Putin pierde la guerra: la tentación nuclear
"Es prácticamente imposible que esta situación descabellada, producto de unos afanes expansionistas sin sentido, no haga tambalearse a la superestructura política del país".
Es cada vez más patente que Putin está perdiendo la guerra. Como acaba de escribir The Wall Street Journal, durante cuatro años, Rusia ha optado por someter a Ucrania a una guerra de desgaste. Ahora, mientras los drones de Kiev infligen daños cada vez mayores tanto al ejército ruso como a la industria petrolera del país, Moscú está descubriendo que el tiempo no está necesariamente de su parte.
La tecnología ucraniana está facilitando que sus aviones no tripulados consigan una eficacia cada vez mayor. Esos aparatos de bajísimo coste han logrado ya, entre otros portentos, alcanzar los remotos campos petrolíferos siberianos, causando destrozos irreparables, así como las principales refinerías, todo lo cual ha generado ya escasez de combustible y ha formado largas y vergonzantes colas en los surtidores al por menor, desde Leningrado a Anádyr. Un vergonzante fracaso para Putin.
Pero, sobre todo, los ataques ucranianos están ejerciendo una presión cada vez mayor sobre Crimea. Los drones están atacando rutas de suministro, instalaciones energéticas y, más recientemente, buques cisterna. Las consecuencias ya se están haciendo sentir.
En 2014, cuando Putin se adueñó unilateralmente de Crimea ante la absurda pasividad occidental, el líder ruso afirmó que Crimea era tan sagrada para Rusia como el Monte del Templo para los judíos y los musulmanes. Aquella acción, la primera la campaña realizada bajo el lema "Krym nash" –"Crimea nos pertenece", Moscú no ha conseguido su objetivo. Doce años después, el mayor logro de Putin se ha convertido en un problema. La campaña aérea de medio alcance de Ucrania, cuyo objetivo es aislar la península por aire, tierra y mar, ha paralizado las líneas de suministro del frente sur de Moscú.
Esta estrategia, que ha mostrado una eficacia insospechada, ha convertido a Crimea en un lugar prácticamente inhabitable para aquellos rusos que la consideraban su preciada Riviera del Mar Negro. Primero, drones ucranianos atacaron el corredor terrestre y las vías férreas que conectan Crimea con Rusia. Luego, atacaron las infraestructuras, las refinerías, las centrales eléctricas y las torres de defensa antiaérea, antes de centrar su atención esta semana en los buques cisterna de la flota clandestina rusa, atacando en pocos días a 21 embarcaciones camufladas que intentaban transportar combustible de contrabando a través del Mar de Azov. Lógicamente, todo ello ha tenido un claro efecto disuasorio para el turismo interior, que ha caído en picado.
La vida en las ciudades rusas se ha crispado, sobre todo porque la escasez de combustibles refinados ha provocado escenas caóticas en las gasolineras, lo que ha llevado a las autoridades a desplegar a la policía y la Guardia Nacional para gestionar las crecientes colas, prevenir enfrentamientos y frenar el mercado negro de combustible. Mientras tanto, ha surgido una economía paralela en Crimea: los vendedores utilizan el servicio de mensajería Telegram y plataformas de comercio electrónico como Ozon, Wildberries y Avito para ofrecer a los automovilistas entregas ilegales de combustible directamente a precios astronómicos de hasta 25 dólares por galón.
Esta situación se combina con la dureza del estado de guerra —los soldados rusos caen como moscas en el frente de Ucrania—, y con un número creciente de deserciones que ponen de manifiesto la debilidad del sistema. Asimismo, se perciben los efectos habituales de una grave crisis económica: inflación creciente, deterioro de los servicios públicos, desempleo galopante, malestar social. Putin conserva su ascendiente entre sus clientelas habituales (Rusia nunca ha disfrutado en toda su historia de una verdadera democracia, por lo que el totalitarismo es una lacra habitual) pero es prácticamente imposible que esta situación descabellada, producto de unos afanes expansionistas sin sentido, no haga tambalearse a la superestructura política del país. La clase dominante, que ha vivido cómodamente a la sombra de Putin, empieza a preocuparse por el malestar creciente de la ciudadanía a la que se le acaba la paciencia y se percata de que Putin, en su declive vital (nació en 1952) ya no es un activo. Ni en el presente ni mucho menos en el futuro.
Los estrategas militares siguen generalmente la pauta de Sun Tzu (siglo VI a.C.) en El arte de la guerra, un tratado que en su capítulo 7 explica la conveniencia de dejar una vía de salida al enemigo acorralado porque, si sabe que no tiene oportunidad de sobrevivir, luchará con el mayor coraje y cometerá irracionalidades extremistas.
Estas tesis son teóricamente valiosas, pero en la práctica no siempre orientan adecuadamente a los contendientes. Ucrania hará lo posible por liberarse cuanto antes de una agresión que ha destruido medio país y que pesará como una losa sobre varias generaciones. Putin no está en condiciones de responder a este recrudecimiento de las hostilidades, que claramente favorece a Kiev. En consecuencia, o tendrá que claudicar, una opción que posiblemente le costaría el poder, o experimentará al menos la tentación de utilizar la fuerza nuclear, contra la que Ucrania no puede defenderse pero que tendría consecuencias devastadoras en todo el mundo. Si Moscú optase por esta brutal salida, muy probablemente Occidente respondería en semejantes términos, con unas consecuencias que más vale no ponderar siquiera. La tesis del Mutual Assured Destruction ha sido largamente analizada por los estrategas
Habría que suponer que Putin no tomará esta determinación descabellada pero no hay garantía alguna de que este individuo, formado y curtido en los oscuros servicios secretos de la antigua URSS, se comporte como un ser humano. Es de suponer que la OTAN y los servicios de inteligencia de las potencias occidentales están considerando esta hipótesis, pero no necesariamente conseguirían abortar a tiempo una brutalidad que el género humano ha inventado para situaciones extremas, y que ya se ensayó, sin que algún freno ético la contuviese, en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.