacia una gravísima crisis económica, una destrucción masiva de empleo, una inflación descontrolada, una degradación institucional irreversible y una fractura social sin precedentes.

Sin embargo, la realidad derivada de la gestión del Gobierno se ha encargado de dejar, como diríamos en román paladino, “con el culo al aire” a Feijóo. Mientras pronosticaba una profunda recesión económica, España registraba los mayores crecimientos de la eurozona. Cuando bautizaba como "timo ibérico" el mecanismo para contener el precio de la electricidad, éste terminó siendo avalado y adoptado por Bruselas por su eficacia para reducir la factura energética. Denunció que el empleo estaba siendo maquillado estadísticamente, mientras la creación de empleo en nuestro país bate récords. Aseguró que las medidas para contener la inflación derivada de la guerra de Ucrania eran inútiles, y España consiguió situarse entre los países con mejores resultados dentro de Europa…Y así todo. Cuanto más extrema e hiperbólica ha sido la estrategia, mayor ha sido la distancia con los datos objetivos.

Toda democracia necesita una oposición fuerte, rigurosa y exigente. Pero una oposición que lo fía todo a la profecía apocalíptica permanente, sin tener una mínima propuesta de país, pierde todo el sentido y la credibilidad. Porque si todo va a hundirse siempre, y el hundimiento nunca llega, sino que, por el contrario, el barco llega más lejos y flota más y mejor, el mensaje acaba agotándose y el ridículo incrementándose.

Éstas son las verdaderas razones de las prisas del PP, al que ya solo queda una peregrinación a Lourdes en busca del milagro. Porque cuando el tiempo político se agota, y las expectativas no se cumplen, la desesperación deja de ser una percepción para convertirse en una evidencia.

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Montse Mínguez es secretaria general del Grupo Parlamentario Socialista y portavoz del PSOE.

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